El lobby al ataque
Parecería que para muchos industriales la clave de la competitividad consiste en el tipo de cambio y que, siempre y cuando haya un “dólar alto” –es decir un peso muy débil–, sus empresas serían más que capaces de defender el país contra las temidas invasiones extranjeras. En cierto modo tienen razón: si los bienes importados resultan demasiado caros para la mayoría de los asalariados, éstos no tendrán más alternativa que la de conformarse con los productos nacionales aun cuando, como a veces es el caso, sean de calidad inferior y de tecnología un tanto anticuada. Con todo, la experiencia de décadas nos ha enseñado que, si bien es necesario tomar en cuenta los intereses de los fabricantes locales, protegerlos manipulando la tasa de cambio o erigiendo barreras destinadas a obstaculizar las importaciones raramente sirve para mejorar su competitividad. Tampoco estimula mucho las inversiones: como aprendió el en aquel entonces presidente interino Eduardo Duhalde, demasiados productores nacionales, acostumbrados como están a la alternancia de etapas signadas por un “dólar alto” con otras en que se quejan amargamente por el supuesto “retraso cambiario” que según ellos está provocando estragos económicos irreparables, propenden a aprovechar las oportunidades esporádicas para hacer su agosto sin intentar prepararse para tiempos más duros. Aunque algunos representantes de entidades como la Unión Industrial Argentina nunca dejaron de pedir una nueva devaluación que, juraron, aseguraría que por fin las empresas del país se hicieran internacionalmente competitivas, hasta hace un par de semanas el tema no figuraba entre las prioridades de los dirigentes sectoriales o del gobierno kirchnerista. Sin embargo, en las semanas últimas, voceros de lo que el gobierno califica de “lobby devaluacionista” se han puesto a protestar contra la voluntad oficial de impedir que el peso pierda valor a un ritmo a su entender excesivo. Mientras que el líder de la Federación Agraria Argentina, Eduardo Buzzi, quiere una devaluación relativamente modesta –habla de “un dólar de cuatro pesos para arriba”–, el presidente de Fiat, Cristiano Rattazzi, tiene en mente una mucho mayor, del orden del 30%, ya que la inflación “se come la competitividad en el mundo”. Puesto que la tasa de inflación actual es en efecto un secreto de Estado –el gobierno se aferra al índice difundido por el Indec aunque es de suponer que sabe que es arbitrario–, calcular el tipo de cambio “real” se ha hecho todavía más difícil de lo que era en el pasado. En opinión de los “devaluacionistas” más decididos, se acerca al imperante en la fase final de la convertibilidad, cuando era frecuente oír hablar de “industricidio”, como si el propósito del gobierno del presidente Fernando de la Rúa hubiera sido privar al país de su base manufacturera por vaya a saber cuál motivo siniestro, pero otros estiman que, tomando en cuenta todos los factores pertinentes, se aproxima al reclamado a fines del 2001 por la mayoría de los industriales. De ser así, convendría que el gobierno siguiera procurando defender el valor de la moneda nacional. Aunque no cabe duda de que una devaluación fuerte ayudaría a los exportadores –es por eso que la están pidiendo–, lo haría en desmedro del grueso de la población del país que vería aumentar el costo de vida y que también sería perjudicado por las previsibles consecuencias inflacionarias. En lo que concierne a la competitividad, depende no tanto del tipo de cambio cuanto de la eficiencia de las empresas que conforman el sector privado y del Estado. Aunque el campo argentino sí es competitivo internacionalmente debido en gran medida a la incorporación de nuevas tecnologías, con escasas excepciones nuestras empresas industriales han sido reacias a modernizarse. Hasta que logren emular en tal sentido a sus rivales de otras latitudes, persistirá la idea de que en la raíz de sus problemas está el “retraso cambiario” de turno, lo que, al difundir la sensación de que tarde o temprano habrá otra devaluación salvadora, hará pensar a muchos que no sería de su interés gastar dinero mejorando la eficacia de su empresa porque en última instancia su futuro dependerá menos de sus propios esfuerzos que de la política cambiaria oficial.
Parecería que para muchos industriales la clave de la competitividad consiste en el tipo de cambio y que, siempre y cuando haya un “dólar alto” –es decir un peso muy débil–, sus empresas serían más que capaces de defender el país contra las temidas invasiones extranjeras. En cierto modo tienen razón: si los bienes importados resultan demasiado caros para la mayoría de los asalariados, éstos no tendrán más alternativa que la de conformarse con los productos nacionales aun cuando, como a veces es el caso, sean de calidad inferior y de tecnología un tanto anticuada. Con todo, la experiencia de décadas nos ha enseñado que, si bien es necesario tomar en cuenta los intereses de los fabricantes locales, protegerlos manipulando la tasa de cambio o erigiendo barreras destinadas a obstaculizar las importaciones raramente sirve para mejorar su competitividad. Tampoco estimula mucho las inversiones: como aprendió el en aquel entonces presidente interino Eduardo Duhalde, demasiados productores nacionales, acostumbrados como están a la alternancia de etapas signadas por un “dólar alto” con otras en que se quejan amargamente por el supuesto “retraso cambiario” que según ellos está provocando estragos económicos irreparables, propenden a aprovechar las oportunidades esporádicas para hacer su agosto sin intentar prepararse para tiempos más duros. Aunque algunos representantes de entidades como la Unión Industrial Argentina nunca dejaron de pedir una nueva devaluación que, juraron, aseguraría que por fin las empresas del país se hicieran internacionalmente competitivas, hasta hace un par de semanas el tema no figuraba entre las prioridades de los dirigentes sectoriales o del gobierno kirchnerista. Sin embargo, en las semanas últimas, voceros de lo que el gobierno califica de “lobby devaluacionista” se han puesto a protestar contra la voluntad oficial de impedir que el peso pierda valor a un ritmo a su entender excesivo. Mientras que el líder de la Federación Agraria Argentina, Eduardo Buzzi, quiere una devaluación relativamente modesta –habla de “un dólar de cuatro pesos para arriba”–, el presidente de Fiat, Cristiano Rattazzi, tiene en mente una mucho mayor, del orden del 30%, ya que la inflación “se come la competitividad en el mundo”. Puesto que la tasa de inflación actual es en efecto un secreto de Estado –el gobierno se aferra al índice difundido por el Indec aunque es de suponer que sabe que es arbitrario–, calcular el tipo de cambio “real” se ha hecho todavía más difícil de lo que era en el pasado. En opinión de los “devaluacionistas” más decididos, se acerca al imperante en la fase final de la convertibilidad, cuando era frecuente oír hablar de “industricidio”, como si el propósito del gobierno del presidente Fernando de la Rúa hubiera sido privar al país de su base manufacturera por vaya a saber cuál motivo siniestro, pero otros estiman que, tomando en cuenta todos los factores pertinentes, se aproxima al reclamado a fines del 2001 por la mayoría de los industriales. De ser así, convendría que el gobierno siguiera procurando defender el valor de la moneda nacional. Aunque no cabe duda de que una devaluación fuerte ayudaría a los exportadores –es por eso que la están pidiendo–, lo haría en desmedro del grueso de la población del país que vería aumentar el costo de vida y que también sería perjudicado por las previsibles consecuencias inflacionarias. En lo que concierne a la competitividad, depende no tanto del tipo de cambio cuanto de la eficiencia de las empresas que conforman el sector privado y del Estado. Aunque el campo argentino sí es competitivo internacionalmente debido en gran medida a la incorporación de nuevas tecnologías, con escasas excepciones nuestras empresas industriales han sido reacias a modernizarse. Hasta que logren emular en tal sentido a sus rivales de otras latitudes, persistirá la idea de que en la raíz de sus problemas está el “retraso cambiario” de turno, lo que, al difundir la sensación de que tarde o temprano habrá otra devaluación salvadora, hará pensar a muchos que no sería de su interés gastar dinero mejorando la eficacia de su empresa porque en última instancia su futuro dependerá menos de sus propios esfuerzos que de la política cambiaria oficial.
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