El avispero sirio

Por Redacción

Si bien a esta altura todos los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU saben que la lucha encarnizada que, desde hace más de un año, está librándose en Siria, podría dar pie a una gran guerra regional de consecuencias imprevisibles, por distintos motivos son reacios a intervenir. Según los voceros de los gobiernos del trío occidental conformado por Estados Unidos, el Reino Unido y Francia, estarían más que dispuestos a hacer algo si no fuera por la oposición implacable de Rusia y China, pero es legítimo sospechar que en el fondo quieren seguir contando con un buen pretexto para limitarse a pronunciar discursos conmovedores en torno a la brutalidad del régimen de Bashar al-Assad que ya ha sido responsable de la muerte de más de 30.000 sirios. Además de entender que, a la larga, una intervención militar podría resultarles políticamente muy costosa, los occidentales temen que la eventual caída de Al-Assad se viera seguida por matanzas indiscriminadas de sus correligionarios alauitas, además de chiitas y cristianos, por parte de los islamistas sunnitas que, según parece, ya dominan las fuerzas rebeldes. Asimismo, la experiencia les ha enseñado que es sumamente peligroso dejarse involucrar en los conflictos sectarios y tribales que están convulsionando buena parte del mundo musulmán. En Afganistán, Egipto y, últimamente, Libia, los más beneficiados por los intentos de los norteamericanos y europeos por poner en marcha un proceso de democratización han resultado ser los líderes de movimientos religiosos que son hostiles a la cultura occidental, mientras que en Irak y Pakistán, los contrarios a la xenofobia así manifestada podrían verse desbordados en cualquier momento. Con todo, a pesar de la resistencia de los dirigentes de las potencias occidentales a ceder ante las presiones de quienes están reclamando una intervención humanitaria, podrían verse obligados a hacerlo ya que Turquía, país miembro de la OTAN, quiere que la alianza –es decir, Estados Unidos– actúe contra lo que dice son amenazas a su propia integridad territorial. Aunque las poderosas fuerzas armadas turcas deberían estar en condiciones de intervenir sin la ayuda de sus socios, el gobierno islamista de Ankara tiene que tomar en cuenta el riesgo de que los líderes independentistas de los aproximadamente 25 millones de kurdos que viven en Turquía aprovechen una oportunidad para intensificar sus ataques, con la ayuda de los sirios, contra el gobierno del primer ministro Recep Tayyip Erdogan. También les es necesario pensar en el peligro planteado por los iraníes y sus aliados de agrupaciones como Hizbollah que, desde luego, atribuirían cualquier intervención a la presunta voluntad de los occidentales de reanudar las cruzadas contra el Islam, lo que les serviría para impulsar una nueva ola de ataques terroristas en Estados Unidos y Europa. El Líbano ya se ha visto afectado por lo que está sucediendo en Siria. Hace algunos días fue asesinado en un barrio cristiano de Beirut el jefe de la inteligencia de la policía local, un crimen que, según el gobierno libanés, fue perpetrado por agentes de Al-Assad, mientras que pocos días transcurren sin que haya enfrentamientos violentos entre partidarios del dictador vecino y simpatizantes de los rebeldes. Por lo demás, sigue aumentando la tensión en toda la región debido al avance inexorable del programa nuclear iraní que, por razones comprensibles, alarma sobremanera a los israelíes que están exhortando a los norteamericanos a adoptar una postura más firme, algo que no harán antes de las elecciones del 6 de noviembre a menos que las circunstancias los obliguen a socorrer a su único aliado regional confiable. Aunque tanto el presidente Barack Obama como el candidato republicano Mitt Romney preferirían no tener que preocuparse por los asuntos de una parte del mundo que les es radicalmente ajena, ambos entenderán que son tan graves los peligros, que la prescindencia no constituye una opción. Tampoco pueden darse el lujo de mantenerse al margen los europeos, puesto que de estallar una guerra en gran escala en el Oriente Medio, el impacto en sus propios países se haría sentir enseguida, pero sucede que están tan acostumbrados a dejar todo en manos de la superpotencia estadounidense que no podrían tomar ninguna iniciativa sin tener asegurado el aval de Washington.


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