El devaluado megáfono del presidente






A los dirigentes solo les queda la labia para insuflarle mística a la militancia y apenas se esmeran en echarle las culpas al gobierno anterior, al cuco del FMI o al neoliberalismo.


El valor de la palabra y su difusión se han convertido para el presidente de la Nación en un tremendo atolladero. Cuando apareció con un megáfono en el balcón de uno de los patios de la Casa Rosada para hacerse oír el día del velorio de Diego Maradona, allí quedó patentizada la debilidad política que lo acosa: no lo escuchan. La preocupación principal del Frente de Todos es que no se note que sus integrantes sin excepción están más que arrinconados por el término “ajuste”, un catastrófico concepto que los desacomoda frente a la sociedad y los enfrenta. Hay que disimular, pero sin enredarse es la consigna. No lo logran.

El peronismo, que ya perdió la magia de la movilidad social ascendente, ahora se ha comprado no solo el traje de ajustador, sino la galera del que iguala para abajo. A tiro de un año electoral, todos saben muy bien que el fenomenal apretón en curso no solo va a contramano del distribucionismo siempre declamado, sino que elude una vez más a la clase política. La confusión es sublime porque para tapar el mal momento todos se tropiezan a cada rato, se enmiendan unos a otros y buscan edulcorar la situación, pero no se animan a explicar con claridad que aquel que engordó deberá adelgazar. Probablemente les dé vergüenza. Quien engordó de más es el Estado y quien pagará la fiesta es el sector privado, comenzando por aquellos que no tienen gremio: los jubilados.

En medio de tanto zigzag y también preso de sus propias contradicciones, Alberto Fernández buscó apartarse de la religión vigente y no solo dijo en la Conferencia Anual de la UIA que de la pobreza “no se sale con planes del Estado”, una frase tomada de la más rancia derecha, sino que ha coronado su pensamiento con un concepto que va claramente a contramano de aquello que dice su vicepresidenta, la claque del Instituto Patria o aun algunos miembros de su propio Gabinete: “Se sale con empresarios que invierten, dan trabajo y generan empleo”, remató.

Si esta misma apreciación se sostuviere en el tiempo, ya que los políticos suelen hablar para los públicos que tienen delante, el pragmatismo de Fernández le acaba de poner un cepo al peronismo explícito que él mismo suele abrazar. La situación deja además otra evidencia: cuando el Estado se las ve negras y el agua le llega al cuello a los gobernantes, estos le pasan la pelota a la gente.

Dicho modo de operar se ha observado también en la forma en la que, de a poco, él se ha ido abriendo de las muchas proclamas a favor del Estado-presente que su gobierno usó para darle sustento ideológico al manejo de la pandemia, algo que objetivamente resultó de mal para peor.

Otro punto que ha desacomodado al Gobierno es que no hay quien entienda ni quien pueda explicar siquiera cómo le ha sucedido esto del ajuste al peronismo. A los dirigentes solo les queda la labia para insuflarle mística a la militancia y apenas se esmeran en echarle las culpas al gobierno anterior, al cuco del FMI o al neoliberalismo, aunque todos saben de memoria que, si la herencia de Mauricio Macri fue muy mala, la de Cristina Fernández fue peor. Una década de ir para atrás lo muestra cualquier estadística y resulta casi imposible disfrazar la realidad.


Lo importante para el populismo no es que la letra sea verdadera, sino que las cosas se instalen. Lisa y llanamente es a esto a lo que habitualmente se le llama “relato”


El valor de la palabra es algo bastante devaluado para la clase política en general. Tradicionalmente, el bien decir ha sido bastante apreciado, sobre todo para atraer votantes con promesas, aunque hoy los discursos y las acciones son una catarata de justificaciones culposas.

Por ejemplo, mientras Cristina en el Senado lapidó el envío del Ejecutivo sobre movilidad jubilatoria y el descuento de 5% por la recomposición de diciembre, patéticamente el presidente salió a decir que está “de acuerdo” con que le hayan bochado su proyecto.

En paralelo, Máximo Kirchner hizo un flamígero discurso contra la Ciudad de Buenos Aires, Felipe Solá jugó de cowboy al revelar una conversación entre Fernández y Joe Biden, se aprobó el impuesto a los patrimonios millonarios y se hizo una defensa cerrada de Amado Boudou, cuya sentencia fue ratificada por la Corte.

Todas estas son pequeñas muestras de la palabrería imperante, siempre buscando los enemigos a vencer para que la militancia no decaiga. Hay que darle argumentos a la tropa, aunque sean falacias, para que no se deteriore su capacidad de discusión en defensa de la ideología. Lo importante para el populismo no es que la letra sea verdadera, sino que las cosas se instalen. Lisa y llanamente es a esto a lo que habitualmente se le llama “relato”.


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