El inconformista
Juan Ignacio Pereyra pereyrajuanignacio@gmail.com
Isidoro Reyes pensaba ir al cine por la mañana pero prefirió quedarse durmiendo. Le molestaba una rodilla, se sentía pesado. La noche anterior no se había acostado tarde pero había cenado con una amiga que le contó sobre su separación: “Pasó un año, es definitivo”, sentenció ella. A la tarde se encontró con Ignatius Loier y con Latana Buendía, que le enumeró una seguidilla de actividades en su cargada agenda: “¡Quiero que las vacaciones y el viaje lleguen ya!”. –Llegarán, como todo –dijo Reyes. –No seas tan amargo… –provocó Loier. Reyes se había quedado pensando en la separación de su amiga. Les hizo un resumen de la historia: el marido de ella pasaba meses arriba de un crucero tocando el piano y cuando estaba embarcado se quería bajar. Se casaron, vivieron entre Europa y Sudamérica, pero él extrañaba navegar. Se instalaron en Buenos Aires y él, alemán, no conseguía trabajo. La relación se empezó a torcer, se peleaban cada vez más y tras un par de años sin solución, se separaron. Él volvió a Alemania. Consiguió un súper trabajo en Suiza: buena plata y cerca de su país: “Todo bárbaro, pero ahora te extraño a vos”, le dijo el alemán a su mujer, cuando ya llevaban meses separados. –La inconformidad constante, ¿no? –planteó Latana. –Sí, totalmente –respondió Reyes–. Y lo curioso es cuando se dan varias situaciones juntas con el mismo hilo. –¿Por? –Porque hace un rato hablé con otro amigo y me contó que su viejo, que anda por los 67 años, dice que quiere seguir laburando aunque no lo necesite. Cuestión, se queja cuando tiene mucho trabajo y cree no va a poder hacerlo. Cuando no hay laburo, se enoja porque no tiene laburo. –¿Y qué le dijiste? –preguntó Latana. –Nada… Bah, en realidad él dijo: “Es lo de siempre, la gata flora”. –Para mí –expuso Latana– están los inconformistas activos y los indolentes. Steve Jobs decía que hay que buscar hasta encontrar lo que amás, lo que te hace vibrar. –Está el inconformista que piensa por sí mismo y habla. Pero también el que nunca se conforma ni siquiera cuando lo que sucede es lo que quería –opinó Reyes. –Vos sos un poco así –replicó Loier. –Pero no soy de los inconformistas que encuentran placer en el malestar de su inconformidad. –Reyes, a mí me fastidia tu inconformismo. A veces, parecería que tu lema es hacer lo contrario –dijo Latana. –La inconformidad –ensayó Isidoro– es una manera de avanzar hacia un propósito, el tema es que tan real es ese propósito en relación a nuestro contexto. Es esencial el criterio de realidad: no es lo mismo pretender hablar chino en una semana que querer caminar cinco kilómetros una vez al mes. Los inconformistas mueven el mundo y los que se conforman lo ven pasar, como vos, Loier. –Ni una cosa ni la otra, soy agradecido con dios, la suerte y conmigo mismo. Pero que a la vez tengo un sano deseo de tener más, sin que eso me impida disfrutar lo que tengo, y no solo en términos materiales. Lo agradecido me acerca al conformismo y el deseo al inconformismo. –Bue… –resopló Reyes. –El inconformismo –intermedió Latana– sólo puede ser un buen combustible para el crecimiento si estás dispuesto a disfrutar del camino y no sólo de la llegada. Reyes los miró y dijo: “Todo bien pero no me convencen, me parecen unos tibios”.