El paciente francés
No tardó en esfumarse la esperanza de que el triunfo, en las elecciones presidenciales francesas de mayo pasado, del socialista François Hollande serviría para que en adelante los dirigentes de la Unión Europea dieran prioridad al crecimiento por encima de los esfuerzos por solucionar los molestos problemas fiscales, de tal modo poniendo fin a la gravísima crisis socioeconómica en que se debatía el Viejo Continente. En un lapso muy breve Hollande, un político profesional que antes de mudarse al Palacio del Elíseo nunca había ocupado un cargo administrativo, se las ha arreglado para perder el apoyo de sectores que votaron a favor suyo motivados por el deseo de castigar a su antecesor, el en aquel entonces presidente Nicolas Sarkozy. Según las encuestas de opinión, en la actualidad apenas un francés de cada tres aprueba la gestión de Hollande, mientras que en el resto de Europa, sobre todo en Alemania, los juicios son aún más contundentes: han llegado a la conclusión de que el socialista galo no está a la altura de sus responsabilidades. Aunque el estilo conciliador de Hollande, el de un político habituado a salir airoso de las internas partidarias, ha contribuido a la evolución negativa de su imagen, el retroceso así supuesto se debe a mucho más que su presunta falta de carisma. También ha incidido la conciencia de que la tesis progresista de que los ajustes no sólo son inhumanos sino también inútiles, y que por lo tanto sería mejor optar por una estrategia radicalmente distinta, se basa en una ilusión. Si bien la voluntad de Hollande de concretar sus promesas electoralistas, sin prestar atención a las advertencias de quienes le señalan que dadas las circunstancias no le convendría en absoluto impulsar medidas incompatibles con la competitividad, podría considerarse loable, la reacción de los mercados y el deterioro que ha experimentado la economía real en los meses últimos han sembrado tanta alarma entre sus compatriotas y sus vecinos que muchos temen que Francia comparta el destino de España, Italia e incluso Grecia. En tal caso, se rompería el eje francoalemán que desde hace décadas domina la Unión Europea, ya que depende de la noción de que los franceses, a diferencia de los italianos y españoles, estén en condiciones de seguir el ritmo impuesto por sus socios alemanes. Si bien hay un consenso en el sentido de que, de por sí, la austeridad fiscal no será suficiente como para permitir la recuperación de la economía europea, razón por la que es necesario que se vea acompañada por reformas encaminadas a mejorar la productividad eliminando trabas burocráticas y muchos derechos adquiridos que han resultado ser demasiado costosos, los contrarios a los ajustes, entre ellos Hollande e integrantes de su gobierno, son reacios a tomar medidas que, sería de prever, enfurecerían a los sindicatos y a la izquierda en su conjunto. En otras palabras, no sólo en Francia sino también en los demás países ricos, la lógica económica es incompatible con la lógica política. Puesto que en el mundo que efectivamente existe es imposible subordinar lo económico a lo político por mucho tiempo, a menos que el gobierno de Hollande logre instrumentar los cambios precisos para que Francia consiga salir del letargo en que ha caído, la brecha que la separa del bloque encabezado por Alemania continuará ensanchándose. Puede entenderse, pues, la preocupación que sienten los alemanes por lo que está sucediendo. Aunque en los países de la periferia mediterránea de la Eurozona muchos dan por descontado que la canciller Angela Merkel está aprovechando la crisis con miras a asegurar la hegemonía teutona, de ahí las alusiones nada amistosas al supuesto nacimiento de un “Cuarto Reich”, pocos alemanes quisieran que su país desempeñara un papel tan protagónico. Sin embargo, si la alternativa consiste en resignarse a subsidiar, a un costo apenas concebible, a sus socios griegos, italianos, españoles y, ahora, franceses, a fin de permitirles conservar sistemas socioeconómicos y políticos que les parecen intrínsecamente corporativistas, clientelistas y corruptos, continuarán presionando a favor de más disciplina fiscal, aun cuando comprendan que el resultado más probable sea el derrumbe de la Eurozona y, tal vez, la desintegración de la Unión Europea misma.