El virus político
Para que la democracia se consolidara, fue necesario despolitizar las Fuerzas Armadas, tarea ésta que emprendió con convicción el presidente Raúl Alfonsín y que continuó, a pesar de sus vacilaciones iniciales, su sucesor, Carlos Menem. Lo hicieron porque entendían que en la democracia no hay lugar para un partido político que esté armado hasta los dientes y que, en ciertas circunstancias, puede aprovechar su monopolio del armamento pesado para apoderarse del país. Los militares mismos también optaron por el profesionalismo apolítico no sólo porque la experiencia reciente les había enseñado que no estaban en condiciones de gobernar la Argentina con éxito, sino también porque se habían enterado de que la politización es incompatible con la disciplina. Puesto que, en una sociedad democrática, las distintas alternativas políticas o ideológicas son forzosamente opinables, de comprometerse una fracción militar con una línea determinada, quienes simpatizan con otras se atribuirán el derecho a oponérsele. Es lo que ha sucedido con frecuencia en la historia del país al enfrentarse azules y colorados, nacionalistas y liberales, peronistas y antiperonistas, profesionalistas y militares ambiciosos que sueñan con una carrera en política. Parecería que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner siente tanta nostalgia por la década de los setenta del siglo pasado que cree que el país se vería beneficiado si se reanudara la interna castrense. El que el nuevo jefe del Ejército, el teniente general César Milani, haya sido acusado de violar los derechos humanos cuando era un oficial joven es menos grave que su pretensión declarada de desempeñar un papel en el escenario político. En la Argentina de hace más de treinta años muchas personas, entre ellas algunas que andando el tiempo participarían de movimientos políticos presuntamente respetuosos de los derechos humanos, cometían crímenes aberrantes. En un Ejército profesional integrado al sistema democrático, “los represores” de otros tiempos no tendrán oportunidades para reincidir, pero en uno politizado sí podrían hacerlo, sobre todo si, como Milani, se sienten tentados por una variante del fascismo, en su caso el ideario “nacional y popular” que impulsan Cristina y los militantes de La Cámpora que “van por todo”. Se trata de una ideología un tanto rudimentaria que es maniquea por naturaleza. Sus adherentes insinúan, cuando no lo dicen con todas las letras, que quienes no comparten sus ideas son traidores a la patria que se han vendido a intereses extranjeros, lo que, desde el punto de vista de los más vehementes, sería más que suficiente como para justificar una ofensiva violenta para que el país quedara libre de los elementos foráneos que a su juicio lo infestan. Dadas las circunstancias, lo último que necesita la Argentina hoy en día es un Ejército encabezado por un general de ideas políticas explícitas. Es inevitable que Milani trate a sus subordinados según criterios políticos, favoreciendo a los “nacionales y populares” que apoyan al kirchnerismo y discriminando en contra de los sospechosos de preferir otras opciones, castigándolos porque no le gustan sus opiniones. Para hacer todavía más peligrosa la situación que se ha creado, nadie, con la eventual excepción de Cristina, ignora que el kirchnerismo está batiéndose en retirada y que, en los meses próximos, la crisis económica y social que se las ha ingeniado para provocar podría marginarlo. En tal caso, la adhesión de Milani al “proyecto” kirchnerista le costaría el respeto por su autoridad de virtualmente todos los uniformados que, claro está, no querrían arriesgar su propio futuro apostando por un “modelo” fracasado. Puede que el abrazo efusivo del credo presidencial por parte de Milani sólo se haya debido a su voluntad de congraciarse con Cristina por motivos personales, pero así y todo cometió un error que amenaza con tener consecuencias nefastas. Al proclamarse resuelto a hacer del Ejército la rama armada de un movimiento político, el teniente general ha sembrado las semillas de una multitud de problemas tanto para los militares mismos como para el resto del país. Lejos de facilitar la reconciliación tan insensatamente demorada de las Fuerzas Armadas con la ciudadanía civil, a menos que abandone su propio “proyecto” político, sólo hará aún mayor el foso que las separa.
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