El país y el Mundial

Redacción

Por Redacción

El consenso entre los expertos es que, a pesar de contar con una pléyade de estrellas deslumbrantes que en teoría deberían ser capaces de dominar cualquier torneo, hasta ahora la selección ha jugado bastante mal, pero para las multitudes que inundaron las principales plazas del país el miércoles pasado ganar por penales vale tanto –quizás más, por el dramatismo– como una exhibición inolvidable de habilidad que terminaría en una derrota inmerecida. Sea como fuere, a diferencia de lo que ocurre en el mundo habitualmente calificado de real, en el del deporte los esquemas que según los especialistas son inviables pueden funcionar muy bien y, a menudo, un equipo que decepciona en un partido brilla en el próximo. Por lo demás, para alcanzar la final de una Copa del Mundo se necesita algo más que una dosis de suerte, razón por la que es legítimo esperar que se hayan equivocado los muchos que en el exterior prevén un cómodo triunfo alemán en el Maracaná. Quienes sí desacertaron fueron los que apostaron a que el mes del Mundial permitiría que todos se olvidaran por un rato de asuntos menos importantes como la política y la evolución de la economía. Merced a los problemas creados por el vicepresidente Amado Boudou y la contraofensiva de los holdouts denostados como “buitres”, ni siquiera el avance trabajoso pero así y todo ininterrumpido de la selección hacia la final ha sido suficiente para monopolizar las noticias. Y, como aprendieron en su momento los militares en 1978, el impacto político, positivo para el gobierno de turno, de erigirse en campeones mundiales en el deporte más popular de todos suele durar muy poco, sobre todo en un país en el que muchos se han acostumbrado a contrastar los logros excepcionales de ciertos compatriotas con el desempeño poco feliz de la sociedad en su conjunto. Aun cuando el resultado del enfrentamiento en Río de Janeiro sea adverso, el lunes estarán preguntándose por qué la dirigencia política y económica nacional no puede ponerse a la altura de los jugadores de fútbol. Por fortuna, nuestra inversión emotiva en el Mundial, que ya nos ha deparado algunas gratas sorpresas, ha sido decididamente menor que la arriesgada por los brasileños que, con la colaboración de comentaristas de otras latitudes, ven en la paliza sin precedentes que los alemanes asestaron a su equipo algo terriblemente simbólico. Luego de gastar casi 14.000 millones de dólares para organizar el torneo, el gobierno de Dilma Rousseff dio por descontado que serviría para que el resto del mundo festejara no sólo el poder futbolístico de Brasil sino también su progreso económico y cohesión social. Sin embargo, a juicio de muchos, el desastre deportivo, que se vio precedido por disturbios callejeros motivados por la indignación que tantos sentían por el despilfarro de dinero público que en su opinión debería haberse usado para mejorar los servicios sociales, ha revelado que se trataba de una ilusión ingenua. Incluso los hay que suponen que la derrota “vergonzosa” ante Alemania podría costarle a Dilma la reelección a la que aspira. Tal vez exageren, pero no cabe duda de que el golpe anímico sufrido por nuestros vecinos fue muy fuerte. En buena lógica, no existe ningún vínculo entre el éxito o el fracaso en el deporte y la condición de un país. Jamaica produce una cantidad asombrosa de atletas extraordinarios pero tambalea continuamente al borde del caos social. A lo sumo, las proezas de los jugadores de fútbol, de los que la mayoría practica su oficio en Europa, sirven para recordarnos lo que pudo haber sido y que, de contar por fin el país con una larga serie de gobiernos sensatos y realistas, algún día aún podría ser. Hace ya un siglo, la Argentina motivaba no sólo la envidia sino también la admiración de muchos europeos y latinoamericanos que suponían que seguiría avanzando en los ámbitos culturales, económicos, sociales y políticos, además de los deportivos. En deporte y, de forma menos sobresaliente pero así y todo digna, en cultura, las previsiones optimistas que se hacían en la primera mitad del siglo pasado se cumplieron, pero en otros ámbitos, que por desgracia inciden mucho más en la vida cotidiana de virtualmente todos los habitantes del país, siguen aguardándonos algunas asignaturas pendientes muy difíciles.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 13 de julio de 2014


El consenso entre los expertos es que, a pesar de contar con una pléyade de estrellas deslumbrantes que en teoría deberían ser capaces de dominar cualquier torneo, hasta ahora la selección ha jugado bastante mal, pero para las multitudes que inundaron las principales plazas del país el miércoles pasado ganar por penales vale tanto –quizás más, por el dramatismo– como una exhibición inolvidable de habilidad que terminaría en una derrota inmerecida. Sea como fuere, a diferencia de lo que ocurre en el mundo habitualmente calificado de real, en el del deporte los esquemas que según los especialistas son inviables pueden funcionar muy bien y, a menudo, un equipo que decepciona en un partido brilla en el próximo. Por lo demás, para alcanzar la final de una Copa del Mundo se necesita algo más que una dosis de suerte, razón por la que es legítimo esperar que se hayan equivocado los muchos que en el exterior prevén un cómodo triunfo alemán en el Maracaná. Quienes sí desacertaron fueron los que apostaron a que el mes del Mundial permitiría que todos se olvidaran por un rato de asuntos menos importantes como la política y la evolución de la economía. Merced a los problemas creados por el vicepresidente Amado Boudou y la contraofensiva de los holdouts denostados como “buitres”, ni siquiera el avance trabajoso pero así y todo ininterrumpido de la selección hacia la final ha sido suficiente para monopolizar las noticias. Y, como aprendieron en su momento los militares en 1978, el impacto político, positivo para el gobierno de turno, de erigirse en campeones mundiales en el deporte más popular de todos suele durar muy poco, sobre todo en un país en el que muchos se han acostumbrado a contrastar los logros excepcionales de ciertos compatriotas con el desempeño poco feliz de la sociedad en su conjunto. Aun cuando el resultado del enfrentamiento en Río de Janeiro sea adverso, el lunes estarán preguntándose por qué la dirigencia política y económica nacional no puede ponerse a la altura de los jugadores de fútbol. Por fortuna, nuestra inversión emotiva en el Mundial, que ya nos ha deparado algunas gratas sorpresas, ha sido decididamente menor que la arriesgada por los brasileños que, con la colaboración de comentaristas de otras latitudes, ven en la paliza sin precedentes que los alemanes asestaron a su equipo algo terriblemente simbólico. Luego de gastar casi 14.000 millones de dólares para organizar el torneo, el gobierno de Dilma Rousseff dio por descontado que serviría para que el resto del mundo festejara no sólo el poder futbolístico de Brasil sino también su progreso económico y cohesión social. Sin embargo, a juicio de muchos, el desastre deportivo, que se vio precedido por disturbios callejeros motivados por la indignación que tantos sentían por el despilfarro de dinero público que en su opinión debería haberse usado para mejorar los servicios sociales, ha revelado que se trataba de una ilusión ingenua. Incluso los hay que suponen que la derrota “vergonzosa” ante Alemania podría costarle a Dilma la reelección a la que aspira. Tal vez exageren, pero no cabe duda de que el golpe anímico sufrido por nuestros vecinos fue muy fuerte. En buena lógica, no existe ningún vínculo entre el éxito o el fracaso en el deporte y la condición de un país. Jamaica produce una cantidad asombrosa de atletas extraordinarios pero tambalea continuamente al borde del caos social. A lo sumo, las proezas de los jugadores de fútbol, de los que la mayoría practica su oficio en Europa, sirven para recordarnos lo que pudo haber sido y que, de contar por fin el país con una larga serie de gobiernos sensatos y realistas, algún día aún podría ser. Hace ya un siglo, la Argentina motivaba no sólo la envidia sino también la admiración de muchos europeos y latinoamericanos que suponían que seguiría avanzando en los ámbitos culturales, económicos, sociales y políticos, además de los deportivos. En deporte y, de forma menos sobresaliente pero así y todo digna, en cultura, las previsiones optimistas que se hacían en la primera mitad del siglo pasado se cumplieron, pero en otros ámbitos, que por desgracia inciden mucho más en la vida cotidiana de virtualmente todos los habitantes del país, siguen aguardándonos algunas asignaturas pendientes muy difíciles.

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