El reduccionismo serial de los ídolos del fracking



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MARISTELLA SVAMPA (*) Y ENRIQUE VIALE (**)

Una vez más, en una nota colectiva publicada en este diario (“Svampa y los ídolos del mercado”, 2/10/2013), han vuelto a atacar nuestras posiciones desarrolladas en el artículo “Mitos y omisiones de los defensores del fracking”. No es nuestra intención abrumar a los lectores con detalles técnicos que sólo agregarían más confusión de la que ya posee –de modo intencionado– el artículo del grupo dirigido por Vladimir Cares. Al respecto, quisiéramos aportar un par de citas aclaratorias y algunas definiciones necesarias que enmarcan nuestra visión, para terminar luego con otras cuestiones que nos preocupan, de cara al avance del fracking en Neuquén y Río Negro. En primer lugar, afirmamos que la relación entre sismicidad y fracking está lejos de ser una hipótesis o una aseveración infundada, pues ya existe información científica sobre el tema. Para ilustrar dicha cuestión retomamos un trabajo de Roberto Ochandio, técnico y geógrafo, con amplia experiencia en el campo del petróleo, que responde punto por punto a la publicidad del IAPG (Instituto Argentino de Gas y Petróleo, el cual, nunca hay que olvidarlo, no es un actor neutro, ya que nuclea a las grandes empresas del sector, desde Chevron y PAE hasta Apache). Ochandio afirma que “en Arkansas, una región geológicamente estable de Estados Unidos, desde que comenzaron las operaciones de fractura hidráulica se registraron más de 1.200 temblores, todos de menos de 4,9 grados de intensidad. Cuando pararon las fracturas la cantidad de temblores se redujo inmediatamente en un dos tercios”. Como consecuencia de ello, continúa el texto –que en la nota anterior no citamos por cuestión de espacio–, “Arkansas introdujo una prohibición contra cuatro pozos inyectores de fluidos de desecho (de un total de 500), a raíz de los terremotos de magnitud 4,7/9 producidos por estas operaciones”. “Lo mismo está ocurriendo en el norte de Texas, en la zona de explotación del Barnet Shale. Esta área geológicamente estable está siendo sacudida ahora por terremotos. Desde el 2008 se produjeron más de 50 temblores asociados a pozos inyectores en el área de Dallas-Fort Worth. Anteriormente no se había registrado ningún temblor”. Como vemos, la cita completa deja en claro que el aumento de la actividad sísmica –tal como no deja de reconocerlo el artículo de Cares y otros– está vinculada a la inyección de fluidos resultantes de la fracturación de pozos. Respecto de los impactos ambientales, vale la pena agregar, como señala el ingeniero en petróleo Eduardo D’Elia, los diferentes riesgos que presentan los pozos sumideros: “Estos pozos inyectores se van incrementando en la medida que los yacimientos se hacen más maduros y supeditan la inyección a la extracción de crudo. Las empresas productoras, ante la necesidad de deshacerse del agua de formación asociada al petróleo, comienzan a utilizar viejos pozos petroleros, algunos de la década del 60, y el riesgo de que éstos colapsen y el agua de formación termine en acuíferos de agua dulce es muy alto. Otra cosa es lo que ocurre en los pozos construidos específicamente para ser inyectores. Se perforan las formaciones hasta encontrar una porosa y permeable que admita el agua de formación en su estructura. Las fallas geológicas, que son fisuras entre las placas, están ‘secas’ y presentes en todas las formaciones geológicas, por lo que al mojarlas son lubricadas. Las placas, al perder adherencia, se desplazan unas con respecto a las otras generando manifestaciones en la superficie que van desde temblores a terremotos. A medida que se inyecta más agua, el o los desplazamientos continúan”. Asimismo, resulta singular que en un momento en el cual, a nivel mundial, se debaten los efectos de la manipulación tecnológica en las actividades extractivas y su relación con la generación de sismos, como sucede hoy en España (véase Clarín, 03/10/2013, Vinculan una operación gasífera con varios terremotos en España), los autores busquen minimizar, vía tecnicismos, la dimensión del debate. En segundo lugar, hay una cuestión que nos parece muy importante y es que, detrás del tecnicismo de la crítica, el objetivo de Cares y su equipo es imponer una definición simplificadora o reduccionista del fracking. Sucede que, al igual que los lobbistas de las empresas de petróleo y el gas (¡que no por casualidad replicaron de modo entusiasta dicha nota en sus sitios web!), los autores consideran al fracking sólo como “una técnica específica para la estimulación de ciertos reservorios de petróleo y gas, a fin de hacerlos comercialmente productivos”. Esta definición es muy reduccionista, pues incluye solamente el proceso puntual de la extracción, el momento en el cual la roca es fracturada, y oscurece de modo deliberado el proceso completo, esto es la posibilidad de comprender el fenómeno del fracking de un modo más sistémico, incluyendo los impactos que causa la extracción de gas y petróleo no convencional por medio de la fractura hidráulica en el ambiente, la salud y la comunidad. Hace unos años, el ingeniero Cares ya evidenciaba simplificación explicativa y reduccionismo epistemológico cuando nos contestaba en este mismo diario a propósito de nuestro libro sobre megaminería a cielo abierto (Svampa y Antonelli, “Minería transnacional, narrativas del desarrollo y resistencias sociales”, 2009), a través de la fórmula “minería a cielo abierto + cianuro”, como si la cuestión de la megaminería pudiera reducirse solamente al tema de si se emplea cianuro o no. Ahora pretende simplificar el abordaje del fracking reduciéndolo sólo a una cuestión puntual (estimulación hidráulica), retornando una y otra vez al tema de la sismicidad, como si éste fuera además la única arista del problema. Pero así como sostuvimos respecto de la megaminería que ésta remite a un modelo complejo, de múltiples efectos y dimensiones, hoy proponemos también una mirada más sistémica sobre el fracking, pues éste conlleva diferentes impactos ambientales, sanitarios y sociales que es necesario describir y caracterizar. Esto incluye, sin duda, pensar la relación entre extractivismo y estructura social. ¿Acaso podrían negarse los enormes impactos sociales y las reconfiguraciones territoriales que las actividades extractivas a gran escala (no sólo el fracking) producen en las sociedades locales? Con ello nos referimos a los procesos de destrucción y dislocación del tejido social y económico previo (como puede llegar a suceder en Allen, de continuar la expansión hidrocarburífera convencional y no convencional), a la exacerbación de problemáticas sociales (tal como lo señala el trabajo de Sebastián Barros, de la Unpat, acerca de la relación entre adicciones y trabajadores del petróleo, en Comodoro Rivadavia), a la proliferación de delitos como la trata, que muy probablemente se reproduzcan ya en localidades como Añelo y Rincón de los Sauces, y otras tantas cuestiones de índole económico y social que ya hemos analizado respecto de la consolidación de enclaves en nuestro libro “15 mitos y realidad de la megaminería” (2011). Así, resulta fundamental que en estos debates tengamos en cuenta el tipo de sociedad que se va generando al compás de la expansión del extractivismo dependiente y depredatorio, del cual precisamente el fracking constituye una nueva vuelta de tuerca. Pero para ello es necesario adoptar una mirada multidimensional y transdisciplinaria, que apunte además a leer las tendencias en el mediano y largo plazo, algo que los autores no están en condiciones ni siquiera de concebir, acantonados como están en un reduccionismo serial, a través de una definición interesadamente limitada de lo que es el fracking, a fin de “matizar” la crítica sobre sus numerosos impactos. Nuestro consejo a este tipo de miradas capciosas y unidimensionales, que sólo buscan ver el árbol para ocultar el bosque, es que traten de trabajar en equipo, pero interdisciplinariamente… Mientras tanto, en medio de tantas declaraciones triunfalistas, el fracking sigue avanzando en el territorio rionegrino y neuquino. Hace unos días, en Allen, denunciaron nuevos movimientos de camiones y maquinarias que indicarían que se estaría realizando otra vez fractura hidráulica en las chacras, pese a que existe una ordenanza local ya sancionada por la intendencia que lo prohíbe. La Asamblea del Comahue de defensa del Agua (APCA-Allen) presentó una nota intimando al municipio para que haga cumplir la ordenanza. Asimismo, en Neuquén, las comunidades mapuches continúan movilizadas para impedir que se realicen pozos de fracking a metros del lago Mari Menuco, que abastece de agua a toda la población neuquina… Y en ese mientras tanto, “los ídolos del fracking”, como denominó acertadamente en una carta de lectores Pablo Silveira (de APCA-Allen) a Cares y su equipo, buscan publicitar una “Ciencia Petrolera que parece haberse convertido en una religión cargada de dogmatismo, incapaz de cuestionar sus bases, creyéndose todopoderosa”. (*) Investigadora principal del Conicet y escritora (**) Presidente de la Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas


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