El regreso de Al-Qaeda
Si aún quedaban algunas dudas en cuanto a la clase de peligro que plantea Al-Qaeda a quienes no comulgan con sus prejuicios, o sea, a la mayoría abrumadora de los seres humanos, éstas fueron eliminadas de la manera más brutal cuando una agrupación que según el gobierno de Indonesia y las agencias de inteligencia de varios países está afiliada a la red terrorista dirigida formalmente por Osama ben Laden hizo estallar dos coche-bombas en un balneario de la isla de Bali, dando muerte a dos centenares de jóvenes mayormente australianos y europeos. El objetivo de los asesinos fue sencillo: matar a occidentales por el mero hecho de serlo y de este modo advertir a todos que no estarán a salvo en ninguna parte del mundo. Aunque es de suponer que habrá muchos que tratarán de atribuir la matanza a la política exterior estadounidense o a la pobreza, de esta forma justificándola, los ideólogos de Al-Qaeda no suelen perder el tiempo con tales razonamientos: se saben en guerra contra el Occidente como tal con el objetivo a largo plazo de someterlo a su versión despiadada del Islam. Por lo tanto, no les interesan los matices: desde su punto de vista un francés es tan «culpable» como un norteamericano y un argentino sería a su entender un blanco tan legítimo como un australiano o alemán.
Los habitantes de los países occidentales, obsesionados como están por sus propias diferencias internas, son naturalmente reacios a reconocer que los responsables del atentado contra las torres gemelas neoyorquinas del 11 de setiembre del año pasado no comparten sus preocupaciones. Además, quieren asegurarse de que el fanatismo ciego que hace que todos los integrantes sin excepción alguna de un grupo racial, nacional o religioso determinado sean considerados enemigos mortales que merecen morir es una aberración que ya hemos dejado atrás. Sin embargo, no existe motivo alguno para creer que éste sea el caso. Por el contrario, habría sido un auténtico milagro que una vez concluida la Guerra Fría todos los pueblos del mundo se hubieran vuelto tolerantes, aceptando que en adelante les convendría mucho más convivir en paz. Según todos los indicios en muchas partes del amplio mundo musulmán ya se han consolidado credos que son tan feroces y asesinos como las religiones militantes del Occidente cristiano y sus sucesores tardíos, el nazismo y el comunismo. Si bien Al-Qaeda y los movimientos afines son minoritarios, cuentan con suficiente apoyo popular como para sobrevivir a los intentos no muy vigorosos de gobiernos locales asustados de destruirlos. Aunque el gobierno indonesio de Megawati Sukarnoputri se ha afirmado dispuesto a actuar contra las bandas de terroristas islámicos que pululan en su país, sus esfuerzos en tal sentido ya habían sido criticados con dureza por Malasia, Singapur y Filipinas, además de Estados Unidos.
Enfrentarse a la amenaza supuesta por el fascismo islamista, porque es de esto que se trata, no está resultando nada fácil para sociedades que están más acostumbradas a la autocrítica que a la autodefensa contra quienes reivindican valores que les son no sólo radicalmente ajenos sino también totalmente incompatibles con su estilo de vida. Sin embargo, ya es evidente que las autoridades de todos los países que conforman la «comunidad internacional» tendrán que intensificar la lucha contra el terrorismo islamista cuyas células han proliferado tanto en el Medio Oriente y el sur de Asia como en partes de Europa y las Américas. Puesto que lo que están reclamando Al-Qaeda y agrupaciones similares es nada menos que la virtual desaparición del Occidente, negociar con ellas es claramente imposible. En cuanto a la idea de que nos convendría más preocuparnos por «las causas básicas del terrorismo» que, conforme a quienes insisten en proponer dicha «estrategia», será la brecha que separa a los pobres de los ricos, se trata de una manifestación más de ingenuidad occidental: si la historia de nuestra especie nos ha enseñado algo, esto es que los fanatismos más peligrosos casi siempre se han inspirado en factores que tienen menos que ver con la economía que con convicciones religiosas, el orgullo étnico o la voluntad de obligar a los demás a reconocer la supremacía de una comunidad determinada.
Si aún quedaban algunas dudas en cuanto a la clase de peligro que plantea Al-Qaeda a quienes no comulgan con sus prejuicios, o sea, a la mayoría abrumadora de los seres humanos, éstas fueron eliminadas de la manera más brutal cuando una agrupación que según el gobierno de Indonesia y las agencias de inteligencia de varios países está afiliada a la red terrorista dirigida formalmente por Osama ben Laden hizo estallar dos coche-bombas en un balneario de la isla de Bali, dando muerte a dos centenares de jóvenes mayormente australianos y europeos. El objetivo de los asesinos fue sencillo: matar a occidentales por el mero hecho de serlo y de este modo advertir a todos que no estarán a salvo en ninguna parte del mundo. Aunque es de suponer que habrá muchos que tratarán de atribuir la matanza a la política exterior estadounidense o a la pobreza, de esta forma justificándola, los ideólogos de Al-Qaeda no suelen perder el tiempo con tales razonamientos: se saben en guerra contra el Occidente como tal con el objetivo a largo plazo de someterlo a su versión despiadada del Islam. Por lo tanto, no les interesan los matices: desde su punto de vista un francés es tan "culpable" como un norteamericano y un argentino sería a su entender un blanco tan legítimo como un australiano o alemán.
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