En la fruticultura, ¿ahora qué?

Por Redacción

RICARDO EPIFANIO (*)

Cuesta creer que a través de los años no se hayan podido hacer cambios estructurales que hagan posible una fruticultura beneficiosa para todos, incluido el inversor. Este año quedará en la historia como un hito por la diferencia abismal entre los resultados obtenidos entre un productor independiente y otro integrado, sobre todo mirándola desde la comercialización hacia abajo; cada uno con sus problemas específicos teniendo en cuenta que no hay un solo resultado para el productor según su posición en la cadena de valor. Hoy ambos están en dificultades: el productor integrado tiene serios problemas de competitividad tanto por razones internas (según su nivel de eficiencia), como por razones externas, o sea las consecuencias de la política económica (inflación, tipo de cambio, retenciones, falta de créditos, etc.). Sin embargo, estas dificultades son en todos los casos de carácter coyuntural, pues los productores integrados tienen presencia en toda la cadena y llegan a los canales finales de venta pudiendo balancear sus pérdidas con otras ganancias, incluso con financiamiento externo, además de estar esperanzados en mejoras en las políticas macro de nuestras economías regionales no a muy largo plazo. En cambio el productor independiente, o que posee una incipiente integración, no sale indemne en las pocas etapas en que tiene decisión sobre su fruta. Su problema es de rentabilidad, porque a través de los años no ha recibido apoyo explícito para su mejora interna (tranqueras adentro) y viene sufriendo con mayor exposición las malas políticas gubernamentales que lo afectan directamente y/o a través de a quien le entrega la fruta, también acosado por ese entorno. A pesar de ser fundamental en el tejido social de nuestra región, el productor independiente solamente participa en lo que llamamos la primera venta o la consignación, es decir que está presente en una fase inicial de la cadena productiva, que es una parte mínima en el circuito de agregado de valor. Además de estar involucrado solamente en un valor de u$s 3 o 4 por cajón (y hoy se le habla de pesos), corre con los riesgos de la clasificación, la moneda de cambio en que se le liquida, la inflación, el cumplimiento de lo pactado una vez que la fruta ya fue entregada, la falta de seguridad personal y material, etc. El productor integrado no solamente interviene o puede intervenir en los u$s 25 dólares o más que representa la cadena, sino que conoce y defiende fehacientemente los resultados de su clasificación, actúa según su moneda de cambio y aminora las consecuencia de la inflación, manejando los resultados en forma directa desde la comercialización hacia abajo. Una situación completamente distinta. Frente a este cuadro podemos decir que: • El productor integrado, a pesar de tener problemas de competitividad por su falta de eficiencia en lo interno y los impactos de las no correctas políticas gubernamentales en lo externo (que son coyunturales y en algún ítem pueden llegar al mediano plazo), puede manejar mejor sus etapas, y queda demostrado que a lo largo del tiempo sus resultados han sido positivos, pudiendo reinvertir, buscando su propia eficiencia, y reforzar su rentabilidad. • El productor independiente es un actor en vías de extinción por su falta de rentabilidad, tal como se viene demostrado a través de los años. Esto va modificando nuestra estructura social y el propio paisaje regional. ¿Qué nos falta para demostrarle a las autoridades competentes con poder de decisión tanto nacionales como provinciales que a los productores integrados hay que mejorarles su competitividad externa y con políticas permanentes ayudarlos en su competitividad interna? Y, al mismo tiempo, ¿qué hay que hacer para movilizar a las autoridades constituidas para hacer cambios estructurales y volver a darle rentabilidad al productor independiente? Hoy no hay nada nuevo de importancia para lo estructural, a pesar de que se ha dado un paso positivo en poner gente con conocimiento en el sector, aunque pareciera sin poder de decisión. Hacen falta políticas de largo plazo para modificar sustancialmente el nivel de organización y tecnológicos de los productores independientes, buscando mientras tanto políticas coyunturales en un mismo sentido que les vayan dando rentabilidad anual. El gobierno nacional ha tomado la decisión en el sentido correcto de hacerle infraestructura al productor independiente, pero si no se lo involucra en un plan que permita que su producto llegue como propio hasta su comercialización, por lo menos mayorista, se corre el riesgo de no obtener resultados positivos y que luego, bajando los brazos y sin confesar el fracaso, se diga que este sector fundamental de la fruticultura no tiene viabilidad. Esto ha ocurrido y los protagonistas de estos despropósitos están bajo la niebla del olvido. Como consecuencia de ese fracaso, si no se toman medidas profundas desaparecerá la palanca fundamental para el desarrollo de nuestros pueblos a través de una fruticultura que sirva para todos. Esta distorsión que ha venido sufriendo la fruticultura en los últimos 30 años, como mínimo, afecta muy fuerte a nuestras comunidades. Debemos tener presente que puede profundizarse una economía frutícola donde a unas pocas empresas les vaya bien y el conjunto de la sociedad se vea empobrecida. Debemos admitir que hoy influyen más en la vida económica real de nuestras comunidades los sueldos que paga el Estado que la producción y la industrialización de los frutos del capital, el trabajo y de la tierra. Tenemos que romper con esta tendencia que nos envilece como cultura y apostar a una expansión y un desarrollo en que toda la sociedad se vea beneficiada, ampliando los circuitos productivos y apostando a multiplicar los bienes y servicios que somos capaces de generar. En mi opinión estos valles bajo riego que fueron paradigmas de progreso no se crearon para administrar decadencia sino para construir una prosperidad ampliamente democrática en todo sentido. (*) Ingeniero agrónomo