El Brasil y Lula
A menos que los sondeadores de opinión se hayan equivocado por un margen sin precedentes, lo único que decidirán las elecciones brasileñas será si Luiz Inácio Lula da Silva triunfa en la primera vuelta o en la segunda, de suerte que todo hace pensar que el país más grande de América Latina pronto tendrá un gobierno encabezado por un hombre que hasta hace muy poco era considerado un izquierdista resuelto a repudiar la deuda externa y emprender un programa redistributivo de dimensiones revolucionarias, pero que últimamente se ha esforzado por brindar una impresión de moderación y sensatez. Sin embargo, a pesar de que el propio Lula ha jurado y rejurado que de ser elegido no se le ocurriría ordenar medidas que podrían tener consecuencias económicas nada felices, «los mercados» parecen estar preparándose para una etapa sumamente agitada. Aunque las causas de la corrida contra el real y la pérdida de reservas se hayan debido menos a la proximidad de Lula al Planalto que a factores netamente económicos, los adversarios del ex metalúrgico no han vacilado en tratarlas como evidencia de que su eventual victoria sería un auténtico desastre. Pese a que el candidato del Partido de los Trabajadores parece haber persuadido a muchos empresarios y banqueros de que, lo mismo que el actual presidente Fernando Henrique Cardoso, ha abandonado las ideas contestatarias de otras épocas, ya está en marcha una crisis financiera de desenlace totalmente imprevisible que supondrá muchas penurias más no sólo para el Brasil sino también para el resto de la región.
Si bien las convulsiones financieras de los meses últimos han ayudado a Lula, convenciendo a muchos brasileños de que su país necesita cambios drásticos, de ahí la sensación ya generalizada de que ganará, una vez en el poder le ocasionarán muchísimas dificultades porque, andando el tiempo, serían cada vez más los dispuestos a acusarlo de ser el autor de sus problemas. Incluso si recibe el respaldo de una mayoría abrumadora no le será nada fácil manejar bien la economía en circunstancias adversas sin decepcionar cruelmente a sus simpatizantes. Desafortunadamente para todos, por tratarse de un izquierdista que se ha movido hacia el centro, después de una breve luna de miel, que podría terminar antes de que asumiera la presidencia el primer día del año que viene, si gana Lula correrá el riesgo de ser atacado tanto por tirios como por troyanos, con la derecha ensañándose con él por no respetar las realidades económicas y la izquierda calificándolo de «traidor» porque a su entender se mostraría demasiado propenso a anteponer «los mercados» a la gente.
En tiempos de inestabilidad económica, es habitual que los electorados opten por conservadores presuntamente capaces de gobernar con firmeza, mientras que en períodos signados por la prosperidad suelen privilegiar la justicia social, pero todo hace pensar en que los brasileños han decidido romper con esta tradición, votando mayoritariamente por un reformista de instintos izquierdistas en medio de la crisis financiera más alarmante de las décadas últimas. De triunfar, Lula no podrá emular al británico Tony Blair que, sin tener que inquietarse por ninguna rebelión partidaria, en sus primeros años como primer ministro manejó la economía con más rigor «liberal» que los conservadores antes de emprender medidas sociales más acordes con las propuestas históricas del Partido Laborista. Mal que le pese, si es elegido presidente Lula tendrá que intentar conformar a todos en el país menos equitativo del planeta, promoviendo con vigor un mayor grado de igualdad social sin agravar aún más una situación financiera que podría desbordarse en cualquier momento. La tarea frente al sucesor de Cardoso sería mucho más sencilla si los brasileños comprendieran que la crisis local es en buena medida un epifenómeno de otra internacional -al fin y al cabo, los mercados europeos, norteamericanos y japoneses, para no hablar del argentino, han sufrido pérdidas colosales que difícilmente pueden achacarse sólo a la popularidad del ex sindicalista de San Pablo-, pero sucede que en todas partes muy pocos, exceptuando a los voceros del gobierno de turno, están dispuestos a reconocer que a veces las calamidades no se deben a los errores de su propio presidente, el que, en el caso del Brasil, parece destinado a ser Lula.
A menos que los sondeadores de opinión se hayan equivocado por un margen sin precedentes, lo único que decidirán las elecciones brasileñas será si Luiz Inácio Lula da Silva triunfa en la primera vuelta o en la segunda, de suerte que todo hace pensar que el país más grande de América Latina pronto tendrá un gobierno encabezado por un hombre que hasta hace muy poco era considerado un izquierdista resuelto a repudiar la deuda externa y emprender un programa redistributivo de dimensiones revolucionarias, pero que últimamente se ha esforzado por brindar una impresión de moderación y sensatez. Sin embargo, a pesar de que el propio Lula ha jurado y rejurado que de ser elegido no se le ocurriría ordenar medidas que podrían tener consecuencias económicas nada felices, "los mercados" parecen estar preparándose para una etapa sumamente agitada. Aunque las causas de la corrida contra el real y la pérdida de reservas se hayan debido menos a la proximidad de Lula al Planalto que a factores netamente económicos, los adversarios del ex metalúrgico no han vacilado en tratarlas como evidencia de que su eventual victoria sería un auténtico desastre. Pese a que el candidato del Partido de los Trabajadores parece haber persuadido a muchos empresarios y banqueros de que, lo mismo que el actual presidente Fernando Henrique Cardoso, ha abandonado las ideas contestatarias de otras épocas, ya está en marcha una crisis financiera de desenlace totalmente imprevisible que supondrá muchas penurias más no sólo para el Brasil sino también para el resto de la región.
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