Es la política
A De la Rúa nada lo ayudaría que Menem, Ruckauf y los demás aceptaran callarse.
Claramente enojados por las críticas y las ironías mordaces que han estado formulando peronistas y otros, distintos representantes del oficialismo se han puesto a denunciar «campañas» en su contra. Fernando de la Rúa habla de «golpismo oculto». Según Raúl Alfonsín, la Alianza es víctima de «una campaña vergonzosa». A juicio del ministro del Interior, Federico Storani, se trata de una «campaña de desestabilización». Por su parte, el diputado Juan Pablo Cafiero se dice convencido de que Carlos Menem y Alberto Kohan están impulsando «una campaña para debilitar la figura del presidente Fernando de la Rúa», es de suponer con la colaboración del periodista Jorge Lanata, director de la revista Veintitrés, en cuya edición más reciente se dice que Carlos «Chacho» Alvarez les había asegurado a sus amigos que «De la Rúa pagó la coima» que habría convencido a ciertos senadores de la conveniencia de votar en favor de la reforma laboral.
Así, pues, muchos aliancistas parecen creer que algo realmente siniestro, una «campaña», nada menos, está en marcha y que es su deber alertar a la ciudadanía para que no se deje engañar por los responsables de tamaña infamia. Es que cuando aluden a «campañas», quieren hacer pensar que lo que están haciendo sus adversarios es antidemocrático, ilegítimo e indigno. Sin embargo, ocurre que en los países libres por lo menos es normal que los dirigentes opositores critiquen al gobierno con vehemencia y, si bien las declaraciones últimas de Menem, Kohan, Carlos Ruckauf, Eduardo Duhalde, etc., han sido bastante severas, en sociedades de larga tradición democrática no serían consideradas del todo excesivas. Por el contrario, en comparación con los intercambios de lindezas con los cuales el primer ministro británico Tony Blair y el jefe de la oposición conservadora William Hague mantienen entretenido al público, han sido relativamente amables.
En política, la eficacia de las «campañas» depende menos de lo filosos que sean los dardos disparados contra un partido, gobierno o persona, que del estado del blanco. Si la Alianza estuviera gobernando de manera muy competente, ni siquiera una diatriba más elocuente que cualquiera que se haya oído en las semanas últimas serviría para perjudicar su imagen. Pero, puesto que desde hace meses está desempeñándose con torpeza a menudo llamativa, cualquier comentario adverso sería capaz de ocasionarle heridas graves. Asimismo, las dudas en cuanto a la capacidad del presidente De la Rúa de mantenerse en la Casa Rosada hasta fines del 2003 no se inspiran en la impaciencia indisimulada de Ruckauf y Menem, sino en la incoherencia manifiesta de la coalición que encabeza. Si no fuera por esta realidad innegable, las «campañas» de hostigamiento que han emprendido los líderes peronistas resultarían totalmente inocuas.
Al presidente De la Rúa no lo ayudaría en absoluto que Menem, Ruckauf y los demás aceptaran poner fin a sus «campañas», optando ya por callarse por completo, ya por enviarle mensajes efusivos de solidaridad, porque los problemas del gobierno tienen muy poco que ver con los esfuerzos conspirativos de sus adversarios. Antes bien, se deben a su propia incapacidad para formular un programa que sea a la vez realista y aceptable para la mayoría de los dirigentes radicales y frepasistas. Como a esta altura De la Rúa entenderá muy bien, se ha producido una brecha insalvable entre lo que complacería al grueso de los aliancistas por un lado y, por el otro, lo que efectivamente puede hacer. Por razones evidentes, el presidente ha elegido intentar respetar las duras realidades -¿existe una alternativa?- con la esperanza de que el «ala política» de su gobierno entienda la situación en la cual se encuentra y que haga lo posible por explicarla al resto del país. Desgraciadamente para él, acaso el único político aliancista de fuste que además de comprender el dilema así planteado se ha mostrado dispuesto a asumir las responsabilidades resultantes se llama «Chacho» Alvarez, lo cual significa que la decisión de éste de abandonar la vicepresidencia no sólo ha privado a De la Rúa de la bandera de «la ética», sino que también ha reducido al mínimo sus posibilidades de persuadir a más aliancistas de que el «rumbo» emprendido es el correcto y por lo tanto les corresponde respaldar con más convicción la obra del gobierno.