El no de los suecos

Por Redacción

La esperanza de los dirigentes de la Unión Europea de que un día el euro termine desplazando al dólar estadounidense como la principal moneda de referencia mundial, experimentó un revés que podría resultarle fatal cuando por un margen muy amplio -más del 56% contra menos del 42- los suecos optaron por conservar la corona. Una consecuencia de aquel resultado ha sido reducir al mínimo la posibilidad de que el electorado británico, el que según todas las encuestas es decididamente más “euroescéptico” que el sueco, adopte la moneda común en los próximos años. Lo que es peor, no es inconcebible en absoluto que en la misma “zona del euro” comiencen a oírse voces poderosas contrarias al símbolo máximo de la unidad del Viejo Continente. Aunque a esta altura tratar de reintroducir el marco, franco, lira, peseta y otras divisas parecería descabellado, las dificultades recientes han sido lo bastante serias como para hacer de tal alternativa una tentación genuina.

A juicio del primer ministro sueco Goran Persson, el triunfo del “no” a pesar de la ola de simpatía causada por el asesinato en Estocolmo de la muy euroísta ministra de Asuntos Exteriores, Anna Lindh, se debió más que nada a que a diferencia de los países más grandes de la eurozona, Alemania, Francia e Italia, Suecia no está en recesión y no ostenta una tasa de desempleo cercana al diez por ciento. En efecto, la única gran economía europea en mejor estado que la sueca es la británica, lo que dio otro argumento persuasivo a los resueltos a aferrarse a la corona tradicional. Asimismo, en las semanas antes del referéndum el gobierno francés indignó mucho a sus socios negándose de manera arrogante a respetar las reglas sobre el déficit fiscal que había insistido en institucionalizar con el propósito de disciplinar a los presuntamente manirrotos italianos y españoles, mientras que los alemanes, de forma un tanto más cortés, han asumido una postura similar. No extraña, pues, que la mayoría de los suecos haya llegado a la conclusión de que si adoptaran el euro, su economía se estancaría, aumentaría el desempleo y, para colmo, su destino estaría a merced de los caprichos de los socios mayores, Francia y Alemania.

Todo hace pensar que en la zona del euro, la moneda común está adquiriendo una imagen no tan diferente de la disfrutada entre nosotros hasta vísperas de su colapso por la convertibilidad. Cuando el euro fue adoptado hace menos de dos años, los más creían que su mera existencia sería suficiente como para garantizar el crecimiento rápido y más empleo. En opinión de muchos franceses y alemanes, también tendría el mérito de obligar a los italianos a obrar con más rigor.  Pues bien, parecería que la mera existencia de una fórmula supuestamente salvadora de esta clase afecta de manera insidiosa a los gobernantes. Aquí, algunos llegaron a imaginar que la convertibilidad era un buen sustituto para reformas política y socialmente antipáticas: en distintos países de Europa, el euro puede haber contribuido a debilitar la voluntad de los gobernantes de actuar con la severidad que, por desgracia, siempre es más segura que la flexibilidad, si bien en España la necesidad de mostrarse plenamente capaces de emular en este ámbito a sus homólogos teutones y galos habrá tenido una influencia positiva.

Al igual que la convertibilidad, el euro o, mejor dicho, la política del Banco Central Europeo, está transformándose en un buen chivo emisario. El gobierno alemán atribuye sus problemas a la negativa del Banco Central a bajar la tasa de interés y los franceses despotrican contra las exigencias supuestas por el “pacto de estabilidad y crecimiento” que todos firmaron en 1997. Están en lo cierto o no cuando dicen que la moneda común está en la raíz de sus dificultades actuales, el que los gobiernos de los dos países más fuertes de la zona tengan a mano un pretexto adicional para resistirse a emprender las “reformas estructurales” requeridas por las circunstancias hace temer a los pesimistas que sencillamente no están en condiciones de hacer frente a los desafíos planteados por la necesidad de seguir avanzando o correr el riesgo de que Europa en su conjunto se quede irremediablemente atrasada con relación a Estados Unidos y, andando el tiempo, al Japón y quizás China también.


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