El pródigo quiere regresar
En los años que siguieron a la debacle catastrófica que tantos desastres provocó en 2001 y 2002, no sólo los populistas más vehementes sino también muchos otros coincidieron en que el Fondo Monetario Internacional era una institución nefasta, dominada por personajes que no entendían nada de economía, y que por lo tanto sería mejor romper con él. Se trataba de una forma de atribuir a otros la responsabilidad de la crisis más reciente, como si todos los males del país se debieran a una maligna conspiración foránea urdida por sujetos que, por sus propias razones, querían que la Argentina se hundiera. Puede que algunos aún piensen así, pero parecería que por lo menos ciertos integrantes del “equipo” económico de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner han cambiado de actitud, de ahí los esfuerzos por asumir una postura más amable ante un organismo que, por evidentes que sean sus deficiencias a ojos de los políticos e intelectuales de nuestro país, todavía disfruta de la confianza de los líderes del mundo desarrollado y por lo tanto estaría en condiciones de permitirle al gobierno acceder a préstamos que no llevarían una tasa de interés usurera. ¿Comparte Cristina la voluntad de aquellos subordinados de reconciliarse con “el mundo”? Es de esperar que sí, ya que, caso contrario, la huida de capitales que está desangrando el país se intensificará en los meses próximos. Además del temor de caer en bancarrota, otro motivo del acercamiento cauto de una fracción del gobierno con la entidad satanizada por el populismo autóctono es que no le gustaría para nada que la Argentina fuera expulsada del FMI por su negativa a suministrarle estadísticas fidedignas, no por su compromiso con un “modelo” heterodoxo, como afirmarían los voceros oficiales. Se informa que, a fin de ahorrarse una eventualidad tan humillante, la que con toda seguridad se vería aprovechada por quienes quieren desmantelar el G20, reemplazándolo por un organismo más representativo en que no habría lugar para nuestro país, el gobierno kirchnerista se ha comprometido a adoptar índices que midan la evolución real del nivel de precios al consumidor, a diferencia de los actuales que sólo reflejan lo que el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, cree apropiado. Hacerlo no le será del todo sencillo. Una reforma retroactiva que sirviera para sincerar casi todas las estadísticas oficialmente difundidas a partir de enero del 2008 crearía una situación caótica. Por lo demás, es de prever que, cuando por fin el país cuente con estadísticas que sean más realistas que las confeccionadas por el Indec intervenido, la tasa de inflación supere por mucho el 30% anual y el producto bruto no muestre señales de crecimiento. Así y todo, el que un sector del gobierno esté procurando reinsertar el país en el orden internacional que efectivamente existe ha impresionado favorablemente a muchos inversores globales. Combinado con el presunto compromiso de todos los considerados presidenciables con estrategias económicas muy distintas de las inspiradas en el “relato” de Cristina y sus asesores ideológicos, les ha hecho creer que, después de más de una década de marginación autoimpuesta, la Argentina pronto volverá a ser un país que ofrezca a los interesados en arriesgarse una multitud de oportunidades casi irresistibles. Como es natural, la sensación de que, una vez instalado un gobierno nuevo, el país podría verse inundado de inversiones productivas ha alentado a quienes esperan que resulte relativamente fácil corregir las distorsiones gravísimas propias del “modelo” kirchnerista. Si bien es positivo que, a pesar de todo lo ocurrido últimamente, confíen en el futuro del país, no les convendría subestimar las dificultades que aguardarán al sucesor de Cristina. Antes de que lleguen las inversiones cuantiosas que prevén los optimistas, serían necesarias muchas reformas para asegurar que en adelante la Argentina sea un país con reglas claras gobernado por dirigentes que las respeten, y que por lo tanto empresas de capitales extranjeros no correrían el riesgo de ser tomadas de golpe por políticos codiciosos, de retórica nacionalista, como para consternación de los españoles sucedió a Repsol YPF. Por desgracia, construir confianza es una tarea sumamente ardua que requerirá años de buena conducta.