El ocaso de Obama
El presidente norteamericano Barack Obama no es el único mandatario occidental que ha visto caer su índice de popularidad hasta un nivel alarmante –el caso de su homólogo francés François Hollande, cuya gestión se ve aprobada por apenas el 20% de sus compatriotas, es mucho más dramático– pero, así y todo, tiene motivos de sobra para sentirse preocupado. Aunque por razones de solidaridad racial conserva el apoyo virtualmente monolítico de la minoría negra, una proporción sustancial del resto de la población parece haber llegado a la conclusión de que ha resultado ser un gobernante mediocre y vacilante. Para los correligionarios demócratas de Obama, la pérdida de prestigio que ha sufrido es motivo de gran preocupación. Temen verse perjudicados en las próximas elecciones legislativas que se celebrarán en noviembre, en que podrían perder el control del Senado por los errores atribuidos al político que antes los había ayudado a cosechar votos. Sería injusto criticar a Obama por los problemas que está experimentando una economía que, según los datos más recientes, ha perdido su dinamismo tradicional, ya que depende del asesoramiento de especialistas que cuentan con la aprobación de los líderes más influyentes del Partido Demócrata. En cambio, no lo es criticar su manejo de la política exterior. Al brindar una impresión de debilidad, Obama ha envalentonado a adversarios como el ruso Vladimir Putin, los teócratas iraníes y los islamistas de buena parte de Oriente Medio que, con razón o sin ella, creen que les será dado aprovechar el presunto fin de la “pax americana” que ha regido desde el colapso de la Unión Soviética para alcanzar sus objetivos personales. También ha desconcertado a los aliados de Estados Unidos; europeos, japoneses, surcoreanos, taiwaneses, israelíes, sauditas y otros desconfían de la voluntad de la superpotencia de seguir defendiéndolos contra sus enemigos. No se trata tanto de los evidentes errores puntuales cometidos por Obama cuanto del clima imperante. Su costumbre de trazar “líneas rojas”, como hizo cuando el dictador sirio Bashar al Assad empleó gas venenoso contra civiles, para después borrarlas, sólo ha servido para convencer a personajes como Putin de que Estados Unidos es, como decía Mao, sólo un tigre de papel. Fue gracias en buena medida al color de su piel que Obama se convirtió en lo que los norteamericanos llaman “el hombre más poderoso del mundo”. Durante la campaña electoral los medios más influyentes optaron por darle siempre el beneficio de la duda, negándose a someterlo a los interrogatorios exhaustivos que tuvieron que enfrentar otros candidatos o precandidatos. En vista de lo difíciles que siempre han sido las relaciones raciales en Estados Unidos, tal actitud pudo entenderse. También fue lógico que muchos votaran por un político negro con la esperanza de dejar atrás así una historia signada por prejuicios étnicos y discriminación sistemática. Sin embargo, una vez en la Casa Blanca, la gestión de Obama sería valorada no por lo que simbolizaba sino por lo que haría. A juicio de la mayoría, ha sido deficiente. Cuando es cuestión de asuntos internos, sigue dando prioridad a los intereses de quienes califica de su propia gente, solidarizándose automáticamente con sus “hermanos” sin preocuparse por los detalles. Su intento de reformar el sistema de salud para que se asemejara más a los de Europa occidental le ha costado el apoyo de sectores muy amplios. Por lo demás, se ha difundido la impresión de que su estrategia internacional se basa en el temor a que lo que suceda en otras partes del mundo tenga repercusiones internas negativas, de ahí la combinación de retórica agresiva con pasividad destinada a ahorrarle riesgos que tanto ha contribuido a desestabilizar Oriente Medio, Pakistán y, últimamente, Europa oriental. Es posible que ningún otro mandatario norteamericano hubiera podido manejar mucho mejor el repliegue pero, puesto que le tocó a Obama –un político que se formó en una subcultura contestataria en que es rutinario culpar a Estados Unidos por todos los males del planeta– encabezarlo, es natural que su desempeño haya molestado sobremanera no sólo a sus adversarios republicanos sino también a muchos demócratas que hubieran preferido una retirada más prolija que la que está en marcha.
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