Embrollo electoral británico
Justo cuando todos los mercados financieros del mundo caían en picada por temor a que la crisis griega provocara la implosión de la Eurozona, los resultados de las elecciones británicas sirvieron para intensificar todavía más la incertidumbre. Aunque los conservadores de David Cameron aventajaron con comodidad a sus rivales laboristas, no ganaron los escaños parlamentarios suficientes para formar un gobierno sin la ayuda de los liberales demócratas o integrantes de partidos regionales, los que podrían optar por aliarse con el laborismo del actual primer ministro Gordon Brown que, si bien perdió más de noventa escaños, parece resuelto a intentar aferrarse al poder. En otras partes del mundo, las coaliciones gubernamentales conformadas por representantes de distintos partidos son normales, pero en el Reino Unido lo que se llama un “Parlamento colgado” –es decir de minorías– suele dar pie a un gobierno muy débil, ya que el primer ministro se ve obligado a negociar con socios que, como es natural, querrán concesiones importantes a cambio de su apoyo. Puesto que de acuerdo común lo que necesita el Reino Unido es un gobierno fuerte que esté en condiciones de poner orden en las finanzas públicas, muchos se sienten alarmados por la probabilidad de que el país se enfrente a un período en que, de agravarse los problemas económicos, se convierta en el epicentro de una tormenta financiera mundial mucho más peligrosa que la desatada por Grecia. Lo mismo que los gobiernos de otros países, entre ellos Estados Unidos, el de Brown reaccionó frente a la debacle financiera de la segunda mitad del 2008 aumentando drásticamente el gasto público, lo que en su caso hizo subir el déficit fiscal del 3 al 13%. A juicio de algunos keynesianos, dadas las circunstancias se trataba de la mejor forma de atenuar el impacto del estallido bancario sobre “la economía real” y una vez recuperada la confianza a los británicos les resultaría relativamente fácil restaurar el equilibrio de antes. En cambio, otros prevén que las consecuencias de la estrategia elegida por Brown sean catastróficas a menos que “los mercados” se convenzan muy pronto de que está por instrumentarse un ajuste sumamente severo. Aunque los líderes de los partidos principales –el conservador Cameron, el laborista Brown y el liberal demócrata Nick Clegg– coinciden en que tarde o temprano será forzoso recortar el gasto público, los dos últimos preferirían demorar la puesta en marcha de un programa de austeridad draconiano por miedo a que su país caiga nuevamente en recesión. En teoría dicho planteo parece razonable, pero desgraciadamente para los británicos, y para muchos otros, no hay ninguna garantía de que los mercados financieros compartan su opinión. El que merced al embrollo electoral la libra esterlina haya perdido valor frente al euro no ayuda a estimular el optimismo. Por motivos comprensibles, mientras duró la campaña electoral Cameron, Brown y Clegg dieron a entender que estaban a favor de reducir el déficit pero se negaron a entrar en detalles sobre cómo se proponían hacerlo por no asustar a los muchos votantes que se verían perjudicados por los cortes que es de suponer tenían en mente. Puesto que las elecciones no sirvieron para aclarar el panorama, seguirán siendo reacios a comprometerse. ¿Podrán permitirse el lujo de continuar anteponiendo sus esfuerzos por seducir al electorado a la necesidad de desactivar cuanto antes la bomba financiera que se ha construido? No tardaremos en saber la respuesta. De difundirse entre quienes conforman los mercados la impresión de que las dificultades económicas británicas son manejables y por lo tanto no valdría la pena hacer del Reino Unido el blanco de la próxima ofensiva especulativa, los líderes políticos tendrían tiempo suficiente en que resolver sus diferencias. En cambio, de consolidarse un consenso en el sentido de que hasta nuevo aviso no habrá ningún gobierno que sea capaz de lidiar con una crisis económica que, como tantas otras en el mundo actual, se debe a la voluntad de demasiados de vivir muy por encima de sus medios reales, los próximos capítulos del drama financiero internacional serán aún más agitados que los que siguieron al colapso de Lehman Brothers.