El orden democrático

Por Redacción

Qué entendemos por democracia? Hay tantas definiciones como autores que se abocaron al tema. Siguiendo a Ronald Dworkin, se trata de una expresión interpretativa con un significado elástico. Desde mi perspectiva, observando la decadencia del sistema democrático en la Argentina y las posibles soluciones para recuperar nuestros derechos básicos humillados por una clase gobernante sin escrúpulos, voy a proponer una renovación del modelo democrático.

Como punto de partida, encuentro oportuno iniciar la reflexión que propongo con un breve análisis de la república norteamericana de 1787 y sus características básicas: el republicanismo, la división de los poderes y el federalismo y, como bandera, la garantía a los derechos ciudadanos, la libertad y la protección del individuo frente a los abusos de las mayorías. Los padres fundadores les temían a los atropellos de un pueblo inculto y se aseguraron la continuidad del gobierno de los más aptos, estableciendo el sistema representativo.

Adjunto unas breves citas que nos servirán de marco de referencia. Benjamin Franklin, destacado periodista, científico y político del siglo XVIII, afirmó: “La democracia es dos lobos y un cordero votando sobre qué se va a comer. La libertad es un cordero bien armado impugnando la votación”.

James Madison, padre de la Constitución, aunque celebrado como un pilar de la democracia, es un hombre que no cree en la amplitud de ese concepto: “La democracia es la forma más vil de gobierno (…) las democracias han sido siempre espectáculos de turbulencia y contención: ha sido encontrada incompatible con la seguridad personal o los derechos de la propiedad: y en general han sido de vida corta y violentas ‘en sus muertes’”. La representación en la república norteamericana, sin embargo, desempeña un papel esencial. “Esta representación implica, precisamente, la exclusión del pueblo en su collective capacity de la participación política”.

Apunta Noam Chomsky, en su escrito “Consentimiento sin consentimiento: la uniformación de la opinión pública”, que “la doctrina imperante fue muy claramente expuesta por el presidente del Congreso Continental y primer magistrado del Tribunal Supremo, John Jay: ‘Las personas que son dueñas del país deben gobernarlo’. Queda por resolver un punto: ¿quién es el dueño del país? La pregunta quedó contestada con el desarrollo de las empresas privadas en forma de sociedades anónimas, y de las estructuras previstas para protegerlas y apoyarlas, aunque sigue siendo una tarea difícil obligar al pueblo a mantenerse en el papel de espectador… Cuando más del 80 por 100 de los habitantes opina que el sistema democrático es una farsa y que la economía es ‘intrínsecamente injusta’, ‘el consentimiento de los gobernados’ está tocando fondo”.

Lo que quiero mostrar es que no estaba en el ánimo de los padres fundadores entregarle autoridad al pueblo ignorante y enceguecido por sus fanatismos para que representaran los intereses soberanos de la nación. Sin embargo, con sus imperfecciones, la democracia hizo posible la abolición de la esclavitud, la creación de los partidos políticos, el voto femenino y las paulatinas conquistas de los derechos sociales. La concepción gelatinosa de la democracia permitió que regímenes autoritarios se apoderaran del poder, deformando los sistemas de gobierno vigentes, hasta llegar a la situación extrema como en Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia y Nicaragua, entre otros, en donde la democracia ha sido entendida como la tiranía de las mayorías, violando los derechos humanos, cooptando los intereses partidarios y utilizando todo género de demagogia para identificar Estado con gobierno.

Pasaron muchos años desde su organización política y su consolidación como forma de gobierno en las actuales naciones hasta llegar hoy a la denominada por Sheldon S. Wolin, en su libro “Democracia S.A., democracia dirigida, la cara sonriente del totalitarismo invertido”. Se trata de una elite política que se adueña del poder, se convierte en un grupo de oligarcas que se enriquecen y se transforma en plutocracia, cogobernando con sindicalistas ricos perpetuados en el gobierno. El secreto de su continuación son las políticas populistas, las negociaciones corruptas, infundir miedo, el clientelismo, propiciar divisiones de los adversarios, ejercer su autoridad de manera ilimitada destruyendo en forma gradual, con un gran cinismo, las instituciones constitucionales.

El ideal democrático

La idea central, en una auténtica democracia, es aquella que le asegura al individuo tres acciones mínimas: autogobierno, libertad e igualdad. Tanto en un mundo de siete mil millones de habitantes como en un país de cuarenta millones, la noción de democracia directa (autogobierno) como la convivencia de la libertad con la igualdad aparecen como absurdas y contradictorias. Sin embargo, la comprensión de lo que hoy debemos entender como gobierno del pueblo debe estimularnos para generar reformas en el sentido deseado, adoptando una democracia participativa con características muy singulares y que nada tiene que ver con los modelos conocidos.

El primer paso apunta a la disolución de los partidos políticos, tal como son concebidos en la actualidad, y su reemplazo por partidos políticos fungibles, es decir que desaparezcan con el primer uso. Gestándose desde las propias bases vecinales grupos de intereses y prioridades comunes que se identifiquen, por ejemplo, con un color o consignas vinculadas con los objetivos generales de los grupos accidentalmente formados e inmediatamente disueltos.

Ninguna solución puede ser rápida, siempre será experimental y cambiante. Podemos enumerar, en líneas generales, los pasos deseados y, repito, la gran dificultad que arrastramos consiste en resolver cómo generar los cambios si los que deben implementarlos son propietarios del poder.

Ideas para debatir: periodicidad de las gestiones, prohibir toda reelección en todos los niveles públicos, que alcance a los gremios, a las entidades autárquicas y a las asociaciones sin fines de lucro. La intención es conseguir un recambio constante, evitar la corrupción y facilitar el mayor acercamiento ciudadano. Estos grupos de intereses compartidos, a los que hicimos referencia en párrafos anteriores, designan delegados que integrarían un segundo nivel, con sus propuestas para la próxima gestión de gobierno. Una parte de esos grupos, municipales, provinciales o nacionales (que no podrían ser más de tres con distintas propuestas), se somete a las preferencias (voto) del pueblo; y se disuelve después de las elecciones. Y los ganadores no pueden repetir su mandato nunca más en su vida. En menor medida, integrarán el equipo de gobernantes los ciudadanos inscriptos como postulantes que reúnan ciertas condiciones y que resulten beneficiados por sorteo.

Es decir: un modelo de organización más próximo a una democracia semidirecta que acentúe la participación ciudadana y una gestión transparente de todos los actos de gobierno, conservando el conjunto de los controles de la gestión los miembros de los grupos que perdieron las elecciones. Sobre la base de esta propuesta está la idea de que la mayor cantidad de electores acceda al poder público para hacer realidad los principios de la democracia. Además, debe desaparecer la ficción odiosa de la inmunidad del gobernante, privilegio clasista y oligárquico.

Para organizar el orden democrático cito la propuesta de Francisco Rubiales en su obra “Democracia secuestrada”: “La sociedad está confusa y desmoralizada ante la necesidad de asumir una lluvia de cambios que la desbordan. El ser humano sabe que los viejos esquemas ya no sirven y que tiene que construir un mundo nuevo y mejor. Ha descubierto que la democracia es una fuerza extraordinariamente positiva y un programa de gran capacidad civilizadora. Pero la democracia actual, postrada y degenerada, tiene que ser regenerada. El debate es la única vía para lograrlo”.

ENRIQUE LIBERATI

Doctor en Derecho

ENRIQUE LIBERATI

Doctor en Derecho