El destino de una emblemática

Por Redacción

Si bien muchos se dicen dispuestos a respetar el principio de la presunción de inocencia de quienes aún no han sido debidamente condenados por la Justicia, ello no ha sido óbice para que hace varios años “la sociedad”, representada informalmente por los medios de difusión masiva, juzgara a María Julia Alsogaray y la encontrara culpable de una serie larga de delitos. 

Puede que en este caso por lo menos la mayoría haya acertado -por cierto, comparte su opinión en cuanto a la culpabilidad de la ex funcionaria el ya célebre juez Rodolfo Canicoba Corral que, para satisfacción de muchos, acaba de ordenar su detención-, pero aun así es innegable que el deseo de muchos de verla encarcelada de por vida se inspira no tanto en los crímenes de que ha sido acusada de cometer, cuanto en que es la hija del ingeniero “liberal” Alvaro Alsogaray y es en consecuencia una “emblemática” nata.

Otro factor que no le favoreció en absoluto consiste en que jamás fue peronista ni radical, motivo por el que nunca ha podido contar con el apoyo de ningún movimiento habituado a defender a sus compañeros y correligionarios.

Pues bien: sería de suponer que una persona pública con tantos puntos en su contra como la ex funcionaria haría lo posible por comportarse de una manera sumamente rigurosa, extremando las precauciones a fin de evitar sospechas, como en efecto ha hecho su padre, pero desgraciadamente para ella María Julia Alsogaray asumió una actitud absurdamente desafiante, haciendo gala de su gusto por el lujo vulgar y de su desprecio por los prejuicios ajenos. Si bien dista de ser el único político o funcionario -o juez- que haya caído en la trampa planteada por la ostentación insolente, por razones evidentes se encontraría entre los más vulnerables. Sin embargo, por razones que acaso un psicólogo sería capaz de elucidar, durante años la funcionaria más notoria de la década menemista pareció divertirse dando a sus enemigos pretextos adicionales para atraparla, actitud que en otras circunstancias podría considerarse evidencia de que se sabía inocente pero que parecería basarse en una sensación extrañamente ingenua de impunidad.

Por supuesto que de haberse consolidado el “milagro menemista” de la primera mitad de los años noventa, la “polifuncionaria” podría haberse salido con la suya, pero su colapso causado tanto por su propia precariedad como por una coyuntura internacional negativa, con la depauperación resultante de millones de personas, aseguró que pagaría un precio bastante elevado por su conducta. También perjudicaría al país en su conjunto. Por dudosa que sea la teoría de los izquierdistas y populistas criollos de que las sociedades “liberales” y capitalistas son intrínsecamente más corruptas que las socialistas o corporativistas, María Julia Alsogaray, Carlos Menem y tantos otros protagonistas de los años noventa contribuyeron mucho a convencer a muchos compatriotas de que realmente es así, actitud que nos supondrá un sinfín de dificultades en los años próximos en vista de lo limitadas que son las posibilidades brindadas por las alternativas al capitalismo liberal en el mundo en el que nos ha tocado vivir.

Si es que el desastre económico de fines del 2001 ha tenido algunas consecuencias positivas, éstas incluyen la conciencia de que la corrupción al parecer ubicua es un fenómeno muy destructivo y que es forzoso combatirlo por motivos no sólo éticos sino también pragmáticos.  ¿Contribuirá el tropiezo -en vista de la complejidad que son los procesos judiciales, sería prematuro calificarlo de caída definitiva- de María Julia Alsogaray a reducir la corrupción a proporciones menos alarmantes que las alcanzadas últimamente? No es demasiado probable.

Por tratarse de un personaje tan exageradamente “emblemático”, uno que, para colmo, es considerado un adversario político y social por el gobierno actual y por buena parte de la prensa, los muchos corruptos que son menos proclives a llamar la atención a su propio estilo de vida no se sentirán amenazados. Para que esto cambie, será necesario que quede bien claro a todos que a la hora de elegir los blancos iniciales de una campaña contra la corrupción una imagen políticamente correcta no servirá para nada.


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