El Mercosur se desvanece
Aunque es de suponer que el Mercosur, este remedo nada convincente de lo que andando el tiempo sería la Unión Europea, servirá por mucho tiempo más para mantener ocupadas a cohortes de burócratas y para brindar a los gobernantes de turno de los países miembros, la Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, acompañados a veces por Venezuela que es una especie de socio virtual, oportunidades para celebrar aquellas “cumbres” que tanto les encanta, parece destinado a compartir el destino de otras agrupaciones como la Alalc y la Aladi que, según sus impulsores, harían de la integración latinoamericana algo más que una expresión de deseos. Por cierto, es muy poco probable que un día lleguen a cumplirse las esperanzas de los fundadores del Mercosur que creían que, lo mismo que la UE, continuaría profundizándose y ampliándose hasta formar una entidad supranacional, sin fronteras internas que trabaran el movimiento de personas y bienes, y dotarse de una moneda común y un parlamento. La verdad es que el Mercosur dejó de avanzar hacia una unión aduanera no bien chocó contra los primeros obstáculos en el camino. Desde entonces, está efectivamente paralizada, lo que es lógico ya que, al surgir problemas sectoriales, todos los gobiernos, incluyendo al encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no vacilan en tomar medidas proteccionistas por motivos internos sin prestar atención alguna a los intereses de sus presuntos socios. Los más perjudicados por el unilateralismo así supuesto son, desde luego, Uruguay y Paraguay, por tratarse de países que son demasiado chicos como para hacer mucho más que quejarse cuando Brasil o la Argentina optan por levantar barreras a fin de complacer a un lobby local, algo que sucede con cierta frecuencia. Es lo que está haciendo el presidente del Uruguay, José Mujica, frente a la decisión de nuestro gobierno de dificultar el ingreso de una gama amplísima de productos foráneos en un esfuerzo desesperado por defender lo que aún queda del superávit comercial. Según el ministro de Industria uruguayo, Edgardo Ortuño, su país podría perder más de 100 millones de dólares a causa de las trabas supuestas por las licencias no automáticas que se han decretado, pero Mujica ha intentado minimizar la gravedad del problema, acaso por suponer que le sería dado convencer a Cristina para que modificara su actitud. Si bien la presidenta ha intentado poner fin al conflicto absurdo en torno de las papeleras que se construyeron en Fray Bentos, cuando el entonces presidente Néstor Kirchner hizo de una típica protesta ecologista una “causa nacional”, de tal modo manifestando su desprecio por la idea misma del Mercosur, no parece haberse sentido convencida por los argumentos esgrimidos por Mujica. Mientras tanto, los paraguayos quieren que la Argentina les perdone la deuda cuantiosa, de aproximadamente 11 mil millones de dólares, por la construcción de la represa de Yacyretá, pero, para frustración de nuestros vecinos, hasta ahora las negociaciones en tal sentido distan de haber terminado. Casi todos los políticos latinoamericanos dicen estar a favor de una mayor integración regional, acaso por suponer que permitiría que América Latina desempeñara un papel protagónico en el escenario internacional, pero muy pocos estarían dispuestos a hacer las concesiones necesarias. Es comprensible. En el caso del Mercosur, la conformación de una unión aduanera auténtica, comparable con la europea, supondría la subordinación de las economías no sólo del Uruguay y Paraguay sino también de la Argentina a la brasileña, que es por un margen cada vez mayor la más poderosa de América del Sur. Con todo, si bien, al erigirse Brasil en el país líder indiscutido de la región, el desequilibrio así supuesto se ha hecho mucho más evidente en los años últimos, el gobierno kirchnerista está claramente resuelto a mantener a raya a los “invasores” comerciales, razón por la que sigue tomando medidas que son totalmente incompatibles con la hipotética creación de un mercado común regional. En efecto, al igual que los sucesivos gobiernos brasileños, actúa como si el Mercosur no existiera, anteponiendo sistemáticamente lo que a su juicio son los intereses nacionales a cualquier deseo de fortalecerlo para que sea algo más que un ente simbólico.
Aunque es de suponer que el Mercosur, este remedo nada convincente de lo que andando el tiempo sería la Unión Europea, servirá por mucho tiempo más para mantener ocupadas a cohortes de burócratas y para brindar a los gobernantes de turno de los países miembros, la Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay, acompañados a veces por Venezuela que es una especie de socio virtual, oportunidades para celebrar aquellas “cumbres” que tanto les encanta, parece destinado a compartir el destino de otras agrupaciones como la Alalc y la Aladi que, según sus impulsores, harían de la integración latinoamericana algo más que una expresión de deseos. Por cierto, es muy poco probable que un día lleguen a cumplirse las esperanzas de los fundadores del Mercosur que creían que, lo mismo que la UE, continuaría profundizándose y ampliándose hasta formar una entidad supranacional, sin fronteras internas que trabaran el movimiento de personas y bienes, y dotarse de una moneda común y un parlamento. La verdad es que el Mercosur dejó de avanzar hacia una unión aduanera no bien chocó contra los primeros obstáculos en el camino. Desde entonces, está efectivamente paralizada, lo que es lógico ya que, al surgir problemas sectoriales, todos los gobiernos, incluyendo al encabezado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner no vacilan en tomar medidas proteccionistas por motivos internos sin prestar atención alguna a los intereses de sus presuntos socios. Los más perjudicados por el unilateralismo así supuesto son, desde luego, Uruguay y Paraguay, por tratarse de países que son demasiado chicos como para hacer mucho más que quejarse cuando Brasil o la Argentina optan por levantar barreras a fin de complacer a un lobby local, algo que sucede con cierta frecuencia. Es lo que está haciendo el presidente del Uruguay, José Mujica, frente a la decisión de nuestro gobierno de dificultar el ingreso de una gama amplísima de productos foráneos en un esfuerzo desesperado por defender lo que aún queda del superávit comercial. Según el ministro de Industria uruguayo, Edgardo Ortuño, su país podría perder más de 100 millones de dólares a causa de las trabas supuestas por las licencias no automáticas que se han decretado, pero Mujica ha intentado minimizar la gravedad del problema, acaso por suponer que le sería dado convencer a Cristina para que modificara su actitud. Si bien la presidenta ha intentado poner fin al conflicto absurdo en torno de las papeleras que se construyeron en Fray Bentos, cuando el entonces presidente Néstor Kirchner hizo de una típica protesta ecologista una “causa nacional”, de tal modo manifestando su desprecio por la idea misma del Mercosur, no parece haberse sentido convencida por los argumentos esgrimidos por Mujica. Mientras tanto, los paraguayos quieren que la Argentina les perdone la deuda cuantiosa, de aproximadamente 11 mil millones de dólares, por la construcción de la represa de Yacyretá, pero, para frustración de nuestros vecinos, hasta ahora las negociaciones en tal sentido distan de haber terminado. Casi todos los políticos latinoamericanos dicen estar a favor de una mayor integración regional, acaso por suponer que permitiría que América Latina desempeñara un papel protagónico en el escenario internacional, pero muy pocos estarían dispuestos a hacer las concesiones necesarias. Es comprensible. En el caso del Mercosur, la conformación de una unión aduanera auténtica, comparable con la europea, supondría la subordinación de las economías no sólo del Uruguay y Paraguay sino también de la Argentina a la brasileña, que es por un margen cada vez mayor la más poderosa de América del Sur. Con todo, si bien, al erigirse Brasil en el país líder indiscutido de la región, el desequilibrio así supuesto se ha hecho mucho más evidente en los años últimos, el gobierno kirchnerista está claramente resuelto a mantener a raya a los “invasores” comerciales, razón por la que sigue tomando medidas que son totalmente incompatibles con la hipotética creación de un mercado común regional. En efecto, al igual que los sucesivos gobiernos brasileños, actúa como si el Mercosur no existiera, anteponiendo sistemáticamente lo que a su juicio son los intereses nacionales a cualquier deseo de fortalecerlo para que sea algo más que un ente simbólico.
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