Entre la epopeya y la realidad
Si bien nadie ignora que un default “técnico” tendría un impacto muy negativo en una economía que ya ha caído en una recesión que, tal y como están las cosas, podría prolongarse al menos hasta fines del año que viene, hay especialistas que creen que sería mejor no acatar el fallo del juez norteamericano Thomas Griesa de lo que sería correr el riesgo de que aquellos acreedores que entraron en los canjes aprovecharan la cláusula RUFO, ya que, de transformarse todos en holdouts o “buitres”, la deuda externa adquiriría dimensiones insoportables. Desde el punto de vista de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la alternativa así supuesta acarrearía otra ventaja: le sería mucho más fácil atribuir el colapso de su modelo populista a la codicia de especuladores financieros y jueces norteamericanos desalmados. Fue por dicho motivo que, al difundirse la noticia de que la Corte Suprema de Estados Unidos había optado por no intervenir en el asunto, de tal modo avalando la actitud asumida por Griesa, sectores oficialistas iniciaron enseguida una campaña propagandística vigorosa destinada a convencer a la ciudadanía de que se trataba de un episodio más de la lucha de los defensores de la soberanía nacional contra el imperialismo norteamericano. Si bien por algunos días la presidenta y el ministro de Economía Axel Kicillof parecieron reacios a prestarse a dicha campaña, pronto entendieron que podría resultarles útil, de ahí los esfuerzos por conseguir el apoyo de una amplia coalición internacional en contra no sólo de un fallo, que en opinión de muchos planteó un peligro a otros países insolventes, sino también de Estados Unidos. Aunque ningún economista respetado cree que una crisis que comenzó a hacerse sentir años antes de la reaparición de los “buitres” se haya debido a una conjura internacional, tanto los militantes kirchneristas como los muchos que dependen de subsidios gubernamentales –y que, según las encuestas, conforman el 25% o más de la población que, a pesar de todo lo ocurrido en los años últimos, sigue confiando en Cristina– estarían más que dispuestos a tomar en serio una explicación conspirativa de una recesión que parece destinada a agravarse mucho en los meses próximos. Está tan arraigada la costumbre de culpar al “mundo” por dificultades ocasionadas por la irresponsabilidad de gobiernos populistas que, para los ya habituados a ubicar todo cuanto ocurre en el contexto de una lucha heroica por impedir que potencias imperialistas pisoteen las esencias patrias, la tentación de hacerlo una vez más podría resultar irresistible. Que un gobierno que nunca ha vacilado en adulterar las estadísticas oficiales procurara convencer a la ciudadanía de que todos los problemas económicos han sido provocados por “los buitres” no sorprendería a nadie, pero también existe la posibilidad de que Cristina y Kicillof realmente lo crean y que obren en consecuencia. Por cierto, su forma extravagante de manejar la economía hace pensar que, a su entender, el famoso “relato” es mucho más que un cuento imaginativo que les sirve para entusiasmar a la militancia. Durante años la presidenta, con el respaldo firme de los ideólogos “heterodoxos” e intelectuales populistas que la han rodeado, ha actuado como si le fuera dado minimizar la importancia de la inflación, continuar gastando más dinero para subsidiar el consumo, asfixiar el sector energético hasta tal punto que el país tendría que importar cantidades cada vez mayores a precios internacionales y privar a la industria de insumos imprescindibles, sin que la economía sufriera como resultado, por que le parecería lógico suponerse víctima de una siniestra conspiración planetaria. En cuanto a Kicillof, aunque en ocasiones brinda la impresión de comprender que hay una diferencia enorme entra las teorías de moda en el ámbito académico porteño, por un lado, y lo que conviene hacer en el mundo real por el otro, hasta ahora su gestión ha sido más voluntarista que pragmática, de ahí sus discrepancias con Juan Carlos Fábrega, el presidente del Banco Central, que preferiría una mayor dosis de disciplina monetaria y que con toda seguridad se siente alarmado por el aumento del déficit fiscal que, según se informa, se ha duplicado en el transcurso de los doce meses últimos.
Si bien nadie ignora que un default “técnico” tendría un impacto muy negativo en una economía que ya ha caído en una recesión que, tal y como están las cosas, podría prolongarse al menos hasta fines del año que viene, hay especialistas que creen que sería mejor no acatar el fallo del juez norteamericano Thomas Griesa de lo que sería correr el riesgo de que aquellos acreedores que entraron en los canjes aprovecharan la cláusula RUFO, ya que, de transformarse todos en holdouts o “buitres”, la deuda externa adquiriría dimensiones insoportables. Desde el punto de vista de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, la alternativa así supuesta acarrearía otra ventaja: le sería mucho más fácil atribuir el colapso de su modelo populista a la codicia de especuladores financieros y jueces norteamericanos desalmados. Fue por dicho motivo que, al difundirse la noticia de que la Corte Suprema de Estados Unidos había optado por no intervenir en el asunto, de tal modo avalando la actitud asumida por Griesa, sectores oficialistas iniciaron enseguida una campaña propagandística vigorosa destinada a convencer a la ciudadanía de que se trataba de un episodio más de la lucha de los defensores de la soberanía nacional contra el imperialismo norteamericano. Si bien por algunos días la presidenta y el ministro de Economía Axel Kicillof parecieron reacios a prestarse a dicha campaña, pronto entendieron que podría resultarles útil, de ahí los esfuerzos por conseguir el apoyo de una amplia coalición internacional en contra no sólo de un fallo, que en opinión de muchos planteó un peligro a otros países insolventes, sino también de Estados Unidos. Aunque ningún economista respetado cree que una crisis que comenzó a hacerse sentir años antes de la reaparición de los “buitres” se haya debido a una conjura internacional, tanto los militantes kirchneristas como los muchos que dependen de subsidios gubernamentales –y que, según las encuestas, conforman el 25% o más de la población que, a pesar de todo lo ocurrido en los años últimos, sigue confiando en Cristina– estarían más que dispuestos a tomar en serio una explicación conspirativa de una recesión que parece destinada a agravarse mucho en los meses próximos. Está tan arraigada la costumbre de culpar al “mundo” por dificultades ocasionadas por la irresponsabilidad de gobiernos populistas que, para los ya habituados a ubicar todo cuanto ocurre en el contexto de una lucha heroica por impedir que potencias imperialistas pisoteen las esencias patrias, la tentación de hacerlo una vez más podría resultar irresistible. Que un gobierno que nunca ha vacilado en adulterar las estadísticas oficiales procurara convencer a la ciudadanía de que todos los problemas económicos han sido provocados por “los buitres” no sorprendería a nadie, pero también existe la posibilidad de que Cristina y Kicillof realmente lo crean y que obren en consecuencia. Por cierto, su forma extravagante de manejar la economía hace pensar que, a su entender, el famoso “relato” es mucho más que un cuento imaginativo que les sirve para entusiasmar a la militancia. Durante años la presidenta, con el respaldo firme de los ideólogos “heterodoxos” e intelectuales populistas que la han rodeado, ha actuado como si le fuera dado minimizar la importancia de la inflación, continuar gastando más dinero para subsidiar el consumo, asfixiar el sector energético hasta tal punto que el país tendría que importar cantidades cada vez mayores a precios internacionales y privar a la industria de insumos imprescindibles, sin que la economía sufriera como resultado, por que le parecería lógico suponerse víctima de una siniestra conspiración planetaria. En cuanto a Kicillof, aunque en ocasiones brinda la impresión de comprender que hay una diferencia enorme entra las teorías de moda en el ámbito académico porteño, por un lado, y lo que conviene hacer en el mundo real por el otro, hasta ahora su gestión ha sido más voluntarista que pragmática, de ahí sus discrepancias con Juan Carlos Fábrega, el presidente del Banco Central, que preferiría una mayor dosis de disciplina monetaria y que con toda seguridad se siente alarmado por el aumento del déficit fiscal que, según se informa, se ha duplicado en el transcurso de los doce meses últimos.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora