En el camino / Rastros
Miro el mapamundi y fantaseo: ¿cómo se verían los continentes si el paso de cada persona dejara un rastro luminoso? Todos tendríamos un mapa personalizado en el que estarían las huellas propias y las de nuestro entorno querido.
Reflexiones, pensamientos, anécdotas y sueños sobre viajar.
Ojo, no se trata de un ejercicio de jactancia para competir sobre la cantidad de países visitados. No hablo de banderitas plantadas en los sitios a los que fuimos. Las banderitas no me gustan: me llevan a pensar en conquistas militares, en invasiones sangrientas. Me recuerdan también a los mochileros que te dicen “hice Perú y Bolivia”… ¿Qué? ¿Construyeron los dos países en la semana que pasaron entre Machu Picchu y el Salar de Uyuni?
La idea es poder visualizar los caminos que uno ha tomado, para intentar descifrar cómo y dónde uno fue moldeando su personalidad. Se me ocurre que sería como un geografía íntima con la precisión de un GPS.
Así, me imagino lucecitas; más fuertes y estables por los lugares donde pasé más tiempo. Para los períodos más breves serían intermitentes y débiles, y se parecerían a la estela que deja un avión a su paso, que poco a poco desaparece. En los sitios donde viví y en los que atravesé experiencias fuertes habría fuegos que no se apagan.
Mi mapa sería oscuro en África y con luces dispersas por Asia y Norteamérica. Europa y América Latina serían los más luminosos, aunque tendrían manchas negras en lugares como Belice o Río de Janeiro. En Oceanía habría un estela finita.
Mi luces serían de un rojo-violeta, entre vinotinto y púrpura. A cada persona de mi entorno le tocaría otro color. Esas luces importan mucho porque forman parte de tu bagaje luminoso, una suerte de aura colectiva.
Por momentos, el trazado imaginario lo veo claro. Otras, el mapeo se disuelve, como si perdiera la conexión y no pudiera verlo. Ahí es cuando no sé bien cómo llegué a un lugar, y menos hacia dónde voy. Cuando me mudé a Londres en 2006, pasé los primeros meses un poco despistada, buscando alojamiento, trabajo y mi lugar en la ciudad. Algo la conocía por una fugaces visitas previas. Iba en autobuses: me sentaba en la parte de arriba, adelante, para mirar hacia afuera a ver si encontraba algún indicio. Parecía Pulgarcito en busca de las miguitas de pan para volver a casa.
Varias veces la ciudad pareció hablarme. Como cuando llegué a una esquina y me teletransportó a un momento previo de mi vida que permanecía perdido entre los olvidos. Encontré un rastro de mi pasado, una lucecita que seguía encendida. Fue ver un pedacito de mi puzzle, dar un pasito en mi camino que modificó el color de mi mapamundi imaginario y luminoso.
Irene Caselli
irenecaselli@gmail.com
Periodista italiana
@irenecaselli