El vacío del fin de los Juegos Olímpicos
El fin de los Juegos significa un momento de nostalgia. Durante 16 días, cada cuatro años, se vive una experiencia mágica. Desde la monumental fiesta inaugural hasta el apagado del pebetero olímpico, la rutina recibe un mazazo, en manos de un espectáculo que despierta la sensibilidad.
Es particularmente estimulante ver como hombres y mujeres se baten por superarse a sí mismos. El esfuerzo, la pasión, la pertenencia a la tierra donde se nace son brisas de esas que erizan la piel.
Cuestiones todas que exaltan lo mejor del ser humano. Así el deporte cumple con una función inspiradora para el hombre de a pie. La de demostrar que vale la pena levantarse todas las mañanas, cuando se tiene un objetivo por delante.
Historias como la de Santiago Lange, de 54 años, que se mudó a Río para pergeñar cada detalle de su preparación, tras superar un cáncer de pulmón, o los pucheros de la “Dra”. Paula Pareto luego de mostrar sus garras en el tatami son imágenes ante las que no se puede permanecer indiferente.
Menos aun cuando al día siguiente de su logro se ve al regatista lavar el bote de sus hijos o a la Peque alentar desde la tribuna a cada uno de sus compatriotas.
Imposible será olvidar la coronación de Los Leones frente a Bélgica por 4-2. Merecida recompensa para un deporte que, en su versión masculina, fue ceniciento por años y hoy logra por primera vez subir al pedestal olímpico.
El descomunal esfuerzo de Delpo o la despedida de la Generación Dorada fueron otros picos de emotividad que no podrán borrarse de las retinas.
Aun en la derrota, el deporte deja un mensaje educativo, del que debiéramos tomar nota; principalmente en el fútbol, donde el sentirnos los mejores del mundo sin una preparación seria ha hecho mucho daño.
Fuera de Argentina, observar a monstruos como Usain Bolt, Michael Phelps, Simone Byles o la estética que propone cada deporte es un obsequio a la vista.
Pensar en volver a casa y no ver en la pantalla a toda esta gente que ha alegrado la vida de muchos da una sensación de vacío.
Habrá que esperar cuatro años, o al aperitivo de los Juegos Panamericanos o los de la Juventud de Buenos Aires 2018, sabiendo que desde que se apagó la antorcha ya hay gente entrenando en los gimnasios, nadando en las piletas o trotando en las pistas, soñando con sorprender al mundo en Tokio 2020.
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