El enemigo en casa

La Casa Rosada insiste en echarles la culpa a los medios no alineados de la difusión de los hechos.



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Hugo Grimaldi (DyN)

Señor, con todo respeto... la ministra Garré nos dice que antes que soldados somos ciudadanos. Bueno, como ciudadanos reclamamos”. En una distendida charla que se llevó a cabo en una dependencia oficial, el veterano suboficial le comentaba gravemente a su superior cómo se percibe entre sus pares más jóvenes y belicosos el tironeo entre la rigidez de los reglamentos que sustentan el mando de las fuerzas y la visión ideológica de la política. Ese sincero comentario, que supone que la ruptura de la cadena de mandos fue alimentada desde lo más alto del poder, no es nada más ni nada menos que el centro de la desorientación en la que hoy están sumidas las Fuerzas Armadas y de seguridad producto de la conducción kirchnerista en este rubro. También como antecedente de la rebelión han quedado algunas promesas en la banquina. En la cena de camaradería de las Fuerzas Armadas la presidenta de la Nación brindó una definición sobre la sindicalización militar y el reconocimiento salarial que ahora cobra vigencia: “Si bien no tienen convención colectiva ni paritaria, lo cierto es que también tienen que ser reconocidos en sus sueldos y en sus salarios”, explicó. Más conocido es su otro discurso de junio, posterior a la muerte por accidente de siete gendarmes que salían en micro de Cerro Dragón: “...muchos de ellos no ganan ni la tercera o la cuarta parte de lo que ganan los que está ocupando los yacimientos... Ya sé, mañana van a decir ‘qué poco que se les paga a los gendarmes, ¿por qué no les aumentan el sueldo?’”, se atajó. En realidad, el conflicto actual estalló por querer ponerles prolijidad a los desbandes salariales que ahondó el mismo kirchnerismo dentro de las fuerzas con la instauración de suplementos no remunerativos que castigaron los ingresos de los retirados y produjeron una catarata de juicios. Ante fallos de la Corte que no dejaban margen y con mucho de mala praxis se intentó arreglar la situación con esta poda de un modo que terminó resultando un chorro de nafta sobre el fuego. Tampoco este proceder de meter elefantes en bazares cargados de cristalería es algo que llame mucho la atención en un gobierno que en varios ítems presenta notorias dificultades para gestionar. Ya sea por sus prejuicios o por la falta de capacidad de los responsables o porque están pensando en su propio futuro, lo cierto es que la desorientación ha invadido muchos estamentos del Ejecutivo, que parece que se han confabulado para darle este tipo de dolores de cabeza a la presidenta de la Nación. Aquel viejo latiguillo del “puede fallar” parece que es cada día moneda más corriente en la Administración. En este caso emblemático de las fuerzas de seguridad, ni los propiciadores del decreto, ni quienes incluyeron las partidas recortadas en el presupuesto ni los servicios de inteligencia supieron prever el conflicto, evitar las consecuencias ni, después, resolver la situación. No tuvieron en cuenta que a esos cabos y sargentos que hoy aparecen en la televisión mucho se los había vulnerado a partir de un doble desarraigo, el de sus familias y el del hábitat, ya que llegaron calladitos la boca y por necesidades políticas a geografías para las que nunca fueron entrenados. La presidenta se caracteriza en general por mantener a sus funcionarios y, tal como hacía su marido, por no darse por enterada públicamente de las cosas urticantes cuando las papas queman. El jueves habló de política internacional en la Casa Rosada, cuando del otro lado de la avenida prefectos y gendarmes la desafiaban. Cuánto mejor saldría parada Cristina si barajara y diera de nuevo en materia de colaboradores nunca se sabe, pero está claro que eso la ayudaría a oxigenar el delicado momento que está viviendo. Hasta ahora toda la estrategia oficial para tapar la rebelión de los uniformados se ciñe, como en muchos otros casos, a buscar a los culpables fuera de los sucesos, principalmente en cabeza de la prensa no alineada, a la que se la acusó nada menos que de la difusión de esos hechos, su razón de ser. Ésta ha sido una jugada de pésima factura que muestra qué poco interesa la sobrevida de la libertad de prensa en la Argentina. Pero ministros, legisladores y funcionarios han ido más allá, ya que no se sabe bien si ha sido por orden de la presidenta o si lo han hecho sólo para agradarle y sacarse el sayo de tanta chapucería, pero las menciones al Grupo Clarín y a su CEO, Héctor Magnetto, como gestor de varias situaciones que sucedieron durante la semana para evitar lo que según el gobierno debería ocurrir el 7 de diciembre francamente aburrieron. Dicho con todas las letras, en el decreto 1307 de la poda salarial a las fuerzas de seguridad abajo dice “Fernández” y no Magnetto.

DE DOMINGO A DOMINGO


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