Encuentro entre Ceferino y Zatti
FRANCISCO N. JUAREZ
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» Beato tísico, pero más afortunado. El italiano naturalizado argentino Artémides Joaquín Desiderio Zatti, que vivió desde 1897 su primera juventud en Bahía Blanca y el resto de su vida en Viedma como laico consagrado de la orden salesiana y sucesor del famoso «cura doctor» Evasio Garrone, atendió durante décadas la farmacia del hospital San José junto al templo parroquial de Viedma. Allí fue algo más que enfermero, y años más tarde como laico consagrado, compartió con Ceferino Namuncurá los padecimientos de la tuberculosis de ambos en cotidianos encuentros en la capital rionegrina durante los años 1903 y 1904. Estos amigos, sin embargo, corrieron distinta suerte aunque con igual resultado final: ser consagrados beatos de la Iglesia Católica. Ceferino vivió sólo 18 años (murió en Roma de su grave tisis, como se sabe, en 1905, y era seis años menor que Zatti), mientras que el farmacéutico salesiano logró superar la cavernosa enfermedad y murió recién a los 70 años en Viedma (de cáncer de hígado) el 15 de marzo de 1951, casi 44 años después que Ceferino. Sorprende la diferencia evidente en tiempo y consideración que tuvieron sus respectivos procesos de beatificación ya que el de Ceferino duró 63 años y el de Zatti sólo 23, además canonizado cinco años antes que Ceferino.
» De las aguas del Po al río Negro. Artémides Zatti nació en Boretto, el 12 de octubre de 1880, al orillas del río Po. Cuando con sus muy católicos padres y numerosa prole emigró en 1897 hacia Buenos Aires y siguió Bahía Blanca, entonces poco poblada y de fuerte influencia masónica, tenía 17 años. Poco después Artémides sintió vocación religiosa y su confesor y párroco bahiense Carlos Cavalli le sugirió ingresar al aspirantado salesiano de Bernal, donde ingresó en abril de 1900 (mientras Ceferino cursaba el colegio Pío Nono de Buenos Aires). Por cuidar allí a un compañero seminarista enfermo, Zatti contrajo tuberculosis y en 1902 retornó a Bahía Blanca. Los salesianos recomendaron llevarlo a Viedma para intentar la curación bajo la supervisión del «cura doctor» Evasio Garrone. Este cura regordete y especie de paramédico reverenciado, ganó fama por sus curaciones.
» ¿Quién era Evasio Garrone? Este salesiano tuvo en Viedma bajo su cuidado médico a Artémides Zatti y a Ceferino Namuncurá, acompañando a este último en su viaje a Roma, juntamente con monseñor Juan Cagliero. Garrone que había nacido en Grana, Asti, Italia en 1860 fue reconocido por el gobierno argentino como doctor honoris causa de medicina, y era muy joven cuando conoció a Don Bosco y lo asistía en misa.
De él se conoce la fantástica anécdota que solía evocar: observando a Don Bosco, por un momento lo vio elevarse lentamente del suelo, y cuando se lo comentó, Don Bosco le dijo ¿Porqué no se toma un café? Fue el creador de la farmacia salesiana San Francisco de Sales donde instruyó a Zatti en las artes farmacológicas y en quien derivó el cuidado de Ceferino Namuncurá.
» Asado con vino, santo remedio. Artémides Zatti tenía claro que el único remedio que podría frenar la tuberculosis era la buena alimentación. Todos los mediodía esperaba a Ceferino con un buen bife, un vaso de vino y pan fresco. Al casi farmacéutico Zatti, el padre Garrone le propuso otro remedio: encomendarse a María Auxiliadora. En la publicación Flores del Campo del Campo del 23 de mayo de 1915, Zatti confesó haber seguido el consejo del padre Garrone, atribuyendo ese cumplimiento a la definitiva curación alcanzada.
» El atribulado año quince. El año 1915 resultó diferente a las demás historias salesianas. Los restos de Ceferino Namuncurá fueron exhumados y guardados en cajoncito y nicho del mismo cementerio romano donde se encontró su tumba.
También fue el de la declaración pública de la curación de Zatti además del de la foto que ilustra esta columna y el año en que el propio Artémides estuvo en un calabozo tras ser acusado de complicidad en la fuga de un presidiario internado en el hospital salesiano a cargo de Zatti y que desapareció como una exhalación.
Cuando el inocente Zatti regresó del calabozo, volvió a saludar a sus enfermos como siempre: «Buen día… ¿Todos respiran? Deo gratias».