El show del Boden
Al celebrar en la Bolsa de Comercio porteña la cancelación del Boden 2012, la cuota final del bono que se emitió cuando imperaba el “corralito”, tratándola como un hito en la saga triunfal del “desendeudamiento” cuyos capítulos iniciales fueron escritos por su marido, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner pudo señalar que la deuda en dólares del sector público nacional apenas llega al 8,4% del producto bruto interno. En comparación con casi todos los países desarrollados, la deuda pública argentina es minúscula, del 41,8% del PBI anual según las cifras oficiales, luego de haber alcanzado el 166,4% en medio de la convulsión catastrófica que fue desatada por el colapso de la convertibilidad, mientras que en buena parte de Europa y Estados Unidos ya ronda el 100% y, a pesar de los programas draconianos de austeridad que conforme a los gobiernos están en marcha, parece destinada a continuar aumentando, lo que con toda seguridad hará sumamente difícil la eventual recuperación de las economías de lo que aún es el Primer Mundo. Con todo, si bien resulta innegable que el nivel de endeudamiento de un país constituye un factor importante, dista de ser el único que es necesario tomar en cuenta: si lo fuera, a nadie se le ocurriría creer que la economía argentina esté pasando por una etapa muy problemática, pero sucede que ya ha entrado en recesión, o está por hacerlo, la tasa de inflación se acerca poco a poco al 30% anual, hay señales de que la desocupación propende a aumentar y el cepo cambiario más una multitud de barreras proteccionistas están provocando graves dificultades en distintos sectores. Asimismo, un motivo por el que el país ha conseguido “desendeudarse” consiste en la negativa de los inversores internacionales a prestarle dinero a tasas que no sean propias de usureros porque el índice “riesgo país” de la Argentina sigue siendo más alto que los de España e Italia. Algunos optimistas esperaban que la presidenta aprovechara la oportunidad brindada por el pago del Boden 2012 para decir que el gobierno relajaría los controles que tanto están perjudicando “el aparato productivo” y que, por fin, intentaría frenar la inflación, pero, claro está, se limitó a defender su propia gestión, afirmando, entre otras cosas, que “es virtuoso venir aquí a anunciar este pago al mismo tiempo que anunciamos un aumento en las jubilaciones, cuando el mundo se está derrumbando”. ¿Virtuoso? Hasta cierto punto, puesto que es muy positivo que la jefa de un movimiento cuyos líderes anteriores habían festejado hace poco más de diez años el default unilateral crea que es bueno honrar las deudas, opinión que no comparten aquellos dirigentes opositores como Elisa Carrió que protestaron contra lo que a juicio de la excandidata presidencial es “una colosal transferencia de dólares a los especuladores del sistema financiero”. En cuanto al aumento del 11,4% de la jubilación mínima, su magnitud aparente sorprendería a las autoridades del “mundo que se está derrumbando” si no fuera por el hecho de que en aquellos países desafortunados la tasa de inflación suele ser por lo menos diez veces inferior a la registrada en la Argentina. Como ya es su costumbre, durante su visita a la Bolsa de Comercio la presidenta reivindicó los controles económicos en términos generales, como si se tratara de un tema ideológico, cuando lo que preocupan a los críticos del gobierno son ciertas medidas determinadas. Tiene razón Cristina cuando dice que “siempre hay regulación”, pero también la tiene el presidente de la Bolsa, Adelmo Gabbi, al insistir en que a veces los controles “asfixian” a sectores de la economía. Es comprensible que en tales ocasiones Cristina sea reacia a entrar en detalles, ya que ningún mandatario puede mantenerse al tanto de todo cuanto está sucediendo en una economía nacional, pero acaso sería mejor que prestara más atención a las quejas de aquellos empresarios que se animan a formularlas y menos a los ideólogos militantes un tanto rudimentarios que, según parece, llevan la voz cantante en el círculo áulico presidencial, personas que están a favor de la intervención estatal por principio pero que, como en los casos del secretario de Comercio Guillermo Moreno y su rival, el viceministro Axel Kicillof, no manifiestan demasiado interés en el impacto concreto de sus esfuerzos en tal sentido.
Al celebrar en la Bolsa de Comercio porteña la cancelación del Boden 2012, la cuota final del bono que se emitió cuando imperaba el “corralito”, tratándola como un hito en la saga triunfal del “desendeudamiento” cuyos capítulos iniciales fueron escritos por su marido, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner pudo señalar que la deuda en dólares del sector público nacional apenas llega al 8,4% del producto bruto interno. En comparación con casi todos los países desarrollados, la deuda pública argentina es minúscula, del 41,8% del PBI anual según las cifras oficiales, luego de haber alcanzado el 166,4% en medio de la convulsión catastrófica que fue desatada por el colapso de la convertibilidad, mientras que en buena parte de Europa y Estados Unidos ya ronda el 100% y, a pesar de los programas draconianos de austeridad que conforme a los gobiernos están en marcha, parece destinada a continuar aumentando, lo que con toda seguridad hará sumamente difícil la eventual recuperación de las economías de lo que aún es el Primer Mundo. Con todo, si bien resulta innegable que el nivel de endeudamiento de un país constituye un factor importante, dista de ser el único que es necesario tomar en cuenta: si lo fuera, a nadie se le ocurriría creer que la economía argentina esté pasando por una etapa muy problemática, pero sucede que ya ha entrado en recesión, o está por hacerlo, la tasa de inflación se acerca poco a poco al 30% anual, hay señales de que la desocupación propende a aumentar y el cepo cambiario más una multitud de barreras proteccionistas están provocando graves dificultades en distintos sectores. Asimismo, un motivo por el que el país ha conseguido “desendeudarse” consiste en la negativa de los inversores internacionales a prestarle dinero a tasas que no sean propias de usureros porque el índice “riesgo país” de la Argentina sigue siendo más alto que los de España e Italia. Algunos optimistas esperaban que la presidenta aprovechara la oportunidad brindada por el pago del Boden 2012 para decir que el gobierno relajaría los controles que tanto están perjudicando “el aparato productivo” y que, por fin, intentaría frenar la inflación, pero, claro está, se limitó a defender su propia gestión, afirmando, entre otras cosas, que “es virtuoso venir aquí a anunciar este pago al mismo tiempo que anunciamos un aumento en las jubilaciones, cuando el mundo se está derrumbando”. ¿Virtuoso? Hasta cierto punto, puesto que es muy positivo que la jefa de un movimiento cuyos líderes anteriores habían festejado hace poco más de diez años el default unilateral crea que es bueno honrar las deudas, opinión que no comparten aquellos dirigentes opositores como Elisa Carrió que protestaron contra lo que a juicio de la excandidata presidencial es “una colosal transferencia de dólares a los especuladores del sistema financiero”. En cuanto al aumento del 11,4% de la jubilación mínima, su magnitud aparente sorprendería a las autoridades del “mundo que se está derrumbando” si no fuera por el hecho de que en aquellos países desafortunados la tasa de inflación suele ser por lo menos diez veces inferior a la registrada en la Argentina. Como ya es su costumbre, durante su visita a la Bolsa de Comercio la presidenta reivindicó los controles económicos en términos generales, como si se tratara de un tema ideológico, cuando lo que preocupan a los críticos del gobierno son ciertas medidas determinadas. Tiene razón Cristina cuando dice que “siempre hay regulación”, pero también la tiene el presidente de la Bolsa, Adelmo Gabbi, al insistir en que a veces los controles “asfixian” a sectores de la economía. Es comprensible que en tales ocasiones Cristina sea reacia a entrar en detalles, ya que ningún mandatario puede mantenerse al tanto de todo cuanto está sucediendo en una economía nacional, pero acaso sería mejor que prestara más atención a las quejas de aquellos empresarios que se animan a formularlas y menos a los ideólogos militantes un tanto rudimentarios que, según parece, llevan la voz cantante en el círculo áulico presidencial, personas que están a favor de la intervención estatal por principio pero que, como en los casos del secretario de Comercio Guillermo Moreno y su rival, el viceministro Axel Kicillof, no manifiestan demasiado interés en el impacto concreto de sus esfuerzos en tal sentido.
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