El clima ya no asusta

Por Redacción

Si bien algunos “activistas” ecológicos siguen insistiendo en que, a menos que se frene enseguida la emisión de gases contaminantes, el mundo no tardará en sufrir una catástrofe climática de gravedad apenas concebible, el tema, que hace un lustro encabezaba la agenda internacional, ha pasado de moda. Para decepción de los resueltos a aprovecharlo para obligar a los países desarrollados a modificar radicalmente sus economías, la Conferencia del Clima de Naciones Unidas que acaba de celebrarse en Varsovia sólo motivó una fracción del interés de las cumbres anteriores. Aunque hay un consenso en el sentido de que la contaminación ambiental es de por sí mala, razón por la que muchos países están tratando de reducirla, no lo hay acerca de las causas del cambio climático que está registrándose o de lo que sería necesario hacer para que evolucionara de otra manera. Asimismo, ha resultado contraproducente la propensión a exagerar de los que, como el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, nos advierten que el mundo se dirige hacia un desastre inminente de proporciones bíblicas y que, automáticamente, dan a entender que todas las calamidades naturales se deben a la irresponsabilidad de los líderes de los países desarrollados. ¿Es verdad? Parecería que no, ya que, como nos recuerdan los historiadores, tifones tan destructivos como aquel que hace poco más de una semana devastó Filipinas, huracanes y sequías prolongadas suceden desde que el mundo es mundo. Si hay una diferencia, consiste en que, hasta hace muy poco, no había medios de comunicación que aseguraran que otros ubicados a muchos miles de kilómetros se enteraran, en “tiempo real”, de la situación en que se encontraban los directamente afectados, de ahí la impresión generalizada de que los desastres naturales se han hecho mucho más frecuentes que en el pasado. Todo parecía más sencillo en la fase final del siglo XX cuando era fácil acusar a los malévolos capitalistas occidentales de estar destruyendo el planeta. Muchos izquierdistas que se habían comprometido emotivamente con la Unión Soviética abrazaron la causa con entusiasmo, pasando por alto los aportes del comunismo a los desastres que denunciaban. En la actualidad, empero, el país más contaminante no es Estados Unidos sino China, mientras que la India aspira a emularla. Como es lógico, los chinos, indios y brasileños, entre otros, no tienen la más mínima intención de resignarse a la pobreza por temor al eventual impacto de sus esfuerzos económicos en el clima. Por su parte, los países ya ricos contaminan menos que antes merced a los avances tecnológicos y el crecimiento del sector de servicios. Aun cuando se desmantelaran por completo todas las fábricas del mundo occidental, los beneficios ecológicos resultantes no serían suficientes como para cambiar mucho, porque los países emergentes continuarían emitiendo gases contaminantes en cantidades cada vez mayores. Otra razón por la que la campaña en contra del cambio climático se ha debilitado tiene que ver con el escepticismo. Los no convencidos por la retórica de los activistas señalan que cambios abruptos ocurrían antes de la llegada del hombre o, en épocas más recientes, de la industrialización en escala masiva. También ha incidido en la opinión pública una serie de escándalos protagonizados por científicos politizados que manipularon la evidencia disponible o confeccionaron modelos informáticos programados para confirmar sus propias tesis, prácticas que, según sus críticos, los ayudaron a conseguir más fondos públicos para las organizaciones que los empleaban. Más decisiva aún ha sido la conciencia de que los costos de reemplazar los modos de producción actuales por otros más “verdes” serían tan colosales, y los beneficios, si los hubiera, tan inciertos, ya que es probable que los cambios climáticos se deban más a factores ajenos al hombre que a los “antropogénicos” subrayados por los activistas, que hasta nuevo aviso sería mejor concentrarse en fortalecer las defensas contra los fenómenos naturales de lo que sería optar por una gran depresión planetaria. Desmantelar el orden económico existente porque dista de ser limpio sería una alternativa razonable para un mundo con menos de mil millones de habitantes como a fines del siglo XVIII, pero no lo es para uno con aproximadamente 7.000 millones.


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