El naufragio del Costa Concordia

Por Redacción

Para muchos italianos, el naufragio del Costa Concordia, el crucero gigantesco que fue abandonado a su suerte por un capitán habituado a la buena vida que, en sus propias palabras, “cayó en una barca de salvamento junto con otros pasajeros”, traspié que motivó la indignación de todos sus compatriotas, simbolizó de manera cruel pero así y todo justa lo que ha sucedido a su país que, insisten, está hundiéndose merced a la irresponsabilidad de una clase dirigente pusilánime que está más interesada en las fiestas “bunga bunga” que en el destino del conjunto. Otros ven en este episodio alucinante un resumen de la crisis de valores que afecta no sólo a la Italia del ex primer ministro Silvio Berlusconi sino también al resto de Europa, cuando no del Occidente. Según quienes piensan así, el hedonismo consumista, la negativa a asumir responsabilidades y la pérdida del sentido del deber han socavado las sociedades modernas hasta tal punto que son incapaces de enfrentar situaciones límite con la entereza de generaciones anteriores. En efecto, muchos han contrastado la conducta del capitán Francesco Schettino y otros –no todos, por fortuna– integrantes de la tripulación del Costa Concordia con la de sus homólogos del Titanic cien años antes. En aquel entonces, señalan, era normal que tanto los tripulantes como los pasajeros dieran prioridad a las mujeres y niños, mientras que en la actualidad suele aplicarse la ley del más fuerte, con hombres robustos luchando por lugares en los botes sin preocuparse en absoluto por los relativamente débiles, diferencia que a juicio de algunos puede atribuirse a la influencia en su opinión nefasta del feminismo. Pues bien: el que tantos hayan procurado tratar lo que sucedió a la Costa Concordia como un drama con connotaciones que van mucho más allá de las particularidades de un personaje determinado, el ya universalmente denostado “capitán cobarde” que huyó del desastre que él mismo había provocado, es de por sí significante. El temor a que nuestra civilización, la occidental, no esté en condiciones de superar los desafíos económicos, sociales, militares y demográficos que tendrá forzosamente que enfrentar se ha difundido en virtualmente todos los países que la comparten. Tanto en Europa como en Estados Unidos, un nivel de desempleo muy alto que amenaza con perpetuarse, convirtiéndose en “estructural”, los problemas planteados por deudas públicas colosales que a pesar de los ajustes siguen aumentando, la virtual imposibilidad de mantener por mucho tiempo más el Estado benefactor del que depende una proporción sustancial de la población, la caída dramática de la tasa de natalidad, las dificultades ocasionadas por la inmigración masiva de gente de cultura muy distinta, para no hablar de los peligros planteados por el terrorismo y por guerras de baja intensidad que se prolongan año tras año, se han combinado para crear la sensación de que, para la mayoría de los occidentales, el futuro será decididamente peor que el pasado reciente. Sea como fuere, de estar en lo cierto los pesimistas, pronto tendremos una oportunidad para saber si es verdad que la conducta nada edificante del capitán Schettino fue típica de la clase actualmente dirigente, o si sólo ha sido cuestión de la debilidad, acaso efímera, de un personaje que resultó no estar a la altura de las circunstancias en un momento muy especial, ya que todo hace prever que la crisis que está afectando a Europa y Estados Unidos se profundizará en los años próximos. En términos materiales, no se verá perjudicado el grueso de los políticos, grandes empresarios, financistas, profesionales exitosos y otros que conforman dicha clase, pero ello no obstante su forma de enfrentar los tiempos duros que ya han comenzado en buena parte de Europa y América del Norte será fundamental. Por cierto, de llegar demasiados a la conclusión de que los poderosos tienen más en común con Schettino que con otros miembros de la tripulación del crucero Costa Concordia que sí cumplieron con su deber anteponiendo la seguridad de los pasajeros a la propia, la crisis económica y social que se ha apoderado de los países emblemáticos del Occidente no tardará en tener consecuencias políticas nada felices al brindar oportunidades a autoritarios y demagogos que, de otro modo, quedarían marginados.


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