En busca de una alternativa
De tener razón quienes creen que es irreversible el deterioro de la imagen de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y que, a diferencia de lo que sucedió después del conflicto con el campo, no le será dado recuperarse, el ciclo que ha protagonizado con su marido ya fallecido tiene los días contados. Ha llegado la hora, pues, para que comience a surgir una alternativa al “proyecto” del matrimonio santacruceño, pero todavía no hay demasiadas señales de que una esté formándose. Parecería que, una vez más, la ciudadanía se siente obligada a optar entre aferrarse a un esquema caudillista agotado y el vacío, reeditando así lo que ha sucedido en diversas ocasiones en el pasado al apagarse la estrella de un líder supuestamente carismático. Con todo, mientras que, en la etapa final de la larga hegemonía de Carlos Menem y sus simpatizantes, la Alianza de la UCR y el Frepaso logró motivar entusiasmo, hasta ahora ningún frente opositor ha sabido hacerlo, en parte porque el fracaso de aquella propuesta ha brindado al oficialismo argumentos a su juicio contundentes para descalificar cualquier intento de formar una coalición. Asimismo, por ser tan exageradamente personalista la cultura política nacional, la mayoría propende a confiar más en las dotes de individuos determinados que en los méritos de una agrupación necesariamente heterogénea. Por lo pronto, los opositores presuntamente presidenciables mejor ubicados siguen siendo el jefe del gobierno porteño Mauricio Macri y, si bien jura ser tan oficialista como el que más, el gobernador bonaerense Daniel Scioli. También posee una imagen relativamente atractiva el intendente de Tigre, Sergio Massa. Aunque a ojos de los kirchneristas se trata de “derechistas”, sería legítimo calificar a los mencionados de “pragmáticos”, ya que no parecen sentir mucho interés por las definiciones ideológicas que tanto fascinan a los intelectuales orgánicos del oficialismo que se esfuerzan por explicarnos en qué consiste el “proyecto” de Cristina. En otro sector del mapa ideológico se encuentra el socialista santafesino Hermes Binner, el que, andando el tiempo, podría conseguir el apoyo de muchos radicales de sentimientos progresistas que, aleccionados por los resultados de las elecciones de octubre pasado, desconfían de la capacidad de sus correligionarios para reconciliarse con los votantes. Sea como fuere, lo lógico sería que los “pragmáticos” cerraran filas, para entonces ponerse a elaborar una serie de propuestas concretas, pero es poco probable que acepten arriesgarse antes de que “el modelo” kirchnerista esté dando sus estertores finales. No sólo es cuestión de la resistencia de dirigentes acostumbrados a la fragmentación, que es tan característica de nuestro sistema político, a subordinar sus propias ambiciones al bien del conjunto. También lo es de lo difícil que resulta pensar en un programa de gobierno que sea a un tiempo realista y políticamente viable. El próximo gobierno tendrá que hacer frente a una tasa de inflación que, tal y como están las cosas, podría superar el 50% anual, además de emprender la tarea hercúlea de combatir la corrupción, restaurar la seguridad jurídica para atraer más inversiones y frenar la sangría de divisas, luchar contra la delincuencia y mejorar sustancialmente la educación pública. Como es notorio, a pesar de disfrutar de un lustro de crecimiento macroeconómico “a tasas chinas”, en los años últimos la Argentina ha perdido mucho terreno en comparación con otros países latinoamericanos como Brasil, Chile, Colombia y hasta Perú. Recuperarlo ha de ser una prioridad, pero parecería que los dirigentes políticos están demasiado preocupados por los pormenores de sus internas respectivas y por las oportunidades que les brindan la presidenta y otros voceros oficiales para criticar las opiniones a menudo extravagantes de los gobernantes actuales, que no tienen tiempo para preparar una alternativa convincente. Convendría que pusieran manos a la obra. La falta de una oposición coherente no sólo perjudica a los opositores mismos, sino que también desmoraliza a la ciudadanía y afecta negativamente a los integrantes del gobierno que, como miembros de un equipo deportivo que nunca tiene que medirse con rivales serios, se sienten sin motivos para preocuparse por lo que podrían pensar quienes no comparten sus propias actitudes.