El turno de Santa Fe
El gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner ya entendía que podían esperarle reveses electorales en Capital Federal y la provincia de Santa Fe, pero nada lo había preparado para lo que efectivamente ocurriría. En la ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri triunfó sobre el kirchnerista Daniel Filmus en la primera vuelta por un margen muy superior al previsto por los simpatizantes más optimistas de PRO, mientras que en Santa Fe el humorista profesional Miguel del Sel, que para más señas alardea de su falta de experiencia política, terminó aventajando a uno de los dirigentes más notorios, y más belicosos, del oficialismo, Agustín Rossi, por trece puntos. Para su propio alivio, Del Sel no consiguió derrotar al progresista Antonio Bonfatti, hazaña que lo hubiera obligado a asumir como gobernador, una tarea que con toda seguridad no está en condiciones de emprender, pero la diferencia fue tan escasa que el actual gobernador y candidato presidencial Hermes Binner también tiene motivos para preocuparse. Antes de la jornada electoral en Santa Fe, se suponía que Del Sel y Rossi estaban virtualmente empatados pero, tal y como sucedió en Capital, el resultado mostró que la mayoría de los encuestadores había exagerado groseramente las posibilidades de los candidatos kirchneristas. ¿Se trata de un fenómeno que es meramente local, atribuible a factores que no incidirán en el resto del país, o es que en verdad Cristina dista de ser tan popular como se las han arreglado para hacer pensar sus partidarios? Por cierto, de repetirse en octubre lo que acabamos de ver en Capital Federal y Santa Fe, a la presidenta le aguardaría un balotaje sumamente difícil en que el candidato opositor mejor ubicado, el que a esta altura parece destinado a ser el radical Ricardo Alfonsín, llevaría las de ganar no tanto por sus propios méritos sino porque una proporción sustancial del electorado aprovecharía la oportunidad para castigar al kirchnerismo. Aunque Del Sel fue beneficiado por la voluntad de muchos peronistas santafesinos, en especial los comprometidos con el senador Carlos Reutemann, de protestar contra lo que toman por el intento de Cristina de transformar el movimiento en que militan en una especie de secta dominada por los jóvenes de La Cámpora, su triunfo sirvió para agrandar todavía más la figura de Macri que, por obra del electorado primero de Capital y después de Santa Fe, está consolidando su posición como líder de la principal alternativa nacional al kirchnerismo. Puede que su influencia se reduzca abruptamente luego de las primarias de agosto, ya que no se incluye en la lista de candidatos presidenciales, pero aspirantes que siguen en carrera como Eduardo Duhalde, Alfonsín y hasta Elisa Carrió ya no lo tratan como un “derechista” representante de lo peor del “capitalismo salvaje” que ocupa un lugar más allá de los límites de lo tolerable. Tal estereotipo sólo reflejaba los prejuicios de buena parte de la clase política nacional, ya que conforme a las pautas internacionales Macri es un centrista de actitudes levemente conservadoras, pero parecería que los recientes resultados electorales han obligado a muchos a modificar sus opiniones. Para el gobierno el fracaso espectacular de Rossi, que obtuvo un magro 22,2% de los votos, fue una píldora amarga. Entre otras cosas, le advirtió a la presidenta Cristina que no es transferible su presunto poder de convocatoria. Asimismo, el que Del Sel se haya acercado tanto a Bonfatti pone en duda las perspectivas frente a Binner, que había anticipado un margen de victoria muy superior al 3,9%. Si bien Binner conserva la aprobación de sus comprovincianos, en el resto del país pocos lo conocen, de suerte que corre el riesgo de que su candidatura presidencial resulte ser a lo sumo testimonial y que, al dividir el voto opositor progresista, sea funcional a Cristina. No será lo que Binner se ha propuesto, pero no puede sino entender que el arma más poderosa en manos del oficialismo sigue siendo la fragmentación de una oposición en que las rivalidades, y las ambiciones personales, inciden más que las eventuales preferencias ideológicas o la forma de hacer frente a los muchos problemas que tendrá que enfrentar el gobierno surgido de las elecciones del 23 de octubre o, si resulta necesario, del balotaje del 20 de noviembre.