El ejemplo de Mandela

Redacción

Por Redacción

Vivimos en una época en que es habitual lamentar la ausencia de líderes políticos de la talla de los de generaciones anteriores, pero para muchos Nelson Mandela era una excepción. Luchó contra el régimen racista que había gobernado Sudáfrica durante décadas y, a pesar de haber estado a favor de la violencia, logró derrotarlo mediante negociaciones, de tal modo salvando a su país de una guerra civil atroz en que, se preveía, morirían millones de personas. Asimismo, apostó a la convivencia de la minoría blanca, dividida entre los afrikáner de ascendencia holandesa y los anglohablantes, y la mayoría negra conformada por una multitud de etnias y grupos tribales distintos. Puede que sus motivos fueran más pragmáticos que éticos, ya que como tantos otros Mandela se había comprometido con la lucha armada, razón por la que hasta Amnistía Internacional no lo incluía entre los “prisioneros de conciencia” cuando fue encarcelado por sus actividades, pero durante los 27 años de cautiverio que sufrió llegó a la conclusión de que sería mucho mejor conseguir sus objetivos por medios pacíficos de lo que sería ayudar a provocar una conflagración que con toda seguridad tendría consecuencias horrendas. Fue una decisión histórica. Gracias a ella, y a la presencia de un líder negro capaz de entender la mentalidad afrikáner, que privilegió la reconciliación por encima de la venganza, Sudáfrica pudo salir del apartheid sin el baño de sangre que tantos habían vaticinado. En un mundo más acostumbrado al genocidio que a acuerdos basados en el respeto por los intereses ajenos, por antipáticos que a muchos les parezcan, se trataba de una anomalía casi milagrosa, de ahí la fama mundial del hombre que la hizo posible, ya que muy pocos negarían que, de no haber sido por el protagonismo de Mandela, el país más desarrollado de África se hubiera convertido en un auténtico infierno. ¿Puede servir de ejemplo para otros políticos la carrera excepcional de Mandela? Aunque muchos quisieran emularlo, erigiéndose en símbolos morales mundialmente reconocidos, fuera de sociedades con problemas que en cierto modo son comparables con los de la Sudáfrica del siglo XX no les será dado aprender mucho de su trayectoria. En los países democráticos, los desafíos son menos intimidantes que los enfrentados por Mandela pero son mucho más complicados. La voluntad de perdonar, de empezar de nuevo sin quedar atrapado en un pasado truculento, que fue el aporte principal y más celebrado de Mandela, siempre será significante, pero no ayuda mucho cuando es cuestión de procurar superar problemas económicos, impulsar la educación y combatir flagelos como el delito común, el crimen organizado, sobre todo el relacionado con el narcotráfico, la corrupción e intentar remediar otros males. Los grandes líderes suelen surgir en tiempos de peligros existenciales. Cuando lo que está en juego no se presta a soluciones contundentes, los dirigentes políticos carecen de oportunidades para transformarse en estadistas. El propio héroe de la lucha contra el apartheid, o sea el racismo institucionalizado, lo entendía; como el primer presidente negro de Sudáfrica, Mandela contribuyó mucho a tranquilizar a la minoría blanca, pero en otros ámbitos su gestión produjo resultados mediocres. Y, a pesar de su influencia, a sus sucesores en el cargo, Thabo Mbeki, Kgalema Motlanthe y el presidente actual, Jacob Zuma, les fue mucho peor. Los índices de asesinatos, robos y violaciones de Sudáfrica están entre los más altos del mundo, el éxodo de blancos, y negros, bien calificados está cobrando fuerza, la corrupción política es ubicua y la economía ha perdido su dinamismo tradicional. Así, pues, las pesadillas que Mandela consiguió alejar no se han ido para siempre. Dista de haberse disipado el temor a que, a la larga, resulte ser imposible la convivencia pacífica de grupos étnicos tan radicalmente distintos como los de Sudáfrica, con la que soñó el líder político más admirado de nuestros tiempos. Es por eso que la muerte de Mandela, además de ocasionar mucho pesar, ha motivado la inquietud de quienes sospechan que a lo sumo logró postergar el desenlace trágico que tantos habían previsto del drama sudafricano, pero que no pudo debilitar mucho las fuerzas, que sólo un hombre como él era capaz de dominar, que están llevando su país hacia un futuro muy incierto.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 8 de diciembre de 2013


Vivimos en una época en que es habitual lamentar la ausencia de líderes políticos de la talla de los de generaciones anteriores, pero para muchos Nelson Mandela era una excepción. Luchó contra el régimen racista que había gobernado Sudáfrica durante décadas y, a pesar de haber estado a favor de la violencia, logró derrotarlo mediante negociaciones, de tal modo salvando a su país de una guerra civil atroz en que, se preveía, morirían millones de personas. Asimismo, apostó a la convivencia de la minoría blanca, dividida entre los afrikáner de ascendencia holandesa y los anglohablantes, y la mayoría negra conformada por una multitud de etnias y grupos tribales distintos. Puede que sus motivos fueran más pragmáticos que éticos, ya que como tantos otros Mandela se había comprometido con la lucha armada, razón por la que hasta Amnistía Internacional no lo incluía entre los “prisioneros de conciencia” cuando fue encarcelado por sus actividades, pero durante los 27 años de cautiverio que sufrió llegó a la conclusión de que sería mucho mejor conseguir sus objetivos por medios pacíficos de lo que sería ayudar a provocar una conflagración que con toda seguridad tendría consecuencias horrendas. Fue una decisión histórica. Gracias a ella, y a la presencia de un líder negro capaz de entender la mentalidad afrikáner, que privilegió la reconciliación por encima de la venganza, Sudáfrica pudo salir del apartheid sin el baño de sangre que tantos habían vaticinado. En un mundo más acostumbrado al genocidio que a acuerdos basados en el respeto por los intereses ajenos, por antipáticos que a muchos les parezcan, se trataba de una anomalía casi milagrosa, de ahí la fama mundial del hombre que la hizo posible, ya que muy pocos negarían que, de no haber sido por el protagonismo de Mandela, el país más desarrollado de África se hubiera convertido en un auténtico infierno. ¿Puede servir de ejemplo para otros políticos la carrera excepcional de Mandela? Aunque muchos quisieran emularlo, erigiéndose en símbolos morales mundialmente reconocidos, fuera de sociedades con problemas que en cierto modo son comparables con los de la Sudáfrica del siglo XX no les será dado aprender mucho de su trayectoria. En los países democráticos, los desafíos son menos intimidantes que los enfrentados por Mandela pero son mucho más complicados. La voluntad de perdonar, de empezar de nuevo sin quedar atrapado en un pasado truculento, que fue el aporte principal y más celebrado de Mandela, siempre será significante, pero no ayuda mucho cuando es cuestión de procurar superar problemas económicos, impulsar la educación y combatir flagelos como el delito común, el crimen organizado, sobre todo el relacionado con el narcotráfico, la corrupción e intentar remediar otros males. Los grandes líderes suelen surgir en tiempos de peligros existenciales. Cuando lo que está en juego no se presta a soluciones contundentes, los dirigentes políticos carecen de oportunidades para transformarse en estadistas. El propio héroe de la lucha contra el apartheid, o sea el racismo institucionalizado, lo entendía; como el primer presidente negro de Sudáfrica, Mandela contribuyó mucho a tranquilizar a la minoría blanca, pero en otros ámbitos su gestión produjo resultados mediocres. Y, a pesar de su influencia, a sus sucesores en el cargo, Thabo Mbeki, Kgalema Motlanthe y el presidente actual, Jacob Zuma, les fue mucho peor. Los índices de asesinatos, robos y violaciones de Sudáfrica están entre los más altos del mundo, el éxodo de blancos, y negros, bien calificados está cobrando fuerza, la corrupción política es ubicua y la economía ha perdido su dinamismo tradicional. Así, pues, las pesadillas que Mandela consiguió alejar no se han ido para siempre. Dista de haberse disipado el temor a que, a la larga, resulte ser imposible la convivencia pacífica de grupos étnicos tan radicalmente distintos como los de Sudáfrica, con la que soñó el líder político más admirado de nuestros tiempos. Es por eso que la muerte de Mandela, además de ocasionar mucho pesar, ha motivado la inquietud de quienes sospechan que a lo sumo logró postergar el desenlace trágico que tantos habían previsto del drama sudafricano, pero que no pudo debilitar mucho las fuerzas, que sólo un hombre como él era capaz de dominar, que están llevando su país hacia un futuro muy incierto.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora