El oportunismo de Chevron

Redacción

Por Redacción

Si bien las cláusulas “confidenciales” que figuran en el acuerdo entre YPF, es decir, el gobierno nacional, y la petrolera norteamericana Chevron han motivado la indignación de muchos opositores que creen que el país ha concedido demasiado a una empresa extranjera, todas tienen su lógica. El problema es que para justificarlas los kirchneristas tendrían que adoptar una “lógica” que les es radicalmente ajena. Resulta claramente incompatible con la filosofía “nacional y popular” reivindicada con tanta vehemencia por los kirchneristas colmar de garantías de todo tipo a Chevron, permitir que una multinacional norteamericana incida en la legislación que afecta al sector que le interesa, otorgarle el derecho a girar dividendos al exterior, ampliar la concesión a 35 años y darle vaya a saber cuántas ventajas más. ¿Por qué, pues, eligió la presidenta Cristina Fernández de Kirchner traicionar de manera tan flagrante sus propios principios? Por una razón muy sencilla: tuvo que hacerlo porque de otro modo ninguna empresa petrolera seria pensaría en invertir un solo centavo en el país. Puede que en el esquisto de la formación de Vaca Muerta haya cantidades fabulosas de petróleo y gas, suficientes como para enriquecer no sólo al país sino también a los empresarios capaces de extraerlos, pero la gente de Chevron también tuvo que tomar en cuenta el riesgo de que en cualquier momento un gobierno populista optara por procurar monopolizar el negocio, negándose a indemnizar a los expropiados como quería hacer el de Cristina al confiscar las acciones de Repsol en YPF. En aquella oportunidad, el entonces viceministro de Economía, Axel Kicillof, se dio el gusto de amenazar a Repsol con multarlo por hipotéticos daños ecológicos provocados por sus actividades, una bravuconada que nos costaría muchísimo dinero. Fue en buena medida merced a la actitud agresiva asumida por el gobierno frente a las protestas de los españoles que Chevron se encontraría en una situación ventajosa que podría aprovechar para conseguir las garantías excepcionales que han escandalizado a la oposición. Sin embargo, ocurre que dadas las circunstancias el gobierno se vio obligado a elegir entre resignarse a dejar bajo tierra el petróleo y gas de Vaca Muerta por un lado y, por el otro, hacer lo necesario para tentar a por lo menos una empresa grande con la esperanza de que las eventuales inversiones la ayudara a atenuar una crisis económica que ya cubría proporciones alarmantes. Por injusto que les parezca a los aspirantes a suceder a Cristina en la Casa Rosada, hasta nuevo aviso la Argentina tendrá que ofrecerles a los inversores en potencia privilegios que en otras latitudes serían considerados absurdamente generosos. Es tan mala la reputación de nuestro país cuando del respeto por los derechos adquiridos ajenos se trata, que empresarios que no temen aventurarse en Afganistán, Irak o las zonas más conflictivas de África vacilarían en arriesgarse aquí. Para hacer aún más problemáticas las perspectivas ante Vaca Muerta, la caída abrupta del precio del crudo en los mercados internacionales ha reducido el valor potencial del yacimiento gigantesco hasta tal punto que los costos de explotarlo podrían resultar superiores a las eventuales ganancias. De mantenerse por debajo de los 80 dólares el barril por mucho tiempo más, Vaca Muerta perdería su atractivo y se esfumaría el sueño de que la Argentina pronto cuente con ingresos fáciles equiparables con los que tanto han contribuido a destruir Venezuela. Es que las proyecciones iniciales acerca del tsunami de riqueza que estábamos por disfrutar ya se han desactualizado. De no haber sido por la prepotencia de Cristina y Kiciloff, no sólo Chevron sino también otras petroleras ya se hubieran comprometido a invertir muchos miles de millones de dólares en Neuquén y Río Negro, pero a partir de la toma de las acciones de Repsol han preferido esperar hasta que haya terminado definitivamente el ciclo kirchnerista. Por desgracia, para sorpresa de todos, el precio de los hidrocarburos se ha desplomado a pesar del caos en que han caído el Oriente Medio y el norte de África, el enfrentamiento de Rusia con los países de la OTAN y otros factores que supuestamente lo harían subir hasta las nubes. Así las cosas, para la Argentina sería desastroso que se resolvieran los conflictos geopolíticos que tanta inquietud han ocasionado, ya que el crudo atrapado en Vaca Muerta valdría mucho menos.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 13 de noviembre de 2014


Si bien las cláusulas “confidenciales” que figuran en el acuerdo entre YPF, es decir, el gobierno nacional, y la petrolera norteamericana Chevron han motivado la indignación de muchos opositores que creen que el país ha concedido demasiado a una empresa extranjera, todas tienen su lógica. El problema es que para justificarlas los kirchneristas tendrían que adoptar una “lógica” que les es radicalmente ajena. Resulta claramente incompatible con la filosofía “nacional y popular” reivindicada con tanta vehemencia por los kirchneristas colmar de garantías de todo tipo a Chevron, permitir que una multinacional norteamericana incida en la legislación que afecta al sector que le interesa, otorgarle el derecho a girar dividendos al exterior, ampliar la concesión a 35 años y darle vaya a saber cuántas ventajas más. ¿Por qué, pues, eligió la presidenta Cristina Fernández de Kirchner traicionar de manera tan flagrante sus propios principios? Por una razón muy sencilla: tuvo que hacerlo porque de otro modo ninguna empresa petrolera seria pensaría en invertir un solo centavo en el país. Puede que en el esquisto de la formación de Vaca Muerta haya cantidades fabulosas de petróleo y gas, suficientes como para enriquecer no sólo al país sino también a los empresarios capaces de extraerlos, pero la gente de Chevron también tuvo que tomar en cuenta el riesgo de que en cualquier momento un gobierno populista optara por procurar monopolizar el negocio, negándose a indemnizar a los expropiados como quería hacer el de Cristina al confiscar las acciones de Repsol en YPF. En aquella oportunidad, el entonces viceministro de Economía, Axel Kicillof, se dio el gusto de amenazar a Repsol con multarlo por hipotéticos daños ecológicos provocados por sus actividades, una bravuconada que nos costaría muchísimo dinero. Fue en buena medida merced a la actitud agresiva asumida por el gobierno frente a las protestas de los españoles que Chevron se encontraría en una situación ventajosa que podría aprovechar para conseguir las garantías excepcionales que han escandalizado a la oposición. Sin embargo, ocurre que dadas las circunstancias el gobierno se vio obligado a elegir entre resignarse a dejar bajo tierra el petróleo y gas de Vaca Muerta por un lado y, por el otro, hacer lo necesario para tentar a por lo menos una empresa grande con la esperanza de que las eventuales inversiones la ayudara a atenuar una crisis económica que ya cubría proporciones alarmantes. Por injusto que les parezca a los aspirantes a suceder a Cristina en la Casa Rosada, hasta nuevo aviso la Argentina tendrá que ofrecerles a los inversores en potencia privilegios que en otras latitudes serían considerados absurdamente generosos. Es tan mala la reputación de nuestro país cuando del respeto por los derechos adquiridos ajenos se trata, que empresarios que no temen aventurarse en Afganistán, Irak o las zonas más conflictivas de África vacilarían en arriesgarse aquí. Para hacer aún más problemáticas las perspectivas ante Vaca Muerta, la caída abrupta del precio del crudo en los mercados internacionales ha reducido el valor potencial del yacimiento gigantesco hasta tal punto que los costos de explotarlo podrían resultar superiores a las eventuales ganancias. De mantenerse por debajo de los 80 dólares el barril por mucho tiempo más, Vaca Muerta perdería su atractivo y se esfumaría el sueño de que la Argentina pronto cuente con ingresos fáciles equiparables con los que tanto han contribuido a destruir Venezuela. Es que las proyecciones iniciales acerca del tsunami de riqueza que estábamos por disfrutar ya se han desactualizado. De no haber sido por la prepotencia de Cristina y Kiciloff, no sólo Chevron sino también otras petroleras ya se hubieran comprometido a invertir muchos miles de millones de dólares en Neuquén y Río Negro, pero a partir de la toma de las acciones de Repsol han preferido esperar hasta que haya terminado definitivamente el ciclo kirchnerista. Por desgracia, para sorpresa de todos, el precio de los hidrocarburos se ha desplomado a pesar del caos en que han caído el Oriente Medio y el norte de África, el enfrentamiento de Rusia con los países de la OTAN y otros factores que supuestamente lo harían subir hasta las nubes. Así las cosas, para la Argentina sería desastroso que se resolvieran los conflictos geopolíticos que tanta inquietud han ocasionado, ya que el crudo atrapado en Vaca Muerta valdría mucho menos.

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