El ejemplo brasileño
Parecería que nuestra economía está en manos de personas que, como aquellos automovilistas que se mofan alegremente de los límites de velocidad y creen antideportivos los radares que se ponen en las rutas, han logrado convencerse de que no corren ningún peligro. En su opinión, hay que pasar por alto las advertencias de quienes hablan de “sobrecalentamiento” porque, al fin y al cabo, no entienden que la Argentina es diferente de los demás países. Así, pues, mientras que la presidenta brasileña Dilma Rousseff dice “tener una inmensa preocupación con la inflación”, que ya supera el 6% anual, y se ha comprometido a librar un “combate obstinado” contra el mal, el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner le ha permitido acercarse al 25% anual, aunque según el Indec es “sólo” el 10,9%, una cifra que en otras partes del mundo sería considerada más que suficiente como para hacer necesario un “ajuste” vigoroso pero que aquí se supone fácilmente manejable. Por desgracia, la experiencia tanto nacional como internacional en la materia hace pensar que, si bien frenar a esta altura la inflación no será fácil en absoluto, negarse a hacerlo tendrá consecuencias decididamente peores, razón por la que todos los demás gobiernos la tratan como enemigo público número uno. Lo entiende Dilma, una economista que antes de ser elegida presidenta fue ministra de Minas y Energía en el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, pero Cristina, de formación más sociológica e ideológica que su homóloga brasileña, ha sido propensa a minimizar los perjuicios causados por el aumento constante del costo de vida, acaso por suponer que con tal que el crecimiento macroeconómico siga siendo vertiginoso el problema terminará solucionándose sin que haya ninguna necesidad de tomar medidas antipáticas. Los únicos con buenos motivos para festejar la inflación son, cuando no, los especuladores. Incluso los que esperan ver reducidas sus deudas de resultas de tasas de interés negativas son conscientes de que tarde o temprano se encontrarán en dificultades, razón por la que los que pueden están participando del boom de consumo que está en marcha; saben que tiene fecha de vencimiento. Es que la inflación siempre genera incertidumbre, de ahí la sangría de divisas: se estima que durante la gestión de Cristina se han fugado casi 30.000 millones de dólares. Asimismo, por razones comprensibles los empresarios locales suelen reaccionar postergando inversiones y, huelga decirlo, los capitalistas extranjeros son reacios a arriesgarse en países como el nuestro en que la inflación es crónica, lo que en su opinión es un síntoma de debilidad política. Así las cosas, no extraña en absoluto que hayan fracasado por completo los intentos de Cristina, el ministro de Economía Amado Boudou y otros funcionarios por seducir a los inversores internacionales. Como es natural, quieren hechos, no palabras. Por ser un hombre de origen muy pobre, desde el primer día de su gestión Lula optó por privilegiar la estabilidad monetaria. A diferencia de personas como Boudou que, por cinismo o por ingenuidad, se ha dado el lujo de afirmar que sólo los ricos se preocupan por la inflación, Lula y su sucesora comprenden que hasta un aumento leve del costo de vida puede tener consecuencias penosas para quienes viven al borde de la indigencia. También entienden los brasileños que sin una moneda fuerte el desarrollo económico no será más que una ilusión pasajera. Merced a la sensatez de Lula y ahora de Dilma, Brasil se ha erigido en el país líder indiscutido de América del Sur y ha visto crecer su influencia en el resto del mundo. En cambio la Argentina parece haberse resignado a la marginación, debido no sólo a la costumbre de sus gobernantes actuales de asumir una postura sumamente crítica hacia los países más influyentes y más ricos en las reuniones del G20 y otras agrupaciones sino también a que aún no ha conseguido salir por completo del default saldando su deuda de casi 7.000 millones de dólares con el Club de París y que el gobierno ha elegido convivir con una de las tasas de inflación más elevadas del planeta por no querer pagar los “costos políticos” que le supondría tratar de frenarla. A ojos de la llamada comunidad internacional, se trata de la diferencia entre un “país serio” y uno con una clase política irresponsable que no lo es.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 28 de abril de 2011
Parecería que nuestra economía está en manos de personas que, como aquellos automovilistas que se mofan alegremente de los límites de velocidad y creen antideportivos los radares que se ponen en las rutas, han logrado convencerse de que no corren ningún peligro. En su opinión, hay que pasar por alto las advertencias de quienes hablan de “sobrecalentamiento” porque, al fin y al cabo, no entienden que la Argentina es diferente de los demás países. Así, pues, mientras que la presidenta brasileña Dilma Rousseff dice “tener una inmensa preocupación con la inflación”, que ya supera el 6% anual, y se ha comprometido a librar un “combate obstinado” contra el mal, el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner le ha permitido acercarse al 25% anual, aunque según el Indec es “sólo” el 10,9%, una cifra que en otras partes del mundo sería considerada más que suficiente como para hacer necesario un “ajuste” vigoroso pero que aquí se supone fácilmente manejable. Por desgracia, la experiencia tanto nacional como internacional en la materia hace pensar que, si bien frenar a esta altura la inflación no será fácil en absoluto, negarse a hacerlo tendrá consecuencias decididamente peores, razón por la que todos los demás gobiernos la tratan como enemigo público número uno. Lo entiende Dilma, una economista que antes de ser elegida presidenta fue ministra de Minas y Energía en el gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva, pero Cristina, de formación más sociológica e ideológica que su homóloga brasileña, ha sido propensa a minimizar los perjuicios causados por el aumento constante del costo de vida, acaso por suponer que con tal que el crecimiento macroeconómico siga siendo vertiginoso el problema terminará solucionándose sin que haya ninguna necesidad de tomar medidas antipáticas. Los únicos con buenos motivos para festejar la inflación son, cuando no, los especuladores. Incluso los que esperan ver reducidas sus deudas de resultas de tasas de interés negativas son conscientes de que tarde o temprano se encontrarán en dificultades, razón por la que los que pueden están participando del boom de consumo que está en marcha; saben que tiene fecha de vencimiento. Es que la inflación siempre genera incertidumbre, de ahí la sangría de divisas: se estima que durante la gestión de Cristina se han fugado casi 30.000 millones de dólares. Asimismo, por razones comprensibles los empresarios locales suelen reaccionar postergando inversiones y, huelga decirlo, los capitalistas extranjeros son reacios a arriesgarse en países como el nuestro en que la inflación es crónica, lo que en su opinión es un síntoma de debilidad política. Así las cosas, no extraña en absoluto que hayan fracasado por completo los intentos de Cristina, el ministro de Economía Amado Boudou y otros funcionarios por seducir a los inversores internacionales. Como es natural, quieren hechos, no palabras. Por ser un hombre de origen muy pobre, desde el primer día de su gestión Lula optó por privilegiar la estabilidad monetaria. A diferencia de personas como Boudou que, por cinismo o por ingenuidad, se ha dado el lujo de afirmar que sólo los ricos se preocupan por la inflación, Lula y su sucesora comprenden que hasta un aumento leve del costo de vida puede tener consecuencias penosas para quienes viven al borde de la indigencia. También entienden los brasileños que sin una moneda fuerte el desarrollo económico no será más que una ilusión pasajera. Merced a la sensatez de Lula y ahora de Dilma, Brasil se ha erigido en el país líder indiscutido de América del Sur y ha visto crecer su influencia en el resto del mundo. En cambio la Argentina parece haberse resignado a la marginación, debido no sólo a la costumbre de sus gobernantes actuales de asumir una postura sumamente crítica hacia los países más influyentes y más ricos en las reuniones del G20 y otras agrupaciones sino también a que aún no ha conseguido salir por completo del default saldando su deuda de casi 7.000 millones de dólares con el Club de París y que el gobierno ha elegido convivir con una de las tasas de inflación más elevadas del planeta por no querer pagar los “costos políticos” que le supondría tratar de frenarla. A ojos de la llamada comunidad internacional, se trata de la diferencia entre un “país serio” y uno con una clase política irresponsable que no lo es.
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