El atraso no es viable
Por fortuna, la economía no tiene que ser un “juego de suma cero”. Aunque abundan los políticos y comentaristas de mentalidad arcaica que suponen que si algunos se enriquecen otros tendrán forzosamente que empobrecerse, el crecimiento de un país determinado puede beneficiar a todos. Por lo tanto, la transformación rápida de China en una gran potencia manufacturera debería ser una muy buena noticia no sólo para los chinos mismos, sino también para el mundo entero. Sin embargo, para muchos no lo es en absoluto. Por las dimensiones demográficas colosales de China cuya población duplica la de toda Europa, incluyendo a Rusia, y por la capacidad notable de su pueblo, su irrupción en los mercados internacionales está planteando un desafío acaso insuperable a los países “de clase media” que no cuentan con las ventajas tecnológicas y educativas que les permiten concentrarse en sectores cada vez más sofisticados como en efecto están haciendo Estados Unidos, el Japón y los integrantes de la Unión Europea actual, dejando en manos de otros muchas tareas relativamente sencillas que brindan empleo a grandes cantidades de trabajadores.
Huelga decir que la Argentina está entre los países que se encuentran más vulnerables frente a la expansión al parecer irresistible de la economía china que, además de resultar un imán para los inversores, está aumentando sus exportaciones a una velocidad impresionante. Aunque muchos parecen convencidos de que si mantenemos muy bajo el valor del peso y los salarios deprimidos nos ayudarán a exportar más productos con valor agregado, sería inútil tratar de competir con China en este ámbito porque allá los salarios son más exiguos aún y, para colmo, gracias a la existencia de una reserva laboral de centenares de millones, no parecen destinados a subir mucho en el futuro inmediato. Por lo tanto, nos vemos frente a un dilema: o bien emprendemos ya un gran esfuerzo por mejorar la calidad educativa de la población con el objetivo de poder competir en sectores más exigentes que los actualmente preferidos por países como China y otro gigante, la India, o bien podríamos vernos obligados a conformarnos con un estándar de vida comparable con el habitual en buena parte de Asia.
Por desgracia, no podemos darnos el lujo de esperar mucho tiempo. Como debería advertirnos la experiencia de México, el desafío planteado por el progreso de la economía china ha dejado de ser una abstracción de interés para futurólogos para erigirse en una realidad concreta. La razón principal por la que están resultando decepcionantes los beneficios para México del tratado de integración económica con Estados Unidos -el NAFTA, según sus siglas en inglés- consiste en que muchas grandes empresas norteamericanas han optado por abrir fábricas en China donde los salarios son reducidísimos y la mano de obra excelente. En zonas cercanas a Estados Unidos, las fábricas creadas para la exportación hace un par de años, las famosas maquiladoras, están cerrando: según las autoridades mexicanas, desde el 2001 se han perdido por los menos 218.000 fuentes de trabajo a causa de la decisión de China de integrarse a la economía mundial, siguiendo la misma ruta que el Japón un siglo antes y, en décadas más recientes, por Corea del Sur y otros “tigres asiáticos”. A juicio de las consultoras norteamericanas, México no tiene ninguna posibilidad de igualar a China en el sector supuesto por la producción de bienes fabriles tradicionales. ¿Y la Argentina? En muchos sentidos, nuestra situación parece todavía peor debido a que hemos conformado una sociedad cuyos valores son de clase media y que de todos modos nunca ha manifestado demasiado interés en “competir” por trozos mayores de los mercados internacionales. Si bien en teoría estamos en condiciones de apostar a la calidad, hacerlo requeriría por parte tanto del gobierno como del resto de la clase dirigente la voluntad de emprender muchas “reformas estructurales” y de estimular con vigor la modernización en todos los ámbitos, sobre todo en el supuesto por la educación, prioridades éstas que claramente no encabezan la agenda de un gobierno que hasta ahora cuando menos se ha mostrado decididamente más preocupado por el pasado que por el futuro de la Nación.