El embrollo iraquí
En otros tiempos, la ocupación de Irak por las fuerzas armadas norteamericanas y británicas hubiera sido considerado todo un éxito a pesar de la resistencia violenta de saddamistas reforzados por islamistas procedentes de países como Arabia Saudita, pero hoy en día ningún gobierno occidental puede tolerar con ecuanimidad problemas que en el pasado hubiera juzgado rutinarios. Es por eso que el presidente norteamericano George W. Bush quisiera que la ONU asumiera una parte de la responsabilidad de administrar el territorio, de este modo facilitando el empleo como “cascos azules” de tropas de países como la India, Pakistán y Turquía, cuyos gobiernos dicen estar dispuestos a cooperar con tal de que la ocupación reciba la bendición formal de la “comunidad internacional”. Aunque la iniciativa no cuenta con la simpatía de Francia, país cuyos soldados podrían encontrarse en dificultades en Irak debido a la impresión generalizada de que su gobierno hubiera preferido dejar a Saddam Hussein en el poder, no parece demasiado probable que los que quisieran ver humillados a los norteamericanos y británicos fueran al extremo de apostar abiertamente al fracaso del intento de construir una democracia musulmana viable en el Medio Oriente. Las consecuencias de tamaño desastre serían graves para todos, en especial para los países de la Unión Europea.
En muchas partes del mundo, entre ellos América Latina, ya es habitual tomar la guerra que puso fin al reinado de Saddam por otro episodio de la interna política norteamericana en la que Bush podría perder las próximas elecciones frente a un demócrata presuntamente menos belicoso, o de la rivalidad entre Estados Unidos por un lado y “Europa” por el otro, pero hay mucho más en juego. Los que durante años habían abogado en favor de una guerra destinada a eliminar el régimen de Saddam se preocupaban menos por el petróleo o las “armas de destrucción masiva” que suponían que el dictador pronto tendría en cantidades peligrosísimas, que por la involución cada vez más alarmante del mundo árabe en su conjunto, Irán y Pakistán que, además de hundirse en la miseria y en la ignorancia, amenazaban con entregarse al más ciego fanatismo anti-occidental.
La forma tradicional de hacerle frente consistía en minimizar su importancia y pactar con regímenes resueltos a reprimir con brutalidad a los “fundamentalistas islámicos”, pero esta actitud cínica, similar a la favorecida hacia América Latina por una larga serie de gobiernos norteamericanos, no sólo significaba abandonar a decenas de millones de personas a un destino terrible, sino que también resultaba contraproducente al impulsar la inmigración en gran escala a Europa y hacer aún más populares movimientos sumamente agresivos afines al Al Qaeda de Osama ben Laden. Así las cosas, los países democráticos se ven ante un dilema que pocos han querido tomar en serio: dejar las cosas como están con la esperanza nada realista de que por un modo u otro Medio Oriente deje de exportar violencia y odio o tratar de hacer uso de sus recursos inmensos interviniendo en un esfuerzo por implantar la democracia en una región que nunca le ha sido favorable. De poseer los europeos fuerzas militares equiparables con las norteamericanas, la intervención que tarde o temprano se hubiera producido en un país islámico importante como reacción a ataques como los que destruyeron la sede de la AMIA o las Torres Gemelas de Nueva York -los servicios de inteligencia franceses frustraron un plan de fundamentalistas argelinos para secuestrar un avión de pasajeros que usarían para demoler la Torre Eiffel en París- hubiera sido una empresa conjunta, pero puesto que sólo Estados Unidos estaba en condiciones de llevarla a cabo, era de prever que resultaría ser unilateral y que por lo tanto brindaría a potencias rivales una oportunidad para hacer gala de su supuesto pacifismo. Si bien aún no se han curado las heridas causadas por los enfrentamientos diplomáticos de los meses previos a la guerra, ya no es del interés de nadie que los norteamericanos pierdan interés en Irak. En tal caso, la convicción ya difundida de que los países árabes no pueden ser ni democráticos ni pacíficos se convertirá en un dogma, con consecuencias trágicas tanto para los árabes mismos como para muchos otros pueblos.