El vértigo de lo impredecible en los cuentos de Bruno Petroni

El autor en su nuevo libro editado por Mil Botellas, continúa una línea narrativa que inició en su libro “Los chicos y las guerras” (2011).

Por Redacción

LIBROS

La imagen de una mujer con una torta de crema y frutillas en las manos entrando a una cárcel, podría ser la síntesis de un libro agridulce como “La revolución de los justos”, de Bruno Petroni, en cuyos cuentos los personajes tratan de hacer pie, con pasos de murga, sobre una atmósfera tapizada de escombros.

En su nuevo libro editado por Mil Botellas, Petroni, (Buenos Aires, 1984), continúa una línea narrativa que inició en su libro “Los chicos y las guerras” (2011), en la cual los personajes –varios de ellos jóvenes y niños- descifran con palabras, dibujos y ojos escrutadores, una vidriera cambalachera que preanuncia un fondo apocalíptico.

En la contratapa de “La revolución de los justos”, el escritor Jorge Consiglio, señala que “la escritura de Petroni –cierta y mordaz- reúne, en un solo movimiento, la temperatura límite de la tradición rioplatense y la cadencia sincopada de la modernidad (…) En estos textos no hay zonas seguras; el quid de la escena es lo inestable”.

En diálogo con Telam, Petroni, amplía la presencia de “esa mirada infantil”: “Un recurso clásico –explica- que gracias a la inocencia, desenmascara lo normalizado. O la mirada adolescente que, desde la rebeldía más absurda, llega al mismo puerto. Pero no pienso el recurso antes de la escritura, ni elijo personajes niños o adolescentes porque me van a ayudar a mostrar el mundo desde determinado lugar”.

Hablame de tus lecturas, tus vecindades, tus influencias.

No soy un lector fiel, salto de autor en autor y de época en época con cierta impunidad sin concentrarme en la obra de un escritor determinado. Ciertos autores clásicos de Estados Unidos son los que más me gustan: Salinger, Carver, Hemingway, Pynchon, aunque me cuesta encontrar sus influencias en mi escritura. Creo que están ahí, pero no se dejan ver. Quizás Thomas Pynchon es el que más me influenció (o al que más le robé).

En tus relatos se respira vidrio molido y todo está en el borde.

Estoy de acuerdo. Pero cuando escribo no tengo la intención de generar esa atmósfera; los cuentos toman esa dirección. Me van llevando hacia ese clima espeso.

Das paso a lo carnavalizado: ritos y festividades con ribetes absurdos y pasos de murga; zonas donde lo corriente es lo insólito.

Sí, mis cuentos tienen esa cosa de circo, de fiesta triste. Pero ese carnaval saturado no intenta ser una posición política cínica, nihilista; surge por mi dificultad de incorporar esa realidad con un orden lógico. Yo entiendo lo que sucede hasta que se me vuelve confuso y después absurdo. Es una dificultad personal que le contagio a mis personajes y, desde su óptica, a la realidad de mis cuentos.

Hay además rasgos marcados de impiedad, de abatimiento…

No me parece que la literatura sea el lugar de la esperanza. No puedo trabajar desde ese lugar. Diría que mi literatura nace desde la desconfianza y ahonda hasta encontrarse con que esa desconfianza tenía fundamentos. Los fundamentos son esa truculencia que está ahí escondida, atrás de un discurso o de un buen gesto desinteresado.

En la misma dirección se percibe algo como de cosa revuelta, de caos actual, de ciudad violenta, de tejido social fragmentado.

Puede que esa sensación la genere la percepción de lento apocalipsis y la escritura en presente. Habría que ver que si hay escombros es porque antes hubo construcciones sólidas. No sé si mis cuentos proponen un pasado mejor, en el que el mundo funcionaba y que luego arruinamos; no pienso eso, me gustaría que no fuera así.

Impacta alguna imagen muy reveladora y sentida, como la del niño que le lleva a su padre preso, un copo de nieve en el bolsillo.

Creo que la diferencia con mi primer libro, es que en éste asoman algunas fisuras dentro de lo sórdido, de lo horroroso que construyo. Eso me gusta. Ahora, no sé si es “esperanza” la palabra que aparece en estas fisuras. Me gusta una un poco más truculenta (ya que estamos) para pensar estos momentos: “salvación”.

En varios textos asoma la figura del padre ausente…

Eso es algo que no domino, simplemente aparece. Se repite en varios cuentos, pero esa repetición no es parte de un plan literario. Es, más bien, un síntoma.

Tu lenguaje enhebra con fluidez, diálogos cortajeados que atraviesan con un tono revulsivo y mordaz, escenas parceladas. .

Eso sí es una búsqueda consciente. Por eso también utilizo el tiempo presente en todos los cuentos del libro. Me gustaría que el lector sienta el vértigo de lo imprevisible, que no domina la situación; una amenaza constante que se presenta y se modifica línea a línea. Pero sin engaños de un narrador que distribuye información, narrando en pasado, para mantener al lector inquieto. Sino desde narradores personajes en presente, que no saben qué va a pasar.

-A ratos este lenguaje toma la cuerda del policial: frases cortas, oralidad extendida y trama dialogada fluida, ¿estás de acuerdo?

Más que en el policial, pienso en el thriller. A partir de esos elementos que nombrás y el uso del tiempo presente intento ir cargando de intensidad a mis cuentos. El encierro, la opresión o ese alucinamiento de mis personajes quiero que se note sin que el cuento tenga que explicitarlo. Esa es la búsqueda. Poner al lector al borde del abismo a partir del ritmo, de la plasticidad de las voces.


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