El Vaticano, desde el papa Borgia al papa Bergoglio

Francisco ironizó en Brasil sobre quienes quieren que los curas puedan casarse. Se manifestó así a favor del celibato impuesto por el concilio de Trento, arrasado por los papas que instalaron los placeres sexuales en la casa del apóstol Pedro. Y, como sus antecesores, no quiere saber nada de que las mujeres puedan igualar a los hombres oficiando la misa.

Por Redacción

JORGE GADANO jagadano@yahoo.com.ar

Lucrecia Borgia fue llamada “la prostituta del Vaticano” sólo porque, en lugar de reprimirse y rezar a Dios para que la apartara del pecado, se llevaba a la cama a los hombres que le gustaban. Muy probablemente en la Italia del siglo XVI muchas mujeres se dejaban arrastrar por impulsos pecaminosos extramatrimoniales. Pero no pasaban a la historia por eso. Bien sabido es que el relacionado con el sexo es el peor de los pecados y que por tal “razón” quien no se arrepiente, sobre todo si es mujer, va seguro al infierno. Pero había, hay, un remedio: el arrepentimiento expresado en palabras contritas ante un confesor habilitado para absolver abría el camino a la felicidad eterna. Estas mujeres del común no eran tenidas como “prostitutas” porque, aunque pertenecieran a familias nobles, pecaban con discreción y lograban así permanecer en el anonimato. La desgracia de Lucrecia fue su condición de “mujer pública” (en todo el sentido de la palabra) debido a que su papá Rodrigo fue ungido como papa en 1492. Es comprensible, por lo tanto, que por más empeño que Lucrecia pusiera en ocultar sus aficiones no haya podido mantener el secreto. Rodrigo Borgia ocupó el sillón pontificio en 1492 –el mismo año en que Cristóbal Colón, en viaje hacia las Indias, tropezó con la isla caribeña que los aborígenes llamaban Guanahani– y llevó al Vaticano a toda su numerosa familia, incluida la madre de Lucrecia, Vannozza Cattanei, y de otros tres hijos de la pareja. Como ya entonces era de rigor, cambió su nombre y apellido por otro nombre sin apellido, Alejandro VI. Como cualquier monarca de la época –Enrique VIII de Inglaterra se casó con Catalina de Aragón para extender su dominio a España–, Alejandro casó a Lucrecia, de 14 años, con Giovanni Sforza, en pos de una alianza con la noble familia que gobernaba en Milán. Pero el matrimonio fue un desastre y las relaciones entre las familias Borgia y Sforza empeoraron hasta hacerse insostenibles. Aquí ingresa en esta historia de la Santa Madre Iglesia otro famoso Borgia, César, de quien se dice o decía que mantenía relaciones amorosas con Lucrecia, inobjetables de no haber sido por el hecho de que se trataba de su hermana. César era un monstruo de celos –y de una que otra barrabasada registrada en su biografía–, lo que motivó que una noche sorprendiera a su cuñado durmiendo y lo estrangulara. Para peor, a todo esto Lucrecia se internaba en las noches romanas de la mano de Giulia Farnese, una de las amantes de su papá. Como no deseaba nietos, el pontífice recluyó a su hija en un convento, del que la sacó –después de anular las nupcias con Giovanni, tenido por impotente– para unirla en un nuevo y sagrado matrimonio con Alfonso de Aragón, hijo del rey de Nápoles. ¿Y qué pasa ahora? El papa argentino quiere una Iglesia casta, formada por hombres que, al aceptar el celibato, den ejemplo de su rechazo a la tentación diabólica y así ganen autoridad para abrir las puertas del cielo a quienes enfrentan al pecado. La Iglesia romana de hoy, cinco siglos después del papa Borgia y otros alegres del siglo XVI como Inocencio, Julio, Pablo III, Pío IV y Gregorio XIII, sólo admite el sexo para la reproducción. El sexo como goce, vedado a todo buen católico por pecaminoso, es el camino al infierno. Así y todo, suman cientos los clérigos que se encariñan demasiado con los niños. De algunos, como Grassi, se sabe. De otros no. Otra declaración papal, ya en viaje de regreso a Roma, fue la dedicada a los homosexuales. Cayó bien porque dijo que “si alguien es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarlo?”. Lo que omitió decir –tal cual lo recuerda el periodista Washington Uranga– es que el catecismo católico prescribe que “las personas homosexuales están llamadas a la castidad”. Así no tiene gracia.