Empleo trucho
Puesto que estamos una vez más en una etapa preelectoral, es acaso natural que el gobierno del presidente interino Eduardo Duhalde haya querido hacer creer que su gestión ha sido una serie de éxitos, entre ellos el supuesto por haber logrado reducir de forma impresionante la tasa de desocupación, pero exageró cuando se le ocurrió definir como «empleados» a quienes se han visto beneficiados por los planes Jefas y Jefes de Hogar. Si bien en ciertos países europeos como Alemania y Francia los gobiernos suelen borrar de la lista de desocupados a los que participan en programas destinados a prepararlos para los empleos que podrían encontrar en el futuro, ninguno pensaría en hacer lo mismo con quienes en la mayoría de los casos se limitan a recibir un subsidio. Además, mientras que en las partes mas prósperas de Europa puede convenir a los gobiernos subestimar por motivos políticos las dimensiones reales de la desocupación crónica porque, al fin y al cabo, aún están en condiciones de asegurar a los sin trabajo un ingreso adecuado, en nuestro país sería virtualmente nula la posibilidad de instrumentar una política de tal tipo aun cuando fuera considerado deseable intentarlo. Aquí, para una persona sin recursos propios un período prolongado de desempleo significa la miseria y si bien los planes Jefas y Jefes de Hogar han servido para mitigar la situación de muchos, no constituyen una alternativa genuina a una mayor oferta de trabajo remunerado, aunque sería positivo que fueran ampliados hasta abarcar a todos los desocupados, de este modo, conforme a los criterios excéntricos duhaldistas, eliminando del país los vestigios últimos del desempleo.
Con todo, los que confunden subsidios con salarios no son los únicos que se han resistido a hacer frente al drama supuesto hoy en día por la desocupación masiva. Igualmente escapista es la actitud de los muchos que hablan como si a su entender al país le fuera sumamente fácil lograr el pleno empleo. Por desgracia, tanto la experiencia propia como la ajena indican que dicha meta seguirá siendo inalcanzable, pero que el país podría acercarse a ella flexibilizando al máximo un conjunto de leyes laborales que son notoriamente rígidas. Entre las paradojas más notables de los tiempos que corren está la supuesta por el hecho indiscutible de que los países grandes más exitosos en este ámbito, Estados Unidos y el Reino Unido, también son los más denostados por «liberales» e incluso «salvajes», mientras que los que han fracasado de forma más penosa han sido aquellos como Italia, Francia y Alemania en los que los gobiernos, presionados por los sindicatos, han colaborado con quienes se afirman resueltos a defender el trabajo, pero que en verdad han perjudicado enormemente a quienes lo buscan. Asimismo, en España, la caída reciente de una tasa de desocupación que durante muchos años había superado el 20% y que en ocasiones llegó al 25%, puede atribuirse a la creación de empleos acaso precarios pero así y todo mejores que nada impulsada por la desregulación parcial del mercado laboral por el gobierno «liberal» de Jose María Aznar.
La ficción evidente de que la ocupación plena sea normal y de que los sindicatos y los políticos que comparten su enfoque sean los más indicados para garantizarla ha aportado mucho al desastre actual. Ni en los años gordos ni en los flacos han procurado los gobiernos construir una «red de seguridad» mínima y programas de readiestramiento con el propósito de preparar el país para la destrucción de trabajo que, a juzgar por el ejemplo brindado por España -nación cuyo período de progreso más espectacular supuso una tasa de desempleo aún más elevada que la nuestra- no nos sería dado evitar. Debido en buena medida a la miopía así manifestada, el aumento abrupto del nivel de desocupación en el transcurso de los años noventa -en especial cuando la economía crecía a un ritmo más que saludable-, tomó por sorpresa a virtualmente todos. Para colmo, gracias a la voluntad de demasiados «dirigentes» de tratar de aprovechar el desastre que se dio en vez de pensar en cuáles serían las medidas óptimas para manejar una situación que debería haberse previsto, casi diez años más tarde el desempleo masivo sigue motivando más lamentaciones y «denuncias» que respuestas concretas.
Puesto que estamos una vez más en una etapa preelectoral, es acaso natural que el gobierno del presidente interino Eduardo Duhalde haya querido hacer creer que su gestión ha sido una serie de éxitos, entre ellos el supuesto por haber logrado reducir de forma impresionante la tasa de desocupación, pero exageró cuando se le ocurrió definir como "empleados" a quienes se han visto beneficiados por los planes Jefas y Jefes de Hogar. Si bien en ciertos países europeos como Alemania y Francia los gobiernos suelen borrar de la lista de desocupados a los que participan en programas destinados a prepararlos para los empleos que podrían encontrar en el futuro, ninguno pensaría en hacer lo mismo con quienes en la mayoría de los casos se limitan a recibir un subsidio. Además, mientras que en las partes mas prósperas de Europa puede convenir a los gobiernos subestimar por motivos políticos las dimensiones reales de la desocupación crónica porque, al fin y al cabo, aún están en condiciones de asegurar a los sin trabajo un ingreso adecuado, en nuestro país sería virtualmente nula la posibilidad de instrumentar una política de tal tipo aun cuando fuera considerado deseable intentarlo. Aquí, para una persona sin recursos propios un período prolongado de desempleo significa la miseria y si bien los planes Jefas y Jefes de Hogar han servido para mitigar la situación de muchos, no constituyen una alternativa genuina a una mayor oferta de trabajo remunerado, aunque sería positivo que fueran ampliados hasta abarcar a todos los desocupados, de este modo, conforme a los criterios excéntricos duhaldistas, eliminando del país los vestigios últimos del desempleo.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora