El campo desdeñado
A los peronistas nunca les ha gustado la idea de que la Argentina sea una gran potencia agrícola cuyo lugar en el escenario mundial se debe en buena medida a la fertilidad de la tierra. Por hostilidad hacia los estancieros de otros tiempos, cierto entusiasmo industrialista que, por desgracia, es meramente teórico y, desde luego, la voluntad de privilegiar los intereses inmediatos de una clientela electoral mayormente urbana, los dirigentes del movimiento casi siempre se han esforzado por reducir la importancia del campo, pero pocos han ido tan lejos en tal sentido como la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Parecería que, lo mismo que sus polemistas favoritos de los años sesenta y setenta del siglo pasado, Cristina realmente cree que los ruralistas son “oligarcas” y “golpistas” natos que, de tener la oportunidad, no vacilarían en reemplazarla por un dictador militar. Puesto que la Argentina depende en buena medida de los ingresos posibilitados por las exportaciones agrícolas sin las cuales el nivel de vida de la población se aproximaría al de Bolivia, tal actitud es perversa. Así y todo, si bien últimamente la presidenta se ha sentido obligada a modificar su política económica por entender que la alternativa sería resignarse a que el país sufriera una nueva catástrofe equiparable con las provocadas por el gobierno caótico de Isabel Perón y por el colapso de la convertibilidad, sigue resistiéndose a eliminar las trabas que tanto han contribuido a frenar las exportaciones de trigo, carne y otros productos. Para desazón de los agricultores, en su alocución más reciente por la cadena nacional Cristina los criticó una vez más por oponerse a las retenciones para entonces exhortarlos a “producir más para ganar más”. A menos que tengan algunos incentivos concretos, como créditos blandos, seguirán siendo reacios a intentarlo. Según el oficialismo, el campo ha prosperado enormemente en los últimos años, opinión ésta que no comparten las principales organizaciones rurales como la Federación Agraria, que señalan que en sectores como el lechero la producción se ha estancado y miles de tamberos han optado por dedicarse a otra cosa. Asimismo, aunque la Argentina es mundialmente célebre por la calidad de su carne, en el transcurso de la década kirchnerista las exportaciones han caído tanto que en este rubro se ha visto superada no sólo por Brasil sino también por Uruguay y Paraguay. Se ha reducido notoriamente la cosecha de trigo, centeno, girasol y otros productos, todos marginados por la expansión excepcional del complejo sojero tan despreciado por Cristina. El caso del trigo ha sido dramático; conforme a la Sociedad Rural Argentina, a causa de las trabas la cosecha cayó de 16 millones de toneladas en el 2007 a nueve millones el año pasado, lo que, claro está, ha tenido un impacto muy fuerte en el precio del pan. Por fortuna, el valor internacional de la soja se ha mantenido muy alto, pero apostar en exceso a un solo producto es siempre un error, ya que el precio podría caer debido a factores que no estaríamos en condiciones de cambiar. Por lo demás, en un país que cuenta con tantas ventajas naturales que le permitirían variar la oferta como el nuestro, minimizando de tal modo el riesgo planteado por la imprevisibilidad propia de los mercados, el monocultivo no debería considerarse una opción. La razón principal del malestar que sienten tantos ruralistas consiste en el sesgo antiexportador de un gobierno dominado por personas que sencillamente no quieren al campo. Con el fin declarado de impedir que los precios internacionales perjudiquen a los consumidores locales, los kirchneristas llegaron a prohibir la exportación de carne, lo que, huelga decirlo, resultó contraproducente; además de hacernos perder mercados lucrativos en el exterior, los precios internos subieron casi el 600% entre el 2008 e inicios del año en curso. En el corto plazo, desacoplar el mercado interno del internacional podría brindar algunos resultados positivos, pero en el mediano los perjuicios serían mayores, ya que al desincentivar la producción todos terminarán perdiendo; los consumidores, porque al caer la oferta aumentarán los precios, el gobierno por la virtual desaparición del superávit comercial y los productores porque carecerán de los recursos que necesitarían para invertir.
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