El consenso inútil

Por Redacción

Mientras que en otras partes del mundo democrático los aspirantes a ocupar la presidencia o su equivalente suelen representar idearios presuntamente distintos, por lo común variantes del socialismo o del conservadurismo liberal, aquí las diferencias son casi exclusivamente personales. Los tres dirigentes políticos, Daniel Scioli, Mauricio Macri y Sergio Massa, que aún pueden permitirse soñar con recibir de manos del electorado las llaves de la Casa Rosada, son centristas pragmáticos que, de ser otras las circunstancias, militarían en la misma agrupación política, una que, a juzgar por las encuestas, tendría el apoyo de aproximadamente el noventa por ciento de la población del país. En buena lógica, pues, la estabilidad política debería estar asegurada pero, claro está, en la Argentina la lógica raramente incide en lo que efectivamente sucede. Si bien parecería que el consenso así supuesto ha impresionado gratamente a algunos inversores en potencia en el exterior que prevén que, sin Cristina en el poder, la Argentina volverá a ser un país “normal” en el que les sea ventajoso arriesgarse, para que ello ocurriera sería necesario que el gobierno próximo superara los muchos obstáculos, tanto económicos como políticos, contra los cuales chocará. Aunque los candidatos presidenciales y sus respectivos operadores han procurado minimizar la gravedad de los problemas que el triunfador se verá obligado a enfrentar desde el momento en que se haga cargo del país, serán tan pesados que podrían abrumar a cualquiera. No es ninguna novedad que, para desconcierto de los que, no sólo en el resto del mundo sino también en el país mismo, quisieran que por fin la Argentina se pusiera a aprovechar sus abundantes recursos naturales y humanos, la clase política nacional haya resultado ser congénitamente incapaz de hacerlo. Por paradójico que parezca, el que, con escasas excepciones, sus integrantes piensen del mismo modo no ha facilitado las cosas. Antes bien, ha creado una situación en la que casi todos los políticos profesionales se han acostumbrado a privilegiar las relaciones personales, migrando desde una agrupación hacia otra por motivos desvinculados de su hipotética adhesión a principios determinados… Así, pues, de un día para otro, colaboradores de Massa se han aliado con Scioli sin sentir necesidad alguna de justificar su conducta aludiendo a convicciones o diciéndonos que se hayan sentido atraídos por las bondades del “proyecto” del gobernador. Asimismo, Macri está intentando seducir a peronistas asegurándoles, sin exagerar demasiado, que sus propias propuestas son compatibles con las “verdades” reivindicadas actualmente por quienes se creen discípulos del general, ya que a esta altura virtualmente nadie toma en serio tales abstracciones. A pesar del consenso que se da en el plano ideológico o, si se prefiere, pos-ideológico, la clase política nacional se ha mantenido tan irremediablemente dividida que construir un gobierno coherente le costaría muchísimo trabajo. Dice Massa que Scioli sería “horrible como presidente” porque, luego de ocho años de gestión del “peor gobernador de la historia” bonaerense, los hospitales de su distrito “no tienen gasas ni curitas”. Tendrá razón Massa, pero las dificultades que enfrentaría un eventual presidente Scioli no se limitarían a sus deficiencias como administrador. Las más preocupantes, desde el punto de vista de Scioli y aquel del país, serían las provocadas por la voluntad de los partidarios de otra persona, Cristina, de impedirle gobernar. Lo que se han propuesto los soldados de la señora es un “doble comando” parecido al que existía cuando Néstor Kirchner llevaba la voz cantante en el gobierno de su esposa, con la diferencia de que en esta ocasión le tocaría a Cristina desempeñar el papel que hasta el día de su muerte cumplía su cónyuge, dejando a Scioli un rol meramente protocolar; a menos que opte por renunciar para que Carlos Zannini lo reemplace como la mascota obediente de la familia gobernante. Huelga decir que, pase lo que pasare, en tal caso “este país sería un despelote”, como acaba de advertirnos el massista cordobés José Manuel de la Sota. ¿Serían menos aciagas las perspectivas si ganara Macri? No hay motivos para suponerlo, a sus muchos adversarios les sería maravillosamente fácil inventar pretextos convincentes para hacerle la vida imposible, lo que a buen seguro sucedería si intentara aplicar un “ajuste” antes de que los mercados intervinieran, como hicieron en los días finales de 2001 e inicios de 2002, ahorrándole al gobierno la responsabilidad de restaurar orden a una economía caótica. Lo mismo podría decirse de un por ahora muy improbable gobierno encabezado por Massa, sobre todo si declarara la guerra contra la corrupción que ha prometido librar para desatar una ofensiva jurídica furibunda contra Cristina y sus dependientes, comenzando con los militantes de La Cámpora. Huelga decir que todo sería mucho más sencillo si el gobierno surgido de las urnas heredara del actual una economía sana, pero sucede que Axel Kicillof le ha preparado una tan enferma que tendrá que pasar mucho tiempo en terapia intensiva antes de poder salir de la sala en la que la tiene internada. Sea como fuere, parece evidente que para curar la economía de los muchos males que la afligen sería necesario que el país contara con un gobierno muy fuerte, de legitimidad democrática indiscutible, que resultara capaz de llevar a cabo un programa de reformas a un tiempo económicamente realistas, lo que ya sería mucho pedir, y políticamente factibles. A menos que tengamos mucha suerte, el próximo gobierno no tardará en verse desbordado por una crisis económica y social que le resulte inmanejable. ¿Y después? Lo mejor sería que convergieran las corrientes actualmente lideradas por Scioli, Macri y Massa, personas que, mal que les pese, tienen mucho en común, para formar una gran coalición parecida a las que esporádicamente han gobernado Alemania con bastante éxito. Sólo así sería posible frenar la decadencia al parecer inexorable de un país que, para extrañeza de los de otras latitudes y resignación de sus propios habitantes, a menudo parece resuelto a arruinarse, pero podría argüirse que sería irracional suponer que la clase política que ha permitido que la Argentina se acercara nuevamente al abismo podría estar en condiciones de atenuar el impacto de la caída que le espera.

JAMES NEILSON

SEGÚN LO VEO