El costado onírico del fútbol
MARCELO ANGRIMAN (*)
Nunca se lo he confesado a nadie, dijo Benja pocos días más tarde mientras desayunaban en la cocina, pero a vos quiero contártelo. Tengo sueños, ¿sabés? Todos tenemos, dijo Ale. Sí, pero los míos son sueños de fútbol… Sueño que estoy en la cancha, pero no con mis compañeros de hoy. ¿Y qué hacen en tus sueños? ¿Qué hacen? Jugadas extraordinarias… Es raro, dijo Ale, y encendió un cigarrillo para pensar mejor. Es raro, sí, repitió Benja, por eso no se lo cuento a nadie”. Con estas líneas Mario Benedetti (“El césped”, 1989) daba rienda suelta a su rica imaginación. En una mezcla de realidad y fantasía, nos muestra el costado onírico del fútbol, un puerto donde han recalado muchos más navíos de los que podríamos suponer. La elaboración onírica es una teoría de cómo se forman los sueños, cómo la mente toma imágenes del pasado, del presente, de los recuerdos, las experiencias, los miedos y hasta las ideas y sentimientos reprimidos para formar un sueño. El fútbol forma parte del menú de los sueños. Algo así como una válvula de escape a través de la cual algunos hombres evaden la tediosa realidad. Todavía da gusto ver –en un viejo video recreado por canal Encuentro– cómo Osvaldo Soriano se regaña aquel sueño en el que no supo definir por encima del arquero. También Eduardo Galeano se ha dado un tiempo para reconocer que Lionel Messi es el único jugador que lo hace soñar y admitir con sinceridad: “Yo no juego, porque juego muy mal; soy bochornosamente un pata de palo, completo pata de palo, o sea: fui el mejor jugador de mi país y del mundo, pero sólo en sueños, mientras dormía. Al despertar, la cruda realidad me decía que yo no podía llegar ni a la esquina, que por ese camino no iba a llegar muy lejos”. Pero el fútbol no es tierra fértil sólo para intelectuales. Es más, ha sido un espacio denostado por grandes pensadores como Jorge Luis Borges o Juan José Sebreli. Es que en una cultura como la nuestra, donde el fútbol es un hecho social trascendente, ni siquiera es imprescindible posar la cabeza sobre una almohada para poder soñar con jugadas o goles imposibles ¿Quién no fue alguna vez en su niñez aquel jugador del momento, cuando cabeceaba la pelota de goma frente al portón de su casa? No se trataba simplemente de emular a una figura. Era mucho más que eso. Por ese juego de la representación, tan propio de los chicos, el futbolista estaba allí enfundado en nuestras ropas. Era él, y no uno, quien hacia los goles y los festejaba, ante la absorta mirada de los vecinos. ¿Quién no ha soñado alguna vez con dejar el tendal de jugadores adversarios en el camino, quedar solo frente al arquero y definir un partido? ¿Quién no fue a gritarlo a la popular colgado del alambrado? Es que el fútbol fue y será para muchos un estímulo para soñar y porque no, también, una buena excusa para exagerar. Todavía recuerdo con cariño a mi amigo de la secundaria Yeyo –un tres de marca y subidas aisladas– relatándome sus goles antológicos, tan mágicos como de imposible comprobación. En el carácter generoso del balompié –juegan muchos, con una sola pelota–, la mediatización y el lugar sensible que este deporte ocupa en nuestra sociedad, quizás estén algunas de las razones para que los soñadores del fútbol sean muchos. El sueño ha sido también motor para que no pocos futbolistas puedan conseguir sus objetivos. Al decir de Jorge Valdano: “Cuando sueño, deliro, idealizo la larga distancia; cuando sueño soy un inconsciente feliz. El sueño es el motor de la voluntad, es recomendable soñar”. El autor del segundo gol frente a los alemanes, en la final de México 86, reconoció alguna vez: “Confieso que es muy rara la noche en que no sueño con goles espectaculares, hermosos y míos”. Dos de los más grandes jugadores de la historia, Diego Maradona y Pelé, ya de chicos dieron a conocer sus sueños del pibe. En el caso del argentino es clásica la imagen suya de cebollita, cuando imaginó jugar en la selección nacional. Por parte del brasileño, cuenta la historia: “Cuando ocurrió la final de 1950, en su casa todos oían la radio con fuertes interferencias. Al terminar el partido y conocer la derrota ante Uruguay, el padre lloró con acentuada pesadumbre. Entonces el niño de nueve años lo consoló: ‘Seré campeón mundial’, le prometió para aliviar la pena”. Cuando a los diecisiete cumplió su promesa, se desvivió por hablar con su padre, pero no pudo hacerlo hasta su regreso. Como bien dice el dicho: “Soñar no cuesta nada”. Los sueños y el jugar al fútbol son espacios de disfrute, tan libres y económicos como el respirar o el caminar. Allí no hay distinción de clases sociales, de destrezas, ni de edades. Pero aun así, si algún achaque le impidiese ponerse los cortos, cálceselos igual, hágame caso. Quizás la almohada se convierta en pelota y Morfeo, en el último minuto de juego, le mande ese bendito centro que toda la vida esperó cabecear. (*) Abogado. Profesor nacional de Educación Física marceloangriman@ciudad.com.ar
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