El comienzo

Por Redacción

Decidí estudiar periodismo cuando moría diciembre de 1999. A veces no tengo idea de por qué hago las cosas pero me acompaña la certeza de que debo hacerlas. Es como un susurro confiable al oído. Me puede generar dudas o ser incomprensible pero suelo hacerle caso. Luego le voy encontrando un sentido. En el camino aparece –como una suerte de confirmación tardía– una razón y la historia de esa decisión. En estos trece años encadené crisis personales y profesionales. Experiencias inolvidables. Viajes, amores y pérdidas. Entrevistas que me sacudieron: deportistas, actores, políticos, escritores, intelectuales, filántropos, empresarios y académicos, entre otros. Lo que más me atrapó de ellos fue su costado humano, sus emociones, el relato de su vida. Descubrir eso que los lleva a hacer lo que hacen. Pero no me pasa solo con los famosos: también me intriga saber qué pasa entre dos personas que toman café sin hablarse por más de una hora. Si logro escuchar que se les cae una palabra es suficiente para armar una historia en mi cabeza. Entonces, de lo que estoy seguro es de para qué entré al periodismo: para contar historias mientras escribo mi historia. Me parece mágico. Desde hace rato que tengo la idea de hacerlo en forma continuada, semanal. El último click fue a principios de marzo. Murió Chávez y una hora después del anuncio tenía pasaje a Caracas. Pasé la noche sin dormir. Preparé mis cosas, dejé pendientes varios “pendientes”, saludé a mi gato y me fui a Ezeiza. En el desayuno me volví a encontrar con la certeza de que me gustan las historias. Se lo conté a una editora en un mail: “Quiero escribir. El disparador puede ser la actualidad o un sueño. Ficción o realidad. Un cuento, una historia o una anécdota. Una reflexión, una confesión o un pensamiento. Lo que me interesa es que haya una historia. Quiero escribir. (…) Sentite, de verdad, con la libertad de decirme: ‘Nacho, tenés que dormir más’. Y bueno, entonces me haré taxi boy. No, bueno, no, tampoco me da para eso”. Lo mandé, subí al avión y amanecí en una Venezuela tensa, incierta. Millones peregrinaban para despedirse de Chávez. Otros no estaban para nada tristes por la muerte del presidente. “No se lo deseo a nadie pero éste… ¡que las pague ahí arriba!”, me dijo el taxista que me buscó en el aeropuerto. Las dos posiciones me resultaron interesantes: quería saber qué les pasaba a ellos, sin juzgarlos. “No tenés que dormir más: ¡Tenés que escribir! A lo tuyo”, me respondió la editora. Para mí fue como haber pisado el primer escalón de una escalera que desconozco a donde me lleva. Lo que sé es que mientras vaya subiendo voy a ir contando historias. Quiero aprovecharlo, soltarme y emocionarme. “Contalo como si se lo estuvieras contando a Esther, tu querida madre”, me dijo un amigo. Ella era de pocas palabras pero le encantaba escuchar. Entonces pensé en un nombre para la sección. Cualquier nombre nunca es magnífico. Después adquiere significado, peso específico. “El Gráfico es el peor nombre del mundo. ¿Soda Stereo? ¡Mamita!”, me decía mi amigo. Es cierto: los nombres sin su historia no son nada. En un rato, cuando termine esta suerte de presentación, me voy a encontrar con un muchacho que llevó a su familia desde Irán hasta Venezuela, pasando por Afganistán y por miles de trabas. Ahora, él, su mujer y sus hijos son refugiados. “Es como Argo”, me dijeron. Pero no ganó ningún Oscar y el muchacho no cuenta con los recursos de la CIA. La historia, completa, la semana que viene.

Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com

El disparador


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