El centro político se evapora



En las elecciones europeas perdieron los conservadores y socialistas moderados, en beneficio de fuerzas de ultraderecha y otros como los Verdes, que piden cambios drásticos

Votantes en la localidad de Lyon, Francia, en los últimos comicios parlamentarios de la UE.

A diferencia de la de antes, la izquierda moderna no quiere que la clase obrera desempeñe un papel protagónico en política. Ha llegado a la conclusión de que los trabajadores son congénitamente reaccionarios y por lo tanto son traidores que no merecen la simpatía de quienes durante más de un siglo habían tratado de ayudarlos.En América del Norte y, cada vez más, en Europa, quienes hoy en día se creen izquierdistas o progresistas suelen respaldar las pretensiones de los activistas de “minorías” étnicas, religiosas y sexuales en contra de los intereses del “proletariado” que, por su parte, propende a confiar más en dirigentes considerados derechistas.

En los países ricos, pues, el mapa político está reconfigurándose de una manera que no motivaría sorpresa alguna en la Argentina, donde desde hace muchos años personajes que, en opinión de los norteamericanos y europeos, son de derecha, cuentan con el firme apoyo del grueso de los trabajadores y el izquierdismo es un fenómeno decididamente burgués.

Hasta hace muy poco, los partidos calificados de “centristas” que procuraban combinar el vigor darwiniano del capitalismo liberal con la solidaridad social del Estado benefactor dominaban el escenario político en todos los países desarrollados. Centroderechistas y centroizquierdistas se alternaban en el poder sin que sus respectivos triunfos y derrotas modificaran mucho.

De acuerdo común, se trataba de un arreglo sensato, civilizado, que debería perpetuarse. Pero entonces, para desconcierto de quienes creían que solo los extremistas se oponían al presunto consenso centrista, en todas partes surgieron agrupaciones rebeldes que serían denigradas como populistas.

Aunque la aparición de Silvio Berlusconi en los años noventa debería haber servido de advertencia de que algo importante estaba gestándose, en otras partes del mundo los politizados la tomaron por una manifestación de la notoria excentricidad italiana.

Una década más tarde, no pudieron reaccionar con la misma ecuanimidad ante el Brexit y, más sorprendente aún, el triunfo de Donald Trump en las elecciones presidenciales norteamericanas, ya que se suponía que los dos países anglófonos eran dechados de estabilidad y moderación política.

Así y todo, los defensores del viejo orden intentaban minimizar el significado de lo que había sucedido, atribuyéndolo a la xenofobia, el racismo, la intervención rusa y, con frecuencia creciente, la estupidez de amplios sectores del electorado que, decían, se permitían engañar por demagogos vulgares.

Ganaron terreno partidos denostados como “ultraderechistas”, si bien no tanto como algunos habían esperado o temido, además de los Verdes y otros que de un modo u otro piden cambios drásticos.

De más está decir que el desprecio así expresado solo sirvió para aumentar todavía más la brecha que se da entre los partidos tradicionales y una proporción creciente de quienes durante muchos años los habían respaldado por suponer que no había alternativas mejores.

En las elecciones europeas de un par de semanas atrás, los socialistas y conservadores moderados sufrieron pérdidas notables, en algunos casos catastróficas, en países como el Reino Unido, Francia, Alemania y, desde luego, Italia. Ganaron terreno partidos denostados como “ultraderechistas”, si bien no tanto como algunos habían esperado o temido, además de los Verdes y otros que de un modo u otro piden cambios drásticos.

En Gran Bretaña, el nuevo partido del Brexit de Nigel Farage, que se había fundado semanas antes de las elecciones, superó por un margen impresionante a los conservadores y laboristas sumados. En Francia, las huestes de la nacionalista Marine Le Pen consiguieron más votos que los candidatos del presidente Emmanuel Macron. Los resultados en Alemania, donde los Verdes dejaron atrás a los socialdemócratas, eran menos dramáticos, pero fueron suficientes como para poner en peligro el reinado prolongado de Angela Merkel. Y en Italia, Matteo Salvini se consolidó como el hombre fuerte de la política peninsular y de facto líder de la “ultraderecha” europea.

Con miras a adaptarse a la situación así supuesta, políticos “centristas” están deslizándose hacia la derecha. Para no perder más votos, gobiernos, como el alemán, que están conformados por integrantes de los partidos tradicionales, están tomando medidas para frenar la inmigración masiva desde el mundo musulmán e intentando mitigar el impacto de la globalización en zonas económicamente deprimidas, pero parecería que han reaccionado demasiado como para reconquistar el terreno perdido.

Asimismo, tales cambios se ven criticados con vehemencia por militantes progresistas cuya influencia sigue siendo muy fuerte en el ámbito cultural y en los medios, lo que hace aún más difícil los esfuerzos de los políticos del montón por reubicarse en un mundo en que todo parece estar en evolución constante.


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