En recuerdo de un héroe olvidado
Cuando, durante la Segunda Guerra Mundial, los judíos escapaban del odio genocida que destilaba el nazismo, muchos prefirieron “no darse cuenta” de lo que sucedía. Era lo más cómodo y probablemente lo más “seguro”. Otros, en cambio, advirtiendo la enormidad de lo que estaba pasando, se jugaron la vida para ayudar a los perseguidos. Algunos de ellos son conocidos y han sido públicamente reconocidos por su coraje. Otros –en cambio– siguen en el anonimato, pese a sus méritos. Uno de estos últimos es Arístides de Sousa Méndez que fuera el cónsul de Portugal en la ciudad de Bordeaux, cuando Alemania invadiera a Francia. Su historia, sencilla pero enorme, acaba de ser reconocida desde las columnas del “International Herald Tribune”. Ocurre que Sousa Méndez emitió, desde 1939, unas 30.000 visas, bajo su responsabilidad, que permitieron a muchos judíos escapar con vida de la pesadilla nazi. Lo hizo tempranamente alertado por un hermano mellizo, también diplomático portugués, que estaba entonces de servicio en Varsovia y quien le contó (de primera mano) todo lo atroz que allí ya estaba sucediendo. Sousa Méndez actuó en conciencia, en contra de las órdenes de su propio gobierno, que se proclamaba neutral, pero que, en rigor, era fascista. La mayor parte de las visas se emitieron en junio de 1940. Muchas de ellas fueron a manos de personas que no eran judías, pero que también deseaban –por sus propias razones– salir del terror del nazismo, como Salvador Dalí y su esposa o algunos miembros de las familias reales de Habsburgo o Luxemburgo. Tan pronto como las autoridades portuguesas advirtieron lo que sucedía, Sousa Méndez fue llamado a Lisboa, juzgado por desobediente y dado de baja. Sin derecho a su pensión, murió en la pobreza en 1954. Tenía 15 hijos. Lo hizo en silencio, abandonado a su suerte, pero –seguramente– profundamente orgulloso de lo que había logrado: nada menos que poder salvar las vidas de miles de sus semejantes. Un hecho desconocido por algunos de los suyos. Israel lo reconoció en 1966 como uno de los “hombres de bien” entre las naciones, honrándolo por su heroísmo con el Yad Vashem Memorial del Holocausto. Los descendientes de aquellos a quienes Sousa Méndez entregara las visas irregularmente han comenzado a identificar a todos quienes en los hechos fueron beneficiados por el cónsul –hasta ahora, a unas 3.200 personas– y a organizar peregrinajes a la pequeña ciudad portuguesa de Cabanas de Viriato, donde el excónsul yace, en la sencilla cripta de la tumba familiar. Allí llegan y oran por su alma. Con discreción y respeto. Pero con la emoción que supone deberle la vida. Portugal, es cierto, lo rehabilitó “post mortem”, ascendiéndolo al rango de embajador, reconociendo de ese modo sus méritos y su valentía. Al mismo tiempo, emitió una disculpa oficial, destinada a sus descendientes. Tardía, pero bienvenida, por lo que significa. La que fuera su casa está en ruinas. A su muerte, los acreedores de Sousa Méndez se quedaron con ella. Hoy, los descendientes de aquellos que fugaron del infierno nazi gracias a su labor proyectan transformarla en un “Museo de la tolerancia”. Ojalá puedan. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
EMILIO J. CÁRDENAS (*)
Cuando, durante la Segunda Guerra Mundial, los judíos escapaban del odio genocida que destilaba el nazismo, muchos prefirieron “no darse cuenta” de lo que sucedía. Era lo más cómodo y probablemente lo más “seguro”. Otros, en cambio, advirtiendo la enormidad de lo que estaba pasando, se jugaron la vida para ayudar a los perseguidos. Algunos de ellos son conocidos y han sido públicamente reconocidos por su coraje. Otros –en cambio– siguen en el anonimato, pese a sus méritos. Uno de estos últimos es Arístides de Sousa Méndez que fuera el cónsul de Portugal en la ciudad de Bordeaux, cuando Alemania invadiera a Francia. Su historia, sencilla pero enorme, acaba de ser reconocida desde las columnas del “International Herald Tribune”. Ocurre que Sousa Méndez emitió, desde 1939, unas 30.000 visas, bajo su responsabilidad, que permitieron a muchos judíos escapar con vida de la pesadilla nazi. Lo hizo tempranamente alertado por un hermano mellizo, también diplomático portugués, que estaba entonces de servicio en Varsovia y quien le contó (de primera mano) todo lo atroz que allí ya estaba sucediendo. Sousa Méndez actuó en conciencia, en contra de las órdenes de su propio gobierno, que se proclamaba neutral, pero que, en rigor, era fascista. La mayor parte de las visas se emitieron en junio de 1940. Muchas de ellas fueron a manos de personas que no eran judías, pero que también deseaban –por sus propias razones– salir del terror del nazismo, como Salvador Dalí y su esposa o algunos miembros de las familias reales de Habsburgo o Luxemburgo. Tan pronto como las autoridades portuguesas advirtieron lo que sucedía, Sousa Méndez fue llamado a Lisboa, juzgado por desobediente y dado de baja. Sin derecho a su pensión, murió en la pobreza en 1954. Tenía 15 hijos. Lo hizo en silencio, abandonado a su suerte, pero –seguramente– profundamente orgulloso de lo que había logrado: nada menos que poder salvar las vidas de miles de sus semejantes. Un hecho desconocido por algunos de los suyos. Israel lo reconoció en 1966 como uno de los “hombres de bien” entre las naciones, honrándolo por su heroísmo con el Yad Vashem Memorial del Holocausto. Los descendientes de aquellos a quienes Sousa Méndez entregara las visas irregularmente han comenzado a identificar a todos quienes en los hechos fueron beneficiados por el cónsul –hasta ahora, a unas 3.200 personas– y a organizar peregrinajes a la pequeña ciudad portuguesa de Cabanas de Viriato, donde el excónsul yace, en la sencilla cripta de la tumba familiar. Allí llegan y oran por su alma. Con discreción y respeto. Pero con la emoción que supone deberle la vida. Portugal, es cierto, lo rehabilitó “post mortem”, ascendiéndolo al rango de embajador, reconociendo de ese modo sus méritos y su valentía. Al mismo tiempo, emitió una disculpa oficial, destinada a sus descendientes. Tardía, pero bienvenida, por lo que significa. La que fuera su casa está en ruinas. A su muerte, los acreedores de Sousa Méndez se quedaron con ella. Hoy, los descendientes de aquellos que fugaron del infierno nazi gracias a su labor proyectan transformarla en un “Museo de la tolerancia”. Ojalá puedan. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas.
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