El sueño de la integración

Por Redacción

Al igual que muchos otros políticos tanto en su propio país como en el resto de América del Sur, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva cree que, de ampliarse y consolidarse el Mercosur con la incorporación de Perú, Colombia, Venezuela y otros países, la región podría cumplir un papel mucho más influyente en el escenario internacional y negociar en términos más favorables con Estados Unidos, razón por la que ha emprendido una ofensiva diplomática con el propósito de impulsar la integración continental. Sin embargo, aunque es probable que Lula consiga que los mandatarios vecinos firmen los acuerdos que les está proponiendo, tal éxito no necesariamente significaría que el proyecto ambicioso que tiene en mente esté por convertirse en realidad. En las décadas últimas, los pactos regionales de este tipo han proliferado casi tanto como las reformas constitucionales, sin producir los resultados deseados. En aquellos casos en los que el intercambio entre dos o más países de la región sí ha aumentado de forma notable, hubiera sido posible lograr el mismo resultado mediante un sencillo acuerdo comercial. Asimismo, podría argüirse que el fenómeno internacional conocido como “globalización” ha hecho más por la integración regional que todos los discursos pronunciados por dirigentes políticos latinoamericanistas y todos los tratados bilaterales o multilaterales que se hayan elaborado a fin de superar las diferencias entre los diversos países.

Por desgracia, el amor de los políticos y de sus asesores por los proyectos grandiosos que, dicen, posibilitarían la transformación de América Latina o, cuando menos, de América del Sur en un bloque monolítico con una población que se cuente por centenares de millones y un mercado muy promisorio, nunca ha estado acompañado por una pasión comparable por solucionar los engorrosos problemas jurídicos y burocráticos planteados por la integración económica primero y después, política, social y hasta cultural, de países que a pesar de tener mucho en común distan de ser idénticos. Así las cosas, es previsible que al surgir contratiempos el edificio de apariencia imponente que se ha construido resulta ser muy precario. También lo es que las declaraciones optimistas según las cuales el Mercosur no sólo está floreciendo sino que está por adoptar una moneda común e incluso dotarse de un parlamento alternan con otras negativas conforme a las que todo podría desmoronarse a raíz de un conflicto acerca de la importación de zapatos o trigo. Por ahora, los optimistas parecen llevar la voz cantante, pero no extrañaría que de multiplicarse las reyertas comerciales entre el Brasil y la Argentina los pesimistas volvieran a la carga.

Además de las dificultades imputables a una tradición política en la que una declaración grandilocuente no siempre se ve seguida por realizaciones concretas, los partidarios de la integración sudamericana tendrán que hacer frente a obstáculos propios del atraso económico. Mientras que los países que conformarían el núcleo de lo que sería la Unión Europea eran, no obstante sus instintos proteccionistas, relativamente “competitivos” cuando aceptaron reducir las barreras internas, no lo son la Argentina, el Brasil, Uruguay o Paraguay, de suerte que en ellos abundan los sectores que ni siquiera están en condiciones de sobrevivir a un esfuerzo exportador por parte de sus vecinos, sobre todo si éstos, como sucede con cierta frecuencia, se ven coyunturalmente beneficiados por una moneda agresivamente devaluada. Para muchos empresarios de nuestro país, la eliminación, luego de una devaluación oportuna del real, de todas barreras internas en el marco del Mercosur sería un golpe mortal.  Otro problema muy grave es el planteado por la asimetría -Brasil es muy grande, la Argentina es una potencia mediana, mientras que Uruguay y Paraguay son países muy pequeños-, que hace que la unificación en serio supondría un desafío que en ciertos sentidos es aún mayor que el enfrentado por los europeos aunque, por hablar virtualmente todos los sudamericanos lenguas afines y por compartir variantes de las mismas tradiciones políticas, religiosas y culturales, se da una propensión muy natural a subestimar radicalmente la importancia de las dificultades en el camino.


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