El gran rescate

Por Redacción

Se estima que por lo menos mil millones de personas diseminadas por el mundo siguieron por televisión las alternativas del rescate de los 33 mineros que habían quedado atrapados a 622 metros de profundidad desde el 5 de agosto pasado. Si bien no se habrá tratado del rescate más difícil y peligroso de todos los tiempos, y no cabe duda de que las comunicaciones electrónicas modernas hicieron mucho más soportables las condiciones en que se encontraron los mineros a partir del 22 de agosto, cuando para sorpresa de quienes los suponían muertos consiguieron enviar un mensaje al superficie, hasta ahora ningún otro operativo de esta clase había concitado tanto interés no sólo en Chile y el resto de la región sino también en América del Norte, Europa, Asia, África y Oceanía. Una proporción nada desdeñable del género humano acaba de participar emotivamente de un drama muy sencillo, ya que nunca hubo duda alguna sobre lo que estaba en juego, y por lo tanto tremendamente conmovedor. Sin habérselo propuesto jamás, los mineros se vieron transformado en símbolos de la tenacidad con la que nuestra especie se aferra a la vida, de la voluntad de enfrentar con entereza y buen humor la pesadilla de morir sepultados bajo más de medio kilómetro de tierra y rocas. También impresionó a todos la decisión inquebrantable del gobierno chileno, encabezado por el presidente Sebastián Piñera que, haciendo caso omiso de las advertencias de asesores que le aconsejaban distanciarse de un asunto que podría tener un final trágico, desde el primer momento hizo del rescate de los obreros una prioridad nacional absoluta. En un mundo que está acostumbrado a que los dirigentes políticos calculen con mezquindad los costos y beneficios que podría suponerles correr el riesgo de verse responsabilizados por un desastre, el ejemplo que fue brindado por Piñera y por el ministro de Minería, Laurence Golborne, ha sido sumamente valioso. Para los chilenos, el que no se haya escatimado ningún esfuerzo por rescatar a los mineros es motivo de orgullo legítimo. También lo es de esperanza. Puede que su sociedad aún esté entre las más inequitativas de una región al parecer resignada a la desigualdad extrema, pero lo sucedido en una mina poco importante ubicada en Copiapó, una localidad en el desierto de Atacama, mostró que los lazos de solidaridad entre los chilenos distan de ser tan tenues como harían pensar las frías estadísticas económicas. El rescate y sus repercusiones ayudarán a fortalecerlos. Al familiarizarse poco a poco con los 33 mineros y con sus parientes y amigos, muchos que se habían habituado a creerlos irremediablemente ajenos habrán comenzado a superar los viejos prejuicios que en su país, como en otros, han contribuido tanto a mantener las divisiones sociales. Por tales razones, lo que pudo haber sido solamente un acontecimiento mediático parece destinado a incidir en la evolución socioeconómica y política de nuestro vecino que, a pesar de sufrir periódicamente terremotos catastróficas, es en muchos sentido el país más avanzado de América Latina. En el mundo actual tan confuso, la sensación de pertenecer a una comunidad nacional incluyente es de importancia fundamental. El que los chilenos hayan transformado en una gesta patriótica lo que en otras circunstancias no hubiera sido más que un accidente rutinario en una industria que en todas partes es notoria por los peligros que enfrentan los obreros no puede sino tener consecuencias positivas. El gobierno de Piñera ya sabe que, después de terminar el clima de fiesta desatado por un rescate exitoso que el mundo entero está celebrando como “un milagro”, tendrá que concentrarse en mejorar sustancialmente las condiciones de trabajo de los mineros y de otros que día tras día arriesgan la vida en instalaciones primitivas. Aunque sea físicamente imposible impedir que haya más accidentes, no lo es tomar todas las precauciones razonables para asegurar que, cuando ocurran, no sean atribuibles a la negligencia de funcionarios o empresarios. Para un país como Chile que está progresando con rapidez por el camino del desarrollo económico y también social, se trata de una asignatura pendiente que le será forzoso aprobar antes de poder sentirse un miembro pleno del club exclusivo del “Primer Mundo” al que aspira a sumarse.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 860.988 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 14 de octubre de 2010


Exit mobile version