El cuento de los tiburones
“Nos deberemos esforzar para educar un país nuevo, para que nuestros hijos o nietos quizá vean una reorganización de las clases sociales”.
A veces es difícil transmitir una idea simple, tan simple como decir lo que se siente. El jueves 12 de noviembre, en el programa nocturno de Alejandro Fantino, tuve el agrado de escuchar la entrevista con el candidato Daniel Scioli y parte de su grupo de economistas. La entrevista provocó una fuerte impresión en mí. Si se me permite, quisiera dar cuenta de las curiosas y sorpresivas reflexiones en que me vi involucrado. Llegué a considerar el hecho de que están en juego “actitudes”, por ejemplo: desde dónde miramos hoy nuestro porvenir. ¿Será del lugar de víctimas?, ¿o de un sitio desafiante de personas íntegras? En otras palabras, podríamos estar en una localización donde consideramos el miedo con franqueza. O, por el contrario, estar temerosos en un sitio no identificado donde el miedo nos corre, cuando se le viene en gana. Terminada la entrevista dirigida por Fantino, no sabía de qué se trataba la sensación fuerte que me había quedado. Luego caí en la cuenta, y juro que demoré media hora en percatarme, de que la sensación era miedo. En cuanto a su contenido, primero Daniel habló solo, y luego él junto a una parte de su equipo económico. El recurso persuasivo se focalizó en dar relato sobre los designios catastróficos que se avecinaban de ser elegido Mauricio Macri presidente. Increíble estrategia para ganar. Estrategia válida y efectiva, no obstante. Si usted lee este artículo luego del debate, sabrá cómo sigue esta forma del discurso entre ambos candidatos. Y sería muy interesante saber, a la postre, qué porcentaje del padrón votará con miedo. Así es que estamos entre el fantasma Gasparín y el mismísimo Drácula. Sigo con mi relato personal. Luego de identificar mi sensación de miedo, salí al patio de mi casa e hice unos ejercicios, corrí un poco y me saqué el miedo de encima. Y reflexioné. Caí en la cuenta, como ya dije, de que esa estrategia agresiva parecía bastante efectiva. Daniel decía, medio en tono misterioso: “… sí, ellos ya están hablando con los buitres…” (en paráfrasis). Toda una suerte de argumentos de pasillo sin sostén verdadero, en principio. Y digo “en principio” porque nadie sabe qué va a pasar, cuáles serán los desafíos de los próximos cuatro años. Quizá se cumplan algunas sospechas del equipo de Scioli, o no. Pero está claro que ellos tienen miedo de perder. La persuasión como influencia social para convencer al votante está dirigida, en este caso, hacia la demolición del candidato opositor, de un lado. Y esto es válido. Pero eso no es todo en este caso: la estrategia incluye cargar de “miedo” el sentir del votante. En consecuencia, se pretende que se vote, perdón por la redundancia, con miedo. Es una forma de “amasar la masa” de una manera inescrupulosa. Y se está dando por sentado que los votos en juego están en manos de personas sin mucho espíritu de desafío y no del todo inteligentes. Sigo. En el programa del “superentrevistador” Alejandro Fantino, Daniel Scioli y su equipo se presentan como una suerte de adivinos y salvadores de las víctimas de la sociedad argentina. Adivinos porque saben todo lo que va a hacer Cambiemos. Y en segundo lugar, salvadores porque ellos son los que van a proteger al pueblo (protegerlos de los imperialistas, de los empresarios, etcétera). Se trata de un discurso con una “amenaza escondida”: si no nos votás a nosotros, después atenete a las consecuencias. En fin… Sobran referentes de que en una estrategia electoral, digamos, “casi todo vale”. Pero, amigos lectores, meter miedo a un argentino que ha sufrido en las últimas décadas, en especial con la dictadura, es algo un poco “canalla”. Hay heridas aún abiertas y es fácil de manipular. El equipo de Daniel Scioli debe tener razones muy firmes para recurrir a tales discursos de alto impacto y triste influencia. No obstante, debo insistir en el hecho contundente de que en una democracia “de verdad” el voto debe ser llevado a cabo en un estado de libertad. No de miedo. Y en este caso, incluso, se superponen nociones como coerción y otras similares. Para concluir mi relato personal, admito que me enojé un poco, y luego se me pasó y ya no sentí miedo. No está claro quién llevará mejor el país en los próximos cuatro años. Pero una cosa es cierta: en Latinoamérica hay una moda de salvadores de pueblos que desean seguir indefinidos en sus cargos. Amparados por un Estado cada vez más poderoso. Puede ser un riesgo, cuanto menos. En mi opinión, no es un riesgo que deba soportar la democracia. Hay que renovarse. Si vienen malos administradores, durarán sólo cuatro años. Y, es válida la inferencia: si los ciudadanos no educan a sus hijos, no consolidan una educación cada vez más sólida, creativa y de vanguardia, seguirá habiendo desequilibrios grandes en el país. Todos remamos. Nos deberemos esforzar para educar un país nuevo, para que nuestros hijos o nietos quizá vean una reorganización de las clases sociales. Habrá ricos y menos ricos, pero que nadie sufra escasez y todos tengan educación y cultura. El resto es lo que va a la par: la mejora de los servicios al ciudadano. Y volviendo al presente: nadie va a “salvar la economía”, es decir particularmente nadie. Siempre somos todos. Y quienes de nosotros estemos trabajando, eventualmente, en cargos del Estado por cuatro años no seremos (de pronto) los superhéroes supersónicos. Sólo debemos hacer nuestro trabajo. Pero parece ser que todo el mundillo de la política está acostumbrándose a las vacas gordas, y se creen que son “los dueños de algo”. Y no me refiero específicamente sólo al dinero. Así estamos hoy, muy lozanos. Nuestros quehaceres políticos y de campaña argentinos son una varieté que da de comer a muchos. Y la mayoría de sus discursos son tramas de ficción cuyos marcos de realidad son improbables o difíciles de predecir. Pero (oh, sorpresa) somos nosotros mismos. Somos la Argentina. Así parece que siempre “estamos remando”, como el gaucho que cruza el arroyo. El gaucho que, impasible, mira el cielo mientras avanza. Él siente que no tiene nada de malo remar. Así es que no le vengan “con el versito” de que el arroyo está lleno de alimañas y monstruos indecibles. Y que no puede cruzar hacia el otro lado. Y que se quede en el molde porque si cruza lo comerán los tiburones. Porque si el gaucho no cruza más allá, se lo comerán las pulgas acá. (*) Licenciado en Letras
Sergio Povedano (*)
“Nos deberemos esforzar para educar un país nuevo, para que nuestros hijos o nietos quizá vean una reorganización de las clases sociales”.
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