Encuentro en Cancún
Si los gobiernos de los países ricos realmente creyeran en su propia retórica acerca de los beneficios universales que resultarían de la liberalización del intercambio internacional de bienes y servicios, la cumbre de la Organización Mundial de Comercio (OMC) que está celebrándose en el balneario mexicano de Cancún nos sería muy pero muy provechosa. Al fin y al cabo, no cabe duda alguna de que la Argentina ha estado entre los países más perjudicados por el proteccionismo europeo, que durante décadas la privó de lo que en buena lógica debería ser el mercado natural para sus productos agrícolas. Las pérdidas imputables a la negativa de los europeos, sobre todo de los franceses, a abrir sus mercados son decididamente mayores que los seis mil millones de dólares anuales a los que suelen aludir los voceros oficiales, porque de no haberse cerrado nunca Europa, nuestro sector agrícola sería mucho más grande y más próspero de lo que es. Sin embargo, aunque parecería que tanto la Unión Europea como Estados Unidos y el Japón están dispuestos a hacer algunas concesiones menores, pocos suponen que sus gobiernos, todos los cuales han de preocuparse por las próximas elecciones, estén preparados para enfrentarse con los poderosos lobbies agrarios que tanto han hecho por frustrar las aspiraciones de los países más pobres.
En principio, la actitud de los europeos, norteamericanos y japoneses no es sólo injusta, sino también irracional. En el mundo desarrollado, los agricultores ya constituyen una minoría muy pequeña del dos o tres por ciento de la población, y se ha estimado que si dejaran de recibir jugosos subsidios, cada familia norteamericana o europea se ahorraría en impuestos casi mil dólares anuales, además de poder gastar mucho menos para alimentarse. Sin embargo, debido en buena medida a la nostalgia que tantos sienten por un pasado rural ya irrecuperable, son muy débiles las presiones internas en favor de la eliminación de los subsidios. Puede que dicha situación se modificara si la opinión pública de los países ricos entendiera que al proteger a sus agricultores están ayudando a sembrar la miseria en el Tercer Mundo, pero los esfuerzos por enseñarle esta verdad patente han resultado vanos. Hasta los contestatarios que por lo común se manifiestan contra todo cuanto hacen los gobiernos de sus respectivos países están en favor de los subsidios, de ahí el protagonismo internacional del líder proteccionista francés José Bové. Asimismo, la idea de que la OMC es intrínsecamente mala -acaso por figurar en su nombre la palabra “mundial”- se ha convertido en una verdad indiscutible a juicio de la mayoría de los globalifóbicos que, lejos de protestar contra prácticas que depauperan a los pobres con los que juran simpatizar, quisieran que las barreras al intercambio se hicieran aún más rígidas.
En Cancún, pues, nuestros representantes se encuentran en la situación un tanto paradójica que les supone defender con vigor tesis netamente liberales contra los funcionarios de países supuestamente comprometidos con dicho credo, que insisten en la necesidad de subordinar lo económico a lo político, social e incluso estético. Podrán señalarles lo absurdo que es dar a cada vaca de la Unión Europea un subsidio de dos dólares por día, mientras en otras latitudes niños mueren de hambre de resultas de la imposibilidad no sólo de que su país venda sus productos agrícolas a Europa, sino que en algunos casos tampoco pueda venderlos en el mercado interno a causa del dumping de los superávit de los ricos. Pero aunque tienen razón cuando critican a los europeos, norteamericanos y japoneses por su hipocresía, no es demasiado probable que logren convencerlos de que los beneficios de abandonar el proteccionismo agrícola serían muy superiores a las eventuales desventajas políticas. Hace apenas una semana, el comisionado agrícola de la Unión Europea, el austríaco Fritz Fischler atacó con vehemencia extraordinaria las propuestas“extraterrestres” formuladas por “Brasil, China, India y otros” que, al igual que la Argentina, quieren ver reducidos los subsidios y las tarifas europeos que han provocado estragos en buena parte del mundo, dando a entender así que no tiene la más mínima intención de permitir cambios.