Enemigo escurridizo

Por Redacción

Puede que en el país no se dé un solo político que se haya privado del gusto de perorar en contra de la corrupción. Según el estilo particular de cada uno, en los años últimos todos se han comprometido a aplastarla, a pulverizarla o a eliminarla con medidas vigorosas. Asimismo, el público es plenamente consciente de la necesidad de actuar con firmeza extrema contra el mal que tanto ha contribuido al colapso financiero y económico de fines del 2001. Sin embargo, a pesar de todas las palabras rimbombantes, las amenazas y las iniciativas es de suponer sabias que han sido movilizadas contra la corrupción, ésta no parece haber retrocedido un centímetro. Conforme a las investigaciones emprendidas por Transparencia Internacional, la ONG con sede en Berlín que intenta estimar el nivel de corrupción en los distintos países, la Argentina sigue encontrándose entre las naciones más corruptas del planeta, peor en este sentido que Italia o el Brasil y sólo comparable con cleptocracias notorias como Rusia, Zimbabwe y Uzbekistán.

Si bien el contraste entre la retórica por un lado y la realidad por el otro parece significar que estamos frente a un alarde excepcional de hipocresía colectiva, es de suponer que muchos políticos hablan con sinceridad cuando afirman estar resueltos a llevar a cabo una limpieza generalizada pero que no saben cómo hacerla. Es que las instituciones son tan débiles y la administración pública es tan ineficaz que en todos los ámbitos resulta sumamente difícil avanzar más allá de las declaraciones, razón por la que aquí es poco común que una propuesta verbal promisoria se vea transmutada en hechos concretos. Por lo tanto, si bien la mayoría no miente cuando dice estar contra la corrupción por principio, está tan acostumbrada a que las medidas anunciadas no incidan del todo en el mundo real que a esta altura les parece perfectamente natural que la «lucha contra la corrupción» haya quedado empantanada en el plano meramente verbal. Todos los candidatos presidenciales insisten en la necesidad de «luchar» contra la corrupción con penas severísimas, pero mientras la Justicia siga tan politizada y tan lenta no habrá forma de atrapar a los corruptos en cantidades suficientes como para convencer a los tentados a continuar aprovechando las muchas oportunidades para robar de que les convendría resignarse a vivir de sus ingresos legítimos. En efecto, no será posible reducir la corrupción a dimensiones menos alarmantes a menos que haya un cuerpo de fiscales independientes e inamovibles muy bien remunerados que no pensarían en dejarse presionar por ninguna agrupación política, opción ésta que muchos dirigentes aceptan en teoría pero que en la práctica se resisten a impulsar.

Como es lógico, la ineficacia institucionalizada ha servido para convencer a los corruptos de que no tienen por qué preocuparse. Aunque de vez un cuando un personaje determinado tiene la mala suerte de ser elegido para cumplir el papel de chivo expiatorio, la posibilidad de que esto suceda es tan escasa como lo es caer fulminado por un rayo. Además, por haber sido la Argentina un país corrupto por tanto tiempo, una ofensiva auténtica afectaría a muchos miles de individuos, incluyendo a quienes no creen ser personalmente corruptos por haberse limitado a hacer lo que a su entender hacían todos en su entorno particular. Vinculada con este problema está la «lealtad» que para muchos políticos, como para muchos mafiosos, es la virtud más valiosa: la negativa del Senado a echar a Luis Barrionuevo confirmó una vez más que cuando intereses políticos están en juego, los principios éticos declamados no suelen tener mucha importancia.

En parte, se trata de un problema cultural, porque no cabe duda de que en ciertos países la gente es más propensa que en otros a celebrar las hazañas de los delincuentes, pero no deberíamos exagerar la importancia de dicho factor. Hasta hace relativamente poco, se daba por descontado que por motivos culturales y sociológicos los chinos solían ser sumamente corruptos de acuerdo con las pautas «puritanas» occidentales, pero en la actualidad Singapur es considerado uno de los países más honestos del mundo, equiparable en tal sentido con los escandinavos y Nueva Zelanda, mientras que antes de su incorporación a la China comunista, Hong Kong gozaba de una reputación similar.


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