Entre la UE y EE. UU.
Lo mismo que los partidarios de la Alianza frepasista-radical que llegó al poder encabezada por Fernando de la Rúa, los grupos que se sienten consustanciados con el “proyecto” de Néstor Kirchner quisieran que la Argentina se aproximara más a la Unión Europea a fin de distanciarse de Estados Unidos, de esta manera repudiando aquellas “relaciones carnales”menemistas que tanto les disgustaban. Sin embargo, para inquietud de los que esperaban que Kirchner resultaría ser aún más antinorteamericano que Eduardo Duhalde, no extrañaría que en el transcurso de su gestión la relación con Washington se hiciera todavía más íntima de lo que era antes. Es que, como las negociaciones de todo tipo entre los representantes de los distintos países afectados por nuestro default, el mayor de la historia, nos están recordando, suponer que por motivos de afinidad cultural o ideológica los europeos estarían más dispuestos que los norteamericanos a ayudar a un presidente de perfil centroizquierdista es una ilusión. Aunque los jefes de gobierno de los países principales de la Unión Europea se afirmaron decididos a colaborar íntimamente con Kirchner, presionando al FMI para que aceptara un acuerdo que lo complaciera, resultó que ellos fueron los más“duros”, mientras que los funcionarios norteamericanos, sus presuntas convicciones neoliberales no obstante, fueron bastante flexibles, de suerte que las concesiones que el presidente consiguió se debieron casi por completo a la actitud muy comprensiva de Estados Unidos.
Por supuesto que en el mundo de la diplomacia se da una diferencia muy grande entre las apariencias y las intenciones reales. Las manifestaciones verbales de buena voluntad formuladas por los líderes europeos se debieron en parte a que daban por descontado que los norteamericanos antepondrían su fe en las reglas básicas del capitalismo a cualquier deseo de congraciarse con Kirchner: al enterarse de que el gobierno del presidente George W. Bush pensaba en términos más políticos que económicos, se sintieron constreñidos a asumir una postura más rigurosa. Además, los europeos han tenido que pensar en su propio frente interno que incluye a decenas de miles de ahorristas defraudados en ocasión del default y la pesificación y a las empresas que compraron los servicios públicos privatizados, mientras que los dirigentes de Estados Unidos, país en el que hay decenas de millones de ciudadanos de origen latinoamericano y que por motivos históricos y geográficos entiende que todo el continente americano forma parte de su propia esfera de influencia, no pueden sentirse indiferentes hacia la evolución política de la región. Asimismo, pese a los reparos de muchos líderes tanto latinoamericanos como estadounidenses, la integración económica panamericana seguirá siendo una posibilidad auténtica. En cambio, los eventuales acuerdos con la Unión Europea serán de importancia menor, aunque sólo fuera por las características proteccionistas de un bloque que está por incorporar a las naciones de su “patio trasero” ex comunista.
A pesar de su entusiasmo por acompañar a la superpotencia, en el ámbito de los negocios los menemistas propendían a privilegiar a los europeos del sur por creer, sin equivocarse demasiado, que en el fondo todos compartían los mismos valores. En cambio, parecería que cuando se trata de las relaciones económicas, Kirchner, un político con tendencias puritanas que apenas procura disimular, se siente más cómodo con interlocutores estadounidenses. Aunque pocos admiradores de Kirchner y también de la jefa del ARI Elisa Carrió lo entiendan, cuando ellos hablan del “capitalismo moderno”, contrastándolo con la variante “vieja” y corrupta que depende de los vínculos entre políticos y empresarios, están reiterando el discurso de dirigentes estadounidenses que se sienten enojados por la insistencia de ciertos gobiernos europeos en permitir a sus hombres de negocios no sólo sobornar a los funcionarios de países del Tercer Mundo, sino también incluir las sumas involucradas en sus declaraciones impositivas, práctica que a su entender les supone ventajas insuperables pero que también los hace cómplices de la corrupción que constituye uno de los factores que más han contribuido a frenar el desarrollo de América Latina.