El hombre que aprendió a caer parado

Por Redacción

NEUQUEN (AN).- Jorge Cerda fue jóckey durante unos 40 años. En ese lapso montó a muchos caballos ganadores y armó una colección de amigos.

También, aprendió a caer parado. Es que los porrazos suelen mandar a muchos jinetes al hospital.

«He ganado y he perdido, he caído parado y también desparramado», dice el hombre en cuya cabeza, entre las canas, todavía sobreviven unos cuantos cabellos rubios.

A Cerda le dicen «El Chueco», como a la mayoría de los jóckey, y mide un metro con 57 centímetros. Y a pesar de que hace siete años que no compite, se mantiene los 60 kilos.

Cerda recuerda años de gloria en la década del 70, cuando montando a El Indio le ganó tres de cuatro carreras a un conocido burrero de la zona de Allen. Ese caballo murió a los 33 años en las manos de su jóckey. «Fue como si hubiera perdido los músculos», recuerda.

Alguna vez Cerda pensó en hacerse profesional y llegar a Palermo o San Isidro pero estaba de novio en Vista Alegre y prefirió quedarse para formar una familia.

«Nunca fui a un hipódromo de Buenos Aires, pero no pierdo la esperanza de conocerlos. En el año 60 tuve la oportunidad de ir para aprender pero me quedé por la familia», explicó.

De todas maneras, por televisión aprendió a admirar a Irineo Leguizamo, toda una leyenda del turf argentino. De cualquier manera, para despuntar el vicio, todos los domingos Cerda anda por las cuadreras. Y siempre tiene ganas de volver a competir.

«Me retiré porque cuando a uno lo ven grande enseguida empiezan a hablar «mirá el viejo ese a quién la va a ganar» entonces dejé, pero quién sabe por ahí corro alguna carrera», cerró la charla.

Don Martín se despierta con un coro de relinchos

NEUQUEN (AN).- Máximo Martín Oregliano es uno de los cuidadores de caballos más reconocidos de la región. En su casa, ubicada dentro del predio del hipódromo de Neuquén, el veterano especialista rinde culto a una actividad donde los caballos son tratados entre algodones.

Martín, de 68 años, vive por y para los «burros». De hecho, apenas abre la puerta de la cocina de su casa, desde el stud contiguo los seis caballos lo saludan con relinchos que hacen retumbar la habitación.

Martín está en pie a las seis de la mañana y desde ese momento todo pasa por los animales.

El domingo, mientras charlaba con este diario, Oregliano saboreaba las mieles del triunfo porque uno de «sus» caballos cruzó el disco en primer lugar. Por eso, como el si fuera el padre de un chico virtuoso, el hombre recibió toneladas de saludos y elogios.

Martín, un ex chofer de camiones, suele mantener largas charlas con sus animales. También les habla, los baña, los cepilla, los baña y abriga.

Entre ellos hay un potrillo que muy posiblemente debute hoy en el Carlos Pellegrini y un petiso «cuarto de milla» brasileño, la raza de caballo que hoy por hoy es furor en la Argentina.

-¿Cuánto cobra por el cuidado de cada caballo? -le preguntó este diario.

-Eso no se dice, pero no es mucho, depende del dueño del animal.

Oregliano trabaja con un par de colaboradores que le ayudan con los ejercicios del animales, el clásico «vareo». Hay dos días en la semana en que el veterinario hace una visita a los studs, mientras que los martes hay entrenamiento riguroso con un jóckey. Martín mide un metro con 85 centímetros y está por encima de los 90 kilos, un físico que lo deja fuera de cualquier posibilidad de montar un caballo de carrera.

De todas maneras, el hombre nacido en Regina, que siempre anda con la fusta entre las manos, siente que en todas y cada una de las carreras está arriba de sus caballos. De la misma forma que Oregliano habla con los cuadrúpedos, Gabriel «El Zorro» López, el crédito de Vista Alegre, suele entregarse a los besos de sus animales que no hacen diferencias entre las mejillas y la boca.


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